Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Tomás Varela

Tomás Varela vivía en la casa más grande de San Román y parecía haberse hecho pequeño dentro de ella.

Daniel recordaba la vivienda como un lugar inaccesible detrás de un muro cubierto de hiedra.

De niño había imaginado perros enormes y coches de lujo.

Al cruzar la verja encontró un jardín demasiado cuidado, un Mercedes antiguo bajo una pérgola y una rampa de aluminio añadida a los escalones. Bruno esperaba en el porche.

—No.

Irene guardó el teléfono sin dejar de andar.

—Tu padre ha aceptado vernos. Su cuidadora y su médico confirman que entiende la conversación y ha pedido que quede grabada.

—No uses a su médico para esto.

—Precisamente por no usar a nadie, he comprobado que puede decidir por sí mismo.

Bruno miró a Daniel.

—Si le pasa algo, te vas a acordar de mí.

Daniel llevaba días acordándose de demasiadas personas. No respondió.

Clara se quedó junto al coche. Tomás había aceptado recibir a Daniel e Irene, no a ella. Esta vez Daniel no discutió. La cuidadora los condujo hasta un salón fresco con las persianas a medio bajar.

Tomás estaba sentado frente a una ventana abierta. Había sido un hombre grande; aún se intuía en las manos y en la anchura de los hombros. La edad le había retirado casi todo lo demás. Miró a Daniel durante unos segundos y señaló su cabeza.

—La gorra azul.

Daniel se quedó quieto.

—¿Qué?

—Eso recuerdo. Tu madre repetía que te reconocerían por la gorra azul. Como si en una montaña hubiera que buscar una gorra y no un niño.

Irene colocó la grabadora sobre la mesa.

—¿Sigue dando permiso?

—Sí. Marcos también trajo una de esas.

—Lo sabemos.

—Preguntaba mejor que vosotros.

Daniel se sentó frente a él.

—¿Conocía a Samuel Arce antes del trece de agosto de 1998?

—De verlo. Del colegio, del pueblo, de estar con Bruno. No era un desconocido.

—¿Sabía que había subido al autobús?

—No hasta que Amalia me lo dijo durante la búsqueda.

—¿Cuándo?

Tomás juntó las manos sobre la manta.

—El jueves por la tarde. Ya llevaba horas diciendo que algo no cuadraba. Primero habló de siete. Después me apartó y dijo que había otro niño que no figuraba en la lista. Samuel.

Daniel tuvo que contener el impulso de acelerar la conversación.

—Y aun así el dispositivo siguió buscando oficialmente a siete.

—Sí.

Irene intervino con tono neutro.

—Usted coordinaba voluntarios y accesos municipales. El sector V-3 quedó fuera del reparto principal.

Tomás la miró.

—Porque Valnera era peligrosa.

—¿Quién tomó la decisión?

—Yo la propuse. Protección Civil la aceptó porque dije que había riesgo de desprendimiento y que una brigada municipal revisaría la zona.

—¿Había un desprendimiento que impidiera entrar?

Tomás tardó en responder.

—Había tormenta. Había barro. Pero no, no como lo describí.

Daniel apoyó los antebrazos en las piernas.

—¿Por qué?

El anciano desvió la mirada hacia la ventana.

—Porque Requena me llamó antes.

Era la primera vez que introducía el nombre sin que se lo preguntaran.

—¿Fernando Requena? —dijo Irene.

—Sí. Amalia había contado que los críos se habían acercado a la puerta de Valnera antes de desaparecer.

Yo conocía los rumores: galerías que no estaban selladas como decía el expediente, material almacenado donde no debía, vertidos.

Requena dijo que mandar gente sin conocer el estado de los accesos podía matar a alguien.

Me pidió unas horas para comprobarlos con personal suyo.

—Y usted se las dio.

—Sí.

—¿Antes de encontrarnos? —preguntó Daniel.

—Antes.

Aquello era peor que una explicación nueva.

Ordenaba varias piezas que ya tenían: la zona blanca, la brigada que sí circuló, la negativa de Tomás a enviar voluntarios.

Daniel había imaginado que el encubrimiento empezó cuando los siete aparecieron.

No. Ya había una decisión previa: proteger Valnera de miradas externas mientras todavía podían estar allí ocho niños.

—Cuéntenos el quince —dijo Irene—. Desde el momento en que nos vio.

Tomás respiró despacio.

—Serían las seis menos algo. No puedo darle el minuto. Volvía por la pista de servicio después de revisar un cauce. Vi movimiento en una zanja. Primero pensé que eran perros. Luego vi una camiseta roja.

Se quedó callado un instante. Cuando continuó, la voz era menos firme.

—Bruno venía delante. Estaba cubierto de barro y no conseguía decir una frase seguida. Tú ayudabas a Teresa. Álex vomitó al verme. Julián apenas podía mantenerse en pie. Marcos se volvió hacia la ladera y empezó a gritar un nombre.

—Samuel —dijo Daniel.

Tomás asintió.

—Samuel. Lo gritó tantas veces que yo también lo llamé sin saber dónde estaba. Pregunté cuántos faltaban. Unos decíais uno. Bruno repetía que éramos siete. No «somos». «Éramos». Como si llevara horas oyendo esa frase o diciéndosela a sí mismo. Tú no parabas de hablar de una puerta.

La habitación pareció encogerse.

—¿Qué decía exactamente?

—Que había que volver. Que la habías cerrado por el agua. Que Samuel estaba detrás. No sé en qué orden. Estabais agotados, asustados y hablando todos a la vez.

—¿Dije que lo habíamos abandonado?

Tomás negó.

—No recuerdo esa palabra. Marcos decía que Samu seguía vivo. Teresa preguntaba si podían oírlo. Yo entendí que un niño seguía dentro de Valnera y que vosotros habíais salido por otra parte.

Daniel no podía usar el recuerdo de Tomás ni para absolverse ni para condenarse.

—¿Por qué no llamó entonces a la Guardia Civil?

Tomás cerró la boca y miró sus manos.

—Llamé a Requena.

No intentó justificarlo.

—Mi hijo estaba sangrando. Teresa no podía apoyar bien un pie.

Pensé primero en sacarlos de allí y en que Requena ya tenía hombres revisando la central.

Eso es lo que me dije. La verdad es que también pensé en el escándalo y en todo lo que podía salir de Valnera si entraban bomberos, guardias, prensa y técnicos.

—¿Dónde nos llevó?

—A una caseta de mantenimiento, a menos de un kilómetro.

Requena llegó con Eusebio Landa, el alcalde, y con un antiguo capataz de la central.

Os dieron agua y vendas mientras comprobaban que nadie sangraba de forma peligrosa.

No fue una exploración médica. Yo quería ir al centro de salud.

Requena dijo que dos hombres con experiencia en Valnera iban a entrar por una vía que no conocían los equipos de búsqueda y que tardarían menos que movilizar un rescate desde cero.

—¿Le creyó?

—Quise creerle.

—¿Quiénes eran esos dos hombres? —preguntó Irene.

—Uno había sido capataz. El otro, mantenimiento. Los nombres están en la declaración que entregué a Marcos. Los dos han muerto.

—¿Entraron?

—Eso dijeron. Volvieron ya de noche. Dijeron que el acceso estaba anegado y que no habían llegado a la cámara que describíais.

—¿Y mientras tanto?

—Os llevé a Valcerezo.

Daniel había esperado la frase y aun así le produjo náusea.

—¿Cuánto tiempo pensaba ocultarnos?

—No pensaba «ocultaros». Al principio pensé una hora. Dos como mucho. Una casa con camas, agua y un botiquín mientras buscaban al otro niño. —Tomás levantó la vista—. Sé cómo suena ahora. Entonces era una solución provisional.

—¿Quién sabía que estábamos allí?

Tomás enumeró despacio. Amalia. Requena. Eusebio. Un médico jubilado que los examinó esa noche. Dos empleados municipales. Más tarde, algunos padres, llevados de uno en uno y con la promesa de no decir nada hasta que Samuel fuera localizado.

—¿Mis padres?

Tomás vaciló.

—Tu padre vino de madrugada. Tu madre no.

—¿Qué sabía mi padre?

—Que habíais aparecido antes de lo anunciado. Que faltaba Samuel. Que no constaba oficialmente en la excursión. Que había problemas para entrar en Valnera. Al principio no sabía nada de residuos. Después entendió que había algo más.

—¿Por qué no llamó él?

—Pregúntaselo a su memoria, si te queda alguna conversación con él. Yo solo puedo decirte lo que vi. Estaba aterrorizado. Tú repetías el nombre de Samuel y él quería que durmieras. Quería sacarte de allí. Cuando Requena pidió esperar hasta la mañana, tu padre protestó. Después aceptó.

Daniel apretó los dientes.

—Y luego me dijo que no hablara de Samu.

—Sí. Cuando empezaste a mezclar frases y a decir que tú habías cerrado una puerta, creyó que estabas cargándote con la muerte de otro niño. Te dijo que no recordabas bien y que dejaras a los adultos resolverlo. Eso recuerdo.

Irene preguntó:

—¿Cuándo comprendió usted que ya no estaba esperando un rescate, sino participando en un encubrimiento?

Tomás no respondió enseguida.

—Cuando amaneció el domingo y nadie había entrado de verdad.

Daniel lo observó.

—Explíquelo.

—Los hombres de Requena no regresaron a la cámara.

Dijeron que el nivel de agua seguía alto y que un niño no podía haber sobrevivido.

Requena insistió en que, si se avisaba entonces, todos tendríamos que explicar por qué los siete llevaban una noche encontrados.

Amalia estaba convencida de que perdería el trabajo y de que la acusarían de llevar a Samuel sin permiso.

Yo había mentido sobre V-3. Algunos padres habían aceptado guardar silencio unas horas y ya no sabían cómo deshacerlo sin admitirlo.

A esas alturas cada cual tenía algo que proteger.

—Y Samuel no tenía a nadie dentro de esa habitación —dijo Daniel.

Tomás bajó la cabeza.

—No.

Irene dejó unos segundos antes de continuar.

—¿Cómo se decidió el regreso por la carretera?

—Lo propuse yo. Pensé que si aparecíais caminando fuera de Valcerezo se terminaría la búsqueda, os llevarían al hospital y podríamos decir que os habíais refugiado donde habíais podido. Requena estuvo de acuerdo. Algunos padres no. Al final cedieron porque querían llevaros a casa.

—¿Y la versión de que éramos siete?

—No hubo un guion escrito. Ojalá pudiera señalar una reunión y un hombre dictando frases.

Fue más sucio. Amalia decía que Samuel no constaba.

Requena repetía que no se podía introducir un octavo niño sin pruebas.

El médico decía que no os interrogaran porque estabais traumatizados.

Padres distintos os pedían que no dijerais cosas que pudieran meteros en problemas.

Cada repetición quitaba un poco de sitio a Samuel.

—Eso es una conspiración —dijo Daniel.

Tomás no discutió.

—Acabó siéndolo. No empezó con un plan para borrar a un niño. Terminó con adultos coordinándose para sostener una mentira que ya los protegía a todos.

—¿Qué ocurrió con las fotografías?

—Amalia tenía el carrete. Requena vio que aparecía Samuel y pidió las copias. Dijo que primero había que aclarar si realmente había estado con el grupo todo el tiempo. Ella se resistió. Después se las dio. No sé qué pasó con los negativos.

—Marcos encontró al menos uno.

—Marcos encontró muchas cosas que yo esperaba morir sin volver a ver.

Tomás pidió agua. La cuidadora entró, comprobó que quería seguir y volvió a salir.

—¿Intentamos escapar de Valcerezo? —preguntó Daniel.

—Marcos. Una vez. Salió por una ventana baja. Lo encontramos en el jardín. Quería volver a Valnera andando. Su padre llegó esa madrugada y se lo llevó al dormitorio. No sé qué le dijo. Después Marcos dejó de intentar salir, pero no dejó de preguntar.

—¿Y yo?

Tomás lo miró con cansancio.

—Tú eras distinto. Preguntabas menos y repetías lo mismo: «Hay que abrir». «No está muerto». «Yo cerré». A ratos te quedabas callado y al rato volvías a empezar. Tu padre te sujetaba las manos porque te arrancabas la piel de las uñas.

Daniel las miró sin querer.

—¿Le conté lo que había pasado en la compuerta?

—No de una manera que yo entendiera. Yo reconstruí después. Sabía que Samuel estaba detrás de algo y que tú creías haber cerrado una puerta para que el agua no entrara. Nada más.

—Entonces cuando dijo que «ya lo habíamos dejado nosotros»...

Tomás lo interrumpió.

—Fui cruel.

Daniel permaneció inmóvil.

—¿Era mentira?

—Era una conclusión mía. Os encontré sin él. Llevaba veintiocho años usando eso para repartir mi culpa. Me decía que cuando llegué ya habíais tomado la decisión imposible y que yo solo cometí las de después. Marcos me obligó a admitir que no sabía qué había pasado antes de veros en la carretera.

—¿Sabe quién abrió la compuerta?

—No.

—¿Sabe si Samuel entró voluntariamente en algún conducto?

—No.

—¿Sabe si yo lo dejé atrás?

Tomás sostuvo su mirada.

—No.

Fue la respuesta más útil que le había dado.

Irene apagó la grabadora cuando Tomás pidió parar. Daniel se levantó, pero el anciano le hizo un gesto.

—Una cosa más.

Esperó.

—Si recuerdas lo que hiciste con once años, no lo uses para hacer más pequeñas las decisiones que tomamos los adultos. Eso sí lo sé.

Daniel asintió.

Al salir, Bruno seguía en el porche. No preguntó qué había dicho su padre. Miró la grabadora en la mano de Irene y después a Daniel.

Clara se acercó desde el coche.

—¿Lo sabe?

Daniel negó.

—Sabe lo que ocurrió después de encontrarnos. Antes, no.

—Entonces todavía no tienes la respuesta.

—No.

Clara abrió la puerta del coche y se quedó con una mano en el tirador.

—Mejor.

Daniel la miró.

—¿Mejor?

—Que alguien no sepa algo que no vio. Últimamente me parece una cualidad rara.

Daniel volvió la vista hacia la casa. Tomás permanecía detrás de una ventana, reducido por la distancia a una silueta.

Tomás podía responder por lo que hizo después de encontrarlos, no por lo que había ocurrido en C-4.