Debajo añadió, deliberadamente
No convertir en verdad hasta tener algo más.
Daniel estuvo mirando aquella última línea hasta que el amanecer empezó a aclarar la persiana.
Entonces hizo algo que llevaba horas posponiendo: llamó a María.
Sabía que era pronto. También sabía que Clara ya había hablado con ella y que cualquier intento de seguir administrando la información como si fuese un medicamento con dosis controlada solo iba a empeorar las cosas.
María contestó al cuarto tono.
—Si Clara está bien, te mato por la hora. Si no está bien, dime dónde está.
—Está bien. Dormida.
—Entonces te odio.
Daniel apoyó la cabeza contra la pared.
—He recordado que nos encerraron en la casa.
Al otro lado desapareció el cansancio. María no preguntó si estaba seguro. Después de casi veinte años de conocerlo sabía que esa sería la primera discusión y la aplazó.
—¿Está Clara contigo porque se despertó?
—Sí.
—¿Ha visto cómo estabas?
—Sí.
—Bien.
Daniel frunció el ceño.
—¿Bien?
—No bien porque hayas tenido una crisis. Bien porque ya estoy cansada de que intentes que nuestra hija crea que los adultos solo se rompen en habitaciones privadas.
—No intento eso.
—Daniel, una vez tuviste fiebre de cuarenta y te duchaste antes de dejar que Clara entrara al dormitorio para que no te viera sudando.
—Tenía nueve años.
—Y tú treinta y dos, pero ninguno de los dos estaba en peligro por descubrir que un padre suda.
Daniel bajó la vista. Incluso a aquellas horas María conservaba una precisión irritante.
—No quiero meterla más de lo necesario.
—Eso sí lo entiendo. Lo que no entiendo es que «lo necesario» siempre coincida con lo que tú decides sin consultar a nadie.
—Hay algo que no te he contado —dijo.
—Me sorprendería más lo contrario.
Le habló de Samuel. De la posibilidad de que siguiera vivo cuando ellos salieron de la central.
De la casa forestal cerrada desde fuera.
De la frase que los adultos repitieron hasta que siete sustituyó a ocho.
No contó cada imagen. No necesitaba convertir la llamada en una confesión exhaustiva. Cuando terminó, María guardó silencio.
—¿Recuerdas cuando fuimos a Asturias el primer verano después de casarnos? —preguntó.
Daniel tardó en cambiar de época.
—Más o menos.
—Había una visita a una antigua mina. Yo quería entrar. Tú dijiste que te daban claustrofobia esos sitios.
—No me gustan.
—Entraste diez metros, viste una puerta metálica y saliste. Te enfadaste conmigo porque pregunté qué pasaba. Aquella noche dormiste con la luz del baño encendida.
Daniel no recordaba la luz. Sí recordaba la mina: el guía con casco amarillo, el olor frío, una vía estrecha desapareciendo bajo la montaña. Había atribuido el malestar a algo físico, una preferencia cualquiera, igual que alguien evita ascensores o no soporta las alturas.
—Nunca me preguntaste otra vez.
—Sí te pregunté. Me dijiste que de niño te habías perdido en el monte y que no querías hablar del tema. Pensé que respetarte era no insistir.
—Lo era.
—A veces. Otras veces dos personas llaman respeto a no tocar una puerta porque ambas tienen miedo de lo que haya detrás.
Daniel miró la nota de su cuaderno. Durante años había tratado como rasgos de carácter algunas cosas que quizá eran restos de agosto: dormir con una puerta entornada, comprobar salidas, odiar el ruido de tuberías. No necesitaba probarlo para admitir que habían formado parte de su vida.
—¿Te daba miedo que desapareciera? —preguntó María.
—¿Qué?
—Clara. Cuando nació.
Daniel abrió la boca y no respondió. Recordó los primeros meses: levantarse para comprobar que respiraba, aprenderse el número de la guardería antes de que empezara a ir, llegar siempre demasiado pronto a recogerla.
Había convertido la ansiedad en eficiencia y la eficiencia en virtud. Nadie discute con un padre puntual.
—Todos los padres tienen miedo.
—Sí. Pero no todos llaman tres veces al campamento para saber si han cambiado la ruta de senderismo.
Daniel soltó aire.
—Me vas a presentar una factura retroactiva de terapia, ¿verdad?
—Con intereses.
La broma alivió la conversación lo justo. Después María habló con más suavidad.
—No necesito que encuentres una explicación para cada cosa que hiciste desde 1998. Sería otra forma de dejar que ese verano se quede con toda tu biografía. Solo necesito que no uses lo que te pasó para decidir ahora por los demás sin darte cuenta.
—Por Clara.
—Sobre todo por Clara. Ella no es una segunda oportunidad para que esta vez salga todo bien.
La frase nombró una tentación incómoda: convertir a Clara en la oportunidad de corregir 1998.
—Tiene dieciséis años —dijo.
—Y nosotros somos sus padres. Eso significa poner límites, no fingir que no tiene criterio. Si va a seguir allí, quiero saber dónde duerme, con quién está y cuándo os movéis. Nada de túneles, nada de casas abandonadas sin policía, nada de «solo vamos a mirar».
—De acuerdo.
—Y si vuelves a tener un episodio como el de esta noche, me llamas tú. No espero a que lo haga ella.
—De acuerdo.
María guardó silencio unos segundos.
—¿Cómo se llamaba?
—Samuel Arce —dijo Daniel.
—Cuéntame una cosa de él que no sea cómo murió.
La pregunta era casi la misma que Clara había formulado en el café. Daniel sonrió con tristeza.
—Odiaba la leche caliente.
—Eso es una característica bastante sólida.
—Y arreglaba bicicletas peor de lo que decía.
—Mejor.
Daniel siguió hablando durante cinco minutos. Cuando colgó, la habitación ya estaba llena de luz gris. No se sentía descansado ni perdonado ni curado. Solo había una diferencia: alguien que no pertenecía a San Román había escuchado el nombre de Samuel sin convertirlo en misterio.
A las siete y media Clara apareció en el pasillo y lo encontró preparando tostadas.
—¿Has dormido?
—No.
—Excelente práctica médica.
—He hablado con tu madre.
Clara se detuvo.
—¿Cuánto sabe?
—Lo suficiente para que me haya dado una lista de instrucciones.
—¿Sobre mí?
—Sobre todo sobre mí.
Clara abrió la nevera.
—Entonces ha sido una buena conversación.
Daniel lanzó un paño hacia ella. Clara lo atrapó riéndose.
La cocina seguía siendo una cocina. El cacao seco estaba pegado al borde de dos tazas, había migas sobre la encimera y una adolescente discutía por quién había terminado la leche.
Durante unos minutos, agosto de 1998 no ocupó toda la habitación.
A la mañana siguiente llamaron a los demás. Irene llegó primero. Teresa tardó una hora. Julián apareció con planos. Álex no respondió hasta el mediodía. Bruno rechazó la llamada.
Se reunieron otra vez en Valcerezo, esta vez con autorización municipal obtenida por Irene. Entraron sin cortar cadenas. Daniel subió directamente al dormitorio.
—La puerta estaba cerrada —dijo.
Irene probó el picaporte actual. Funcionaba.
—¿Desde fuera?
—Había algo. Una llave o un pasador.
Julián examinó el marco. La cerradura era antigua y había sido sustituida al menos una vez.
Teresa permanecía junto a la ventana.
—Yo recuerdo intentar abrirla.
—¿La contraventana?
—Sí. No podíamos. Tenía un pestillo exterior.
Julián salió al corredor y bajó al jardín. Minutos después golpeó el vidrio desde fuera. Teresa dio un salto.
—Ahí.
Todos se asomaron. En la hoja exterior quedaban dos herrajes oxidados donde alguna vez hubo una barra transversal.
—Podía bloquearse desde fuera —dijo Julián.
Irene anotó.
—No prueba que estuviera bloqueada esa noche.
—No —dijo Teresa—. Pero yo recuerdo golpearla.
—¿Cuántas noches? —preguntó Daniel.
Teresa se tomó un segundo.
—Una.
—Yo también creo que una.
Irene se sentó en el borde del somier.
—Entonces falta otra.
—¿Qué? —preguntó Daniel.
—La prensa habló de cuatro días. Desaparecimos el trece. Aparecimos el dieciséis. Si dormimos aquí la noche del quince, quedan las noches del trece y catorce.
Teresa se abrazó los brazos.
—La primera fue dentro.
—¿Y la segunda?
Nadie respondió.
Julián extendió un plano sobre una cama.
—Podríais haber pasado dos noches en la central.
Daniel negó antes de saber por qué.
—No.
—¿Qué recuerdas?
—Frío. Pero no dos noches.
Teresa se sentó junto a Irene.
—Yo recuerdo amanecer una vez bajo tierra.
—Eso no excluye otra noche —dijo Irene.
—No.
Clara, que había permanecido junto a la puerta, preguntó:
—¿Y si el problema está en cómo contáis los días?
—Explícate —dijo Daniel.
—El trece desaparecéis después de comer. El dieciséis aparecéis por la tarde. Los periódicos lo llaman cuatro días porque son cuatro fechas: trece, catorce, quince, dieciséis. Pero son unas setenta y tantas horas. Si pasasteis dos noches dentro y una aquí, encaja.
Irene asintió.
—Viernes trece: entrada. Noche del trece, central. Sábado catorce: seguís dentro. Noche del catorce, central. Domingo quince...
Daniel la corrigió.
—En 1998 el trece de agosto fue jueves.
Julián consultó el móvil.
—Tiene razón. Jueves.
Clara reorganizó.
—Jueves noche dentro. Viernes noche dentro. Sábado por la tarde o noche os encuentra Tomás. Noche del sábado al domingo aquí. Domingo dieciséis aparecéis.
La cronología encajó también en el cuerpo. Dos noches oscuras. Una noche con sábanas. Luego la carretera.
—Sí.
—¿Qué? —preguntó Irene.
—Fueron dos noches dentro.
El recuerdo regresó con olor. Humedad. Aceite viejo. Orina.
La segunda mañana Samu partía una barrita de chocolate en ocho trozos iguales. Daniel vio ocho pedazos, ocho manos esperando. Samuel los iba repartiendo uno a uno, pendiente de que nadie recibiera más que otro.
—Había comida —dijo Daniel.
—¿Dónde? —preguntó Teresa.
—En las mochilas. Poco. La repartimos. Samu era quien hacía las cuentas.
Julián sonrió sin alegría.
—Siempre hacía las cuentas.
Todos se volvieron hacia él. Julián palideció.
—¿Qué?
—Acabas de recordarlo —dijo Clara.
Julián se sentó.
—Sí.
—¿Qué más?
Él miró sus planos, como si necesitara una superficie exacta.
—Una compuerta.
El corazón golpeó una vez, con demasiada fuerza.
—¿Qué compuerta?
—No sé. Había agua a un lado. Una rueda grande no giraba. Samuel dijo que el mecanismo se desbloqueaba desde otro sitio.
Teresa empezó a respirar rápido.
—No.
Irene se volvió hacia ella.
—¿Qué recuerdas?
—Un hueco. Muy estrecho.
Daniel se tocó involuntariamente detrás de la oreja izquierda. Julián lo vio.
—Nos cortamos ahí.
—Sí.
—Pasando por el hueco.
Daniel cerró los ojos. Metal rozándole la piel. Gatear. Agua bajo las rodillas. Una voz detrás:
—Agacha más la cabeza, Doctor.
Samuel. Daniel abrió los ojos.
—Él pasó con nosotros.
Irene frunció el ceño.
—¿Hasta dónde?
—No sé.
—Pero salió de la primera cámara.
—Sí.
Teresa negó con fuerza.
—No sé si eso es verdad.
—Yo lo oigo detrás de mí.
—Las memorias se contaminan cuando hablamos entre nosotros.
Irene la miró. Era una objeción válida, y eso la hacía todavía más terrible. Clara dijo:
—Entonces necesitamos planos y pruebas físicas. No más recuerdos por ahora.
Daniel respiró.
—¿De qué?
—Del mecanismo. De la ruta. De cualquier sitio por el que siete personas pudieran salir y una no.
Julián extendió el plano de la central.
—Hay una cámara de compuertas aquí. Y un conducto de mantenimiento que conecta con la galería inferior.
—¿Qué anchura?
—En el proyecto original, cincuenta y cinco centímetros.
Daniel miró a Clara.
Ella entendió antes que los demás.
—Un niño cabe.
Julián añadió:
—Un adulto, difícilmente.
Daniel volvió a sentir el roce detrás de la oreja.
—Nosotros cabíamos.
—Sí —dijo Julián—. Pero hay otra cosa. Según este plano, una de las compuertas no podía abrirse desde el lado de salida si fallaba el accionamiento eléctrico. Había que liberar un seguro manual desde la cámara anterior.
—¿Alguien tenía que quedarse atrás? —preguntó Teresa.
Julián no respondió inmediatamente.
—Alguien tenía que estar en el otro lado mientras los demás pasaban.
La habitación quedó en silencio.
Daniel oyó de nuevo una voz infantil.
Si tú no pasas, paso yo.
El miedo cambió de dirección: ya no temía haber olvidado a Samuel, sino recordar por qué ellos estaban vivos.