CAPÍTULO 13
La casa forestal
La llave de Valcerezo había dejado una firma.
No la llave física, que nadie sabía dónde estaba ya, sino el acto administrativo de recogerla.
La devolución figuraba el diecisiete, un día después de que los niños aparecieran.
Irene fotografió la página. El empleado municipal tramitó una copia autenticada para remitirla a la Guardia Civil.
—Esto ya no es solo memoria —dijo Daniel.
El edificio de Valcerezo seguía en pie. La Guardia Civil autorizó una inspección visual no invasiva y un empleado municipal les abrió la tarde siguiente, después de advertirles tres veces que cualquier hallazgo debía documentarse antes de tocarse.
La casa se levantaba en una ladera cubierta de pinos, a nueve kilómetros de la carretera donde los siete habían reaparecido.
Desde fuera parecía demasiado pequeña para haber contenido veintiocho años de sueños.
Daniel se quedó junto al coche.
—Es esa.
El reconocimiento no fue gradual: el cuerpo la conoció de golpe. La forma del tejado. Dos ventanas en la planta alta. Una chimenea baja. El porche lateral donde recordaba haber visto botas embarradas.
Clara lo observó.
—¿Seguro?
—Sí.
Irene encendió la grabadora del móvil.
—Di exactamente qué recuerdas antes de entrar.
—¿Ahora? —preguntó Daniel.
—Ahora. Antes de que el edificio te dé información nueva.
—Una habitación con dos camas de hierro. Contraventanas cerradas. Una palangana blanca. Un pasillo estrecho. Una cocina donde olía a sopa. Escalones de madera. Una puerta que no podíamos abrir desde dentro. Y una mujer con uñas rosa claro.
—¿Algo más?
—Un reloj que daba las horas demasiado fuerte.
Irene guardó el registro.
Entraron.
El salón estaba vacío salvo por una mesa rota y un armario empotrado.
Habían retirado muebles durante años de usos esporádicos, pero la distribución seguía intacta.
Daniel avanzó despacio. No quería fabricar familiaridad.
La primera habitación no le dijo nada. La segunda tampoco.
En el pasillo, sin embargo, se detuvo frente a una puerta estrecha.
—Aquí.
El empleado municipal abrió. Dos camas de hierro estaban apoyadas verticalmente contra la pared.
Clara no dijo nada.
En la pared junto a donde habría estado una cabecera se veía una mancha circular más clara que el resto de la pintura. Irene comparó la fotografía recibida con la habitación actual. La posición coincidía.
—Puede ser la misma —dijo—. No lo llamemos certeza todavía.
Daniel entró. El suelo crujió bajo su peso. Se sentó en el borde imaginario de una cama que ya no estaba colocada y la memoria llegó en fragmentos físicos: lana áspera en las piernas, el sabor dulzón de un jarabe, Marcos susurrando desde el otro lado de la habitación.
—No era solo yo —dijo.
—¿Qué?
—Marcos estaba aquí. En otra cama. Me preguntó si Samu iba a venir después.
Teresa, que había insistido en acompañarlos, se llevó una mano a la boca.
—Yo estaba en la habitación de enfrente con Irene.
—No lo recuerdo —dijo Irene.
—Yo sí ahora. Me dijiste que dejara de llorar porque nos iban a escuchar.
—Eso sí suena a mí.
El comentario no provocó risa. Teresa caminó hasta la habitación opuesta. En el marco de la puerta había varias capas de pintura. Pasó los dedos sin tocar.
—Había una silla aquí fuera. Un hombre se sentaba por la noche.
Álex apareció desde el extremo del pasillo.
—Fumaba.
Todos se volvieron.
—¿Lo recuerdas?
—El humo entraba por debajo de la puerta. Yo tosía. Mi padre había dejado de fumar ese año y me enfadaba porque olía igual que en casa.
Julián recorrió la planta con una cinta métrica. No buscaba pruebas judiciales; dibujaba distribución. Encontró una pequeña habitación de servicio conectada con una escalera trasera.
—Por aquí podían entrar y salir sin pasar por el porche principal.
En la cocina quedaban azulejos de los años setenta y una pila metálica. Daniel apoyó las manos sobre la encimera.
Agua tibia. Una toalla. Alguien separándole el pelo detrás de la oreja.
—Aquí nos curaron.
La voz salió baja.
Irene se acercó.
—¿Quién?
—No veo la cara. Una mujer. Me limpió la herida y dijo que había tenido suerte de que el metal no entrara más. Después me dio una camiseta.
—Eso explica por qué volvisteis con ropa distinta —dijo Clara.
—Algunos —dijo Teresa—. Mi madre siempre dijo que había perdido mi sudadera en el monte.
Irene anotó.
El empleado municipal abrió un armario bajo la escalera. Dentro había productos de limpieza recientes, pero también estantes viejos. Julián iluminó el fondo.
—Hay marcas de tornillos.
—¿De qué?
—Aquí hubo algo fijado a la pared. Quizá un botiquín.
La fotografía confirmaba un recuerdo sin depender de él.
En la planta baja había un cuarto con una mesa grande. Álex se quedó en el umbral.
—Aquí hablaron con nuestros padres.
—Nuestros padres no estuvieron aquí —dijo Daniel.
Álex palideció.
—El mío sí.
Silencio.
—¿Seguro?
Álex se frotó la frente.
—Recuerdo su cinturón. Tenía una hebilla con un caballo. Se agachó delante de mí y me dijo que no contara cosas que podían hacer daño a mamá. Yo le pregunté por Samuel. —Hizo una pausa—. Creo que aquí fue donde me dijo por primera vez «el otro».
Teresa empezó a llorar.
—Mi madre también vino —dijo Irene.
—¿Lo recuerdas?
—No la cara. Su perfume. Usaba el mismo desde siempre. —Irene respiró hondo—. Pensaba que lo recordaba del polideportivo, pero aquí no había cámaras, no había ruido. Recuerdo que me apretó las manos y me dijo que hiciera exactamente lo que Tomás dijera porque él nos había salvado.
De sus padres no tenía ningún fragmento. No iba a inventarlo.
Clara observaba a los adultos con una seriedad que la hacía parecer mayor.
—Entonces no os manipularon solo desconocidos. Algunos de vuestros padres participaron.
—No sabemos cuánto sabían —dijo Irene inmediatamente.
—Pero vinieron.
—Algunos, quizá.
El empleado municipal, incómodo, se alejó hacia el porche.
Julián abrió una ventana atascada. La luz entró por primera vez en años y el polvo se hizo visible en el aire. Daniel recordó las contraventanas cerradas. No para que durmieran. Para que no supieran dónde estaban.
En el exterior encontraron un antiguo depósito de agua y un cobertizo. Detrás del cobertizo, la ladera descendía hasta una pista secundaria. Un vehículo podía llegar desde Valnera sin atravesar el centro del pueblo.
—Veintidós minutos —dijo Julián después de consultar el mapa—. Menos si conoces la pista forestal.
Daniel miró hacia los árboles.
Una escena apareció: siete niños apretados en la caja trasera de una furgoneta. Nadie hablaba. Marcos sujetaba algo entre las manos. Bruno lloraba sin hacer ruido. Daniel preguntaba una y otra vez por Samuel. Un hombre desde delante decía: «Ya están yendo a por él».
—Nos mintieron desde el primer minuto —dijo.
—¿Qué recuerdas? —preguntó Irene.
Daniel se lo contó. Ella lo grabó y lo etiquetó como recuerdo no corroborado.
—¿Por qué nos llevaron aquí antes de buscarlo? —preguntó Teresa.
Julián negó.
—No sabemos que fuera antes.
—Pero sí sabemos que alguien tenía siete niños vivos y no avisó a la mayoría de sus familias durante casi un día —dijo Daniel.
Dentro de la casa, Clara encontró algo que hizo que todos contuvieran la respiración: siete líneas cortas grabadas en la parte inferior de una mesa vieja.
Eran muescas irregulares, sin nombres; podían tener veinte años o cincuenta.
Irene las miró un segundo más de lo necesario y luego negó con la cabeza antes de que nadie construyera una historia alrededor.
—No todo es una pista.
Clara asintió.
—Lo sé.
Antes de marcharse volvió solo a la habitación de las camas. Cerró las contraventanas. La luz se convirtió en una franja vertical, exactamente como en la fotografía de Irene.
Y recordó la voz de Marcos, muy baja, desde la otra cama.
—Cuando salgamos, voy a contarlo todo.
Daniel niño respondía:
—Yo también.
Abrió las contraventanas.
Durante veintiocho años había pensado que el silencio empezó cuando olvidaron.
En aquella habitación comprendió que quizá ocurrió al revés: primero prometieron hablar, después alguien les enseñó cuánto costaría hacerlo, y solo mucho más tarde el olvido convirtió la obediencia en algo que parecía natural.
—No. Pero sigue sin decir que vosotros estabais allí.
—Amalia lo ha declarado.
—Y ahora tenemos corroboración periférica. Eso es mejor.
Daniel la observó.
—¿Te tranquiliza hablar como fiscal?
—Me impide hablar como una niña de once años.
No hubo nada que responder.
El nombre del funcionario que había entregado la llave todavía era legible: Manuel Cobo . Tenía ochenta y seis años y vivía en una casa a tres calles del ayuntamiento. Clara localizó el teléfono en una guía antigua y, contra todo pronóstico, seguía siendo el mismo. Manuel aceptó verlos esa tarde.
—Me acuerdo de la noche de los críos —dijo antes de que se sentaran—. ¿Cómo no me voy a acordar? Mi mujer me hizo llevar termos de caldo al polideportivo hasta las tres de la mañana.
Daniel mostró la página del libro.
—¿Recuerda haberle dado la llave de Valcerezo a Tomás Varela?
Manuel se colocó las gafas.
—Si está mi firma, se la di.
—¿Por qué?
—Aquí pone incendios.
—No hubo incendio ese día.
Manuel lo miró por encima de las gafas.
—Entonces mentiría.
—¿Tomás?
—O yo. Pero yo era bastante malo mintiendo.
Clara contuvo una sonrisa. Manuel devolvió la copia.
—Espera.
Se levantó lentamente y fue hasta un armario. Regresó con una carpeta de recibos viejos.
—Mi mujer llevaba las cuentas de la asociación de voluntarios. Murió hace doce años y yo no tiro nada porque eso era lo que ella hacía por los dos.
Buscó entre papeles.
—La noche antes de que aparecieran los niños, Tomás llamó aquí. Me pidió mantas, leche, pan, latas y ropa. Dijo que era para un equipo que iba a pasar la noche en Valcerezo.
El pulso se le aceleró.
—¿Cuántas mantas?
—No me acuerdo.
Manuel encontró un recibo escrito a mano.
8 mantas / 2 cajas leche / pan / conservas / agua.
—Ocho —dijo Clara.
Irene señaló.
—Puede ser para siete niños y un adulto.
Manuel negó.