Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

La segunda noche

La memoria de Daniel volvió de madrugada y no tuvo la cortesía de avisar.

Despertó sentado en el suelo del dormitorio, con la espalda contra la pared y una frase en la boca.

—Mañana os soltamos.

Clara apareció en la puerta segundos después. Llevaba el móvil en la mano y el pelo desordenado.

—¿Qué pasa?

Daniel tardó en reconocer la habitación alquilada.

—Nada.

—Has gritado.

—No me acuerdo.

—Has dicho «no está muerto».

Daniel miró sus manos.

Una habitación distinta se superpuso a la actual. La casa forestal. Noche.

Marcos golpeando una puerta con los puños. Irene llorando de rabia.

Bruno sentado en una esquina, completamente inmóvil.

Y un hombre detrás de la puerta diciendo:

—Mañana os soltamos y se acaba esto.

Daniel se levantó con dificultad.

—He recordado la segunda noche.

—¿La de la casa?

—Sí.

Clara encendió la lámpara.

—Cuéntamelo antes de que cambie.

—No quiero que tengas que escuchar todo —dijo Daniel.

—No decides qué pasó protegiéndome de saberlo.

Daniel estuvo a punto de discutir. Después se sentó en la cama.

—Había una puerta cerrada desde fuera. Marcos intentaba salir. Irene decía que iba a romper una ventana. Teresa estaba enferma. Álex no hablaba. Julián... dibujaba algo en el suelo con el dedo.

—¿Y Bruno?

—No se movía.

—¿Tú?

Daniel cerró los ojos.

—Yo decía que teníamos que volver a por Samuel.

—¿Por qué no fuisteis?

—Porque no podíamos salir.

Clara se quedó quieta.

—¿Os encerraron?

—Sí.

La palabra transformó la casa forestal de refugio en otra cosa.

—¿Estás seguro?

Daniel vio el picaporte que no giraba. Marcos golpeando. La voz de Tomás desde el pasillo.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—No sé. Horas.

—¿Os dijeron que Samuel estaba muerto?

—No exactamente. Dijeron que no podían entrar, que era peligroso, que estaban buscándolo.

—Pero tú decías «no está muerto».

—Porque lo había oído.

Clara frunció el ceño.

—¿A Samuel?

El miedo llegó antes que la respuesta.

—Creo que sí.

El recuerdo se abrió un poco más. Oscuridad bajo tierra. Golpes de metal.

Una voz al otro lado de una estructura.

—¡Dani!

Daniel respiró con dificultad.

—Cuando nos fuimos seguía vivo.

Clara se sentó a su lado.

—Eso es importante.

—Es insoportable.

—Las dos cosas.

La escena volvió a pedazos mientras Daniel hablaba. No todos encajaban y se obligó a decirlo cada vez.

Había una mujer en la casa. No podía verle bien la cara.

Recordaba sus manos y un anillo ancho con una piedra verde.

Les había llevado sopa en cuencos de plástico.

Teresa había vomitado después de comer y la mujer le había sujetado el pelo, murmurando que todo terminaría pronto.

Ese gesto de cuidado convivía en la misma memoria con el sonido de una llave cerrando la puerta por fuera.

—¿Era Amalia? —preguntó Clara.

—No. O no creo. La voz era distinta.

—No le pongas nombre entonces.

Daniel asintió.

Marcos no dejaba de preguntar por Samuel. Al principio gritaba. Después empezó a preguntar en voz baja, con una insistencia que parecía enfurecer más a los adultos.

—«¿Habéis ido a por él?». Eso lo recuerdo. Lo repetía todo el rato.

—¿Qué contestaban?

Daniel apretó los ojos.

—Que había gente buscándolo. No decían su nombre. Decían «el otro» o «vuestro amigo».

En otro fragmento, un hombre estaba sentado en una silla frente a los siete. No llevaba uniforme. Tenía las mangas de la camisa arremangadas y hablaba como alguien que intentaba convencerlos de una idea razonable.

—Nos dijo que habíamos pasado por algo muy grave. Que cuando llegaran nuestros padres no debíamos asustarlos con cosas que quizá no recordábamos bien. Que la tormenta nos había desorientado. Que los mayores se ocuparían de todo.

Clara frunció el ceño.

—Eso suena casi terapéutico.

—Sí. Ese es el problema.

Daniel recordaba al hombre preguntando cuántos habían salido del sendero. Irene había respondido ocho. El hombre había esperado y después había dicho:

—No. Eráis siete.

Irene volvió a decir ocho.

El hombre no levantó la voz. Le explicó que Samuel no figuraba en la excursión y que seguramente se había marchado por otro lado. Irene empezó a llorar de rabia. Entonces intervino otra persona, quizá Tomás, quizá no.

—Si seguís diciendo cosas que no ocurrieron, la policía pensará que ocultáis algo. Y vuestros padres tendrán problemas.

Daniel abrió los ojos.

—Ahí cambió todo.

—¿Porque os amenazaron? —preguntó Clara.

—Porque hablaron de nuestros padres. Con once años no necesitas entender una pena de cárcel. Basta con que un adulto te diga que tu madre puede perderte por tu culpa.

Recordó a Bruno preguntando si su padre estaba enfadado.

Recordó que nadie contestó. Recordó a Teresa asegurando que no había sido ella quien propuso entrar en la central.

Los siete empezaron a separarse unos de otros dentro de la misma habitación, buscando la pequeña parte de responsabilidad que podían negar.

—¿Y tú? —preguntó Clara.

Daniel tardó.

—Yo dije que Samuel estaba vivo.

La frase salió con una certeza que no había tenido al despertarse.

—¿Por qué lo sabías?

—No lo sé. Quizá no lo sabía. Quizá necesitaba creerlo. Pero dije que había que volver. Un hombre me contestó que ya habían mirado y que no se podía entrar por el agua. Le pregunté si lo habían visto. No respondió.

Clara tomó notas, pero dejó un espacio en blanco después de esa frase.

—Eso es importante.

—También puede estar contaminado por todo lo que hemos descubierto ahora.

—Lo pongo como recuerdo, no como hecho.

—Te estás volviendo insoportable —dijo Daniel.

—Me adapto al equipo.

La respuesta consiguió arrancarle una sonrisa. Duró poco, pero existió.

En el recuerdo siguiente había una hoja sobre una mesa. Irene escribía nombres. Ocho. El hombre de las mangas arremangadas se la quitaba y la doblaba.

—Eso no ocurrió —dijo Daniel de inmediato.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Irene contó que escribió la lista la primera noche, dentro de la central, en una caja de herramientas. Estoy mezclando escenas.

Clara dejó el bolígrafo.

—Bien.

—¿Bien?

—Acabas de darte cuenta de que un recuerdo encajaba demasiado bien y aun así era falso. Eso ya es algo.

Daniel se frotó la cara. Recordar no estaba siendo abrir una puerta, sino reconstruir una habitación a oscuras.

A las cuatro y media Clara preparó dos tazas de cacao porque no sabía hacer café y Daniel se negó a enseñarle a esas horas. Se sentaron en el suelo, apoyados en la cama. Afuera, la ciudad permanecía casi silenciosa.

—Mamá dice que cuando eras joven ya dormías fatal —dijo Clara.

—Tu madre difama por deporte.

—Dice que antes de los exámenes te levantabas a comprobar tres veces el despertador.

—Eso es preparación.

—Eso es ansiedad con buena prensa.

Daniel bebió. El cacao estaba demasiado dulce.

—¿Le has contado todo?

—Lo suficiente.

—¿Está enfadada conmigo?

—Un poco. Pero es su estado basal contigo.

Daniel soltó una risa cansada.

Clara apoyó la taza entre las rodillas.

—Si recuerdas algo horrible, lo hizo un niño de once años. Y si recuerdas algo heroico, tampoco te convierte en otra persona. Lo que hagas ahora sí.

—Tienes dieciséis años.

—Lo sé. Me lo recuerdas cuando te conviene.

—A mí también me lo recuerdo.

Cuando Clara volvió a su habitación, Daniel no intentó dormir. Escribió todo lo que había recordado, incluido lo contradictorio. En la última línea anotó una frase que no sabía si pertenecía a aquella noche o a la central:

Si tú no pasas, paso yo.