Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—Reveló dos carretes el día catorce.

Amalia bajó la cabeza.

—Sí.

—¿Por qué?

—Para demostrarlo.

Daniel se sorprendió.

—¿Demostrar qué?

—Que Samuel estaba con nosotros. Elena vino al colegio como una furia. Yo ya llevaba casi un día diciéndome que Tomás tenía razón, que lo importante era buscar, no discutir listas. Elena me llamó mentirosa. Y tenía razón. Entonces recordé la cámara.

—Reveló las fotos.

—Sí.

—Y encontró a Samuel.

—En doce.

Clara dejó de escribir.

—¿Doce fotografías?

—Aparecía en doce. La que tú recibiste, Daniel, era la más clara.

Daniel sacó la copia.

—Esa —dijo Amalia.

—¿Qué hizo con las fotos?

—Quise llevarlas a la Guardia Civil.

—¿Quiso?

—Tomás apareció en el laboratorio.

Irene frunció el ceño.

—¿Cómo sabía que estaba allí?

—El dueño lo llamó. En un pueblo pequeño todo el mundo llamaba al concejal cuando pasaba algo relacionado con la búsqueda.

—¿Qué le dijo?

Amalia tardó en responder.

—Que no complicara más las cosas. Que tenían una pista y que en unas horas podía estar resuelto.

—¿Qué pista?

—No me la dijo.

—¿Le quitó las fotos?

—Sí.

—¿Y los negativos?

—Creí que también.

—Marcos los encontró —dijo Daniel.

Amalia asintió.

—La hija de Rivas guardó algunos negativos porque su padre hacía duplicados de seguridad de los encargos importantes. No sé por qué. Marcos vino a verme con una copia en enero. Pensé que iba a morirme al verla.

—No murió usted —dijo Daniel.

Amalia recibió el golpe.

—No.

Irene intervino.

—¿Cuándo vio de nuevo a los niños?

Amalia levantó los ojos. La pregunta cambió la habitación.

—La noche del quince.

—Antes de que apareciéramos.

—Sí.

—¿Dónde?

—Valcerezo.

Clara dejó el bolígrafo.

—La casa forestal.

—Sí.

Daniel apretó las manos.

—¿Quién la llamó?

—Tomás.

—¿Qué dijo?

—Que los habían encontrado. Que estaban vivos.

—¿Y Samuel?

Amalia comenzó a llorar. No mucho. Dos lágrimas que limpió con el pulgar.

—Le pregunté. No contestó por teléfono.

—¿Y cuando llegó a la casa?

—Había siete.

La frase se le clavó.

—¿Qué dijeron?

—Todos preguntabais por él de maneras distintas. Marcos gritaba. Irene quería salir. Teresa estaba enferma. Tú... —Amalia miró a Daniel—. Tú repetías que había que volver.

—¿Volver dónde?

—A la central.

—¿Qué dijo Tomás?

—Que era imposible. Que había agua entrando, que la estructura era inestable y que ya habían enviado gente.

—¿Era verdad?

Amalia negó muy despacio.

—No lo sé.

—¿No lo sabe o no quiere decirlo?

—No lo sé. Yo no fui a la central.

—Pero ayudó a ocultarnos.

Amalia inspiró.

—Sí.

Irene dejó unos segundos de silencio antes de preguntar:

—Explíquelo sin justificarlo.

—Tomás dijo que había un problema. Que los niños habían entrado en instalaciones de Hidrovalnera donde no debían estar.

Que había material peligroso, responsabilidad municipal, gente que podía perder el trabajo.

Dijo que Samuel probablemente había muerto y que entrar de noche con agua alta podía matar a más personas.

El alcalde llegó después. También un hombre de la empresa.

Hablaron en la cocina. Yo no oí todo —dijo Amalia.

Daniel vio la casa. La rendija de luz. Los vasos.

—¿Y decidieron esperar?

—Decidieron que al día siguiente ustedes aparecerían en la carretera. Mientras tanto intentarían localizar a Samuel de manera discreta.

—¿Lo localizaron?

Amalia se frotó las manos.

—A la mañana siguiente Tomás dijo que no.

—¿Y entonces qué hizo usted?

—Les di ropa limpia. Ayudé a Pilar a lavaros. Os repetimos que os habíais perdido.

Clara habló con una dureza que Daniel no le había oído nunca.

—¿A siete niños que estaban preguntando por su amigo muerto?

—Sí —dijo Amalia.

—¿Por qué iban a creerlo?

—No lo creían. Al principio.

—¿Entonces?

Amalia juntó las manos.

—Les dijimos que si contaban que Samuel había ido, yo podía ir a la cárcel. Que sus padres tendrían problemas. Que habían entrado en un lugar prohibido y podían acusarlos de haber causado el accidente. Les dijimos que la policía ya sabía lo importante y que los adultos arreglarían el resto.

Daniel recordó una pastilla en una palma.

—¿Nos medicaron?

—Pilar os dio un sedante suave a algunos. Con autorización del médico que estaba coordinando la asistencia.

—¿A niños traumatizados para que durmieran mientras ustedes preparaban una mentira?

Amalia bajó la cabeza.

—Sí.

—¿Quién era Pilar? —preguntó Irene.

—Pilar Mena. Enfermera del consultorio. Murió hace seis años.

—¿Quién más estaba en la casa?

Amalia enumeró. Tomás Varela. Eusebio Landa, alcalde.

Fernando Requena, director regional de Hidrovalnera.

Ángel Salcedo, sargento de la policía local. Pilar Mena. Amalia.

—¿Nuestros padres? —preguntó Daniel.

—Algunos. No todos. Tu padre vino. También la madre de Irene y el padre de Álex. Entraron por separado, de madrugada, y regresaron al polideportivo antes del amanecer.

Aquello produjo un silencio distinto. Daniel pensó en su madre buscando mientras su padre ya sabía que él estaba vivo.

—¿Y los demás padres?

—No supieron que estabais vivos hasta que aparecisteis en la carretera.

—¿Los dejaron buscar toda la noche sabiendo que nosotros estábamos aquí?

Amalia asintió. Daniel se levantó.

Irene dijo su nombre, pero él necesitaba moverse. Fue hasta la ventana.

Abajo, dos ancianos jugaban a cartas en una mesa del jardín.

—Mi madre pasó esa noche sin saber si yo estaba muerto mientras usted me daba ropa limpia.

—Sí.

—¿Cómo pudo?

Amalia tardó mucho en responder.

—Porque cada hora que pasaba hacía más difícil decir la verdad de la hora anterior.

Daniel entendió el mecanismo: cada hora de silencio había encarecido la verdad de la anterior.

Era, quizá, la primera explicación que entendía.

—¿Qué pasó con Samuel? —preguntó.

Amalia negó.

—Eso nunca me lo dijeron.

—¿Nunca preguntó?

—Durante años.

—¿A Tomás?

—Sí.

—¿Qué respondía?

—Que cuando os encontró ya erais siete —dijo Amalia.