CAPÍTULO 11
La profesora
Bruno llamó a Daniel a las nueve y ocho de la mañana. No dijo buenos días.
—No vas a ver a Amalia.
Daniel estaba en el balcón del apartamento alquilado, con una taza de café en una mano y el pueblo despertando debajo. No necesitó preguntar cómo lo sabía.
—No eres su dueño.
—Soy su familiar responsable.
—Eso no te permite impedirle hablar con quien quiera si conserva capacidad.
—Tiene setenta y cuatro años y está delicada.
—Ayer no dijiste que fuera incapaz.
—No dije nada porque no sabía que ibais a acosarla.
—¿Es tu tía? —preguntó Daniel.
Silencio.
—Hermana de mi madre.
—Así que en 1998 la profesora que permitió subir a Samuel al autobús era tu tía y el hombre que nos encontró era tu padre.
—No conviertas parentescos en pruebas.
—No necesito hacerlo. Ya tengo ocho bocadillos, dos carretes y una denuncia alterada.
Bruno respiró al otro lado.
—Daniel, escucha. Amalia lleva casi treinta años viviendo con aquello. Marcos ya fue a verla. La dejó destrozada.
—Marcos encontró la verdad.
—Marcos está muerto.
—¿Eso es lo que intentas evitar? ¿Que acabemos como él?
—Intento evitar que revientes a gente vieja para conseguir respuestas que no van a devolverte nada.
—A Elena sí puede devolverle algo.
Bruno calló.
—Sabes quién es —dijo Daniel.
—Sé quién es porque lleváis días diciendo su nombre.
—Mentira.
—No voy a discutir contigo.
—Entonces no lo hagas.
Daniel colgó.
Irene consiguió la visita a través de la dirección médica de la residencia.
Amalia Cifuentes no tenía diagnóstico de deterioro cognitivo y había expresado personalmente que aceptaba hablar con ellos.
Bruno llegó antes, pero no pudo impedirlo.
Los esperaba en el vestíbulo con un abogado que Irene conocía de los juzgados.
—Esto ya es ridículo —dijo Daniel.
—Es prudencia —respondió Bruno.
—Tu prudencia llega veintiocho años tarde.
Irene se interpuso antes de que empezara otra discusión.
—Amalia ha aceptado. Puede cancelar la conversación cuando quiera. Nadie va a presionarla.
—Él sí —dijo Bruno señalando a Daniel.
—Yo me encargo de él.
Daniel cedió; aquella vez la precisión procesal importaba más que su orgullo.
Amalia los recibió en una sala con ventanas al jardín. Era una mujer pequeña, de pelo gris muy corto. No parecía frágil. Tenía un libro abierto sobre las rodillas y gafas rojas. Cuando Daniel entró, lo observó durante varios segundos.
—Sigues frunciendo el ceño igual.
Daniel se quedó quieto.
—¿Me reconoce?
—Claro que te reconozco. El problema nunca fue reconoceros.
Irene cerró la puerta. Bruno se quedó fuera. Amalia señaló tres sillas.
—Siéntense. Y tú también, Clara. Ya sé quién eres. Bruno me ha contado más de lo que quería contarme.
Clara se sentó junto a Daniel.
Irene colocó una grabadora sobre la mesa.
—¿Le importa que registremos la conversación?
—Si hubiera grabadoras en 1998, quizá todos habríamos mentido menos.
Irene activó el dispositivo.
Daniel no supo por dónde empezar. Había imaginado a Amalia durante días como una mujer culpable escondida detrás de la vejez. La persona frente a él no parecía esconderse. Sacó el cuaderno verde.
—¿Es suyo?
Amalia lo reconoció antes de tocarlo.
—Sí.
—Aquí escribió «Samu. Elena. Sin autorización».
—Sí.
—¿Samuel Arce fue a la salida del trece de agosto?
—Sí —dijo Amalia.
La respuesta fue tan rápida que casi le produjo rabia.
—¿Por qué dijo después que no?
Amalia cerró el libro que tenía en las rodillas.
—Porque fui cobarde.
Amalia sostuvo la mirada de Daniel, pero no intentó convertir la palabra en una confesión suficiente.
—La cobardía no llegó toda de golpe —continuó—.
Esa sería una explicación demasiado cómoda.
El primer día pensé que estaba corrigiendo un error administrativo.
Samuel no figuraba en la lista, pero yo sabía que estaba con vosotros y estaba convencida de que aparecería cuando aparecierais los demás.
Me repetí que decir siete en vez de ocho no cambiaba el lugar donde los equipos buscaban.
Era mentira, pero era una mentira pequeña y manejable.
Daniel no dijo nada.
—La segunda mañana dejó de ser pequeña. Elena vino al colegio y me pidió que dijera delante de la Guardia Civil que yo había dejado subir a Samuel. Yo tenía el teléfono en la mano. Solo tenía que llamar al puesto de mando. No llamé.
—¿Por Tomás?
—Por Tomás, por mí, por el miedo. Él no me puso una pistola.
Me explicó exactamente qué podía perder: el empleo, la plaza, una acusación si algo le había ocurrido a un menor que estaba bajo mi responsabilidad sin permiso.
Después añadió que reconocer un octavo niño cuando todo el dispositivo llevaba un día buscando a siete podía «sembrar el caos».
Usó esa expresión. Sembrar el caos. Como si el caos no fuera que faltaran ocho niños.
Clara bajó la vista al cuaderno verde.
—¿Y su familia? —preguntó—. ¿Bruno sabía que Samuel había ido?
Amalia tardó.
—Bruno era un niño. Sabía que Samu estaba con vosotros porque estaba allí. Cuando volvió, preguntaba por él. Mi hermana me llamó desde Valcerezo. Estaba llorando y quería llevarse a Bruno. Tomás le dijo que esperara. Yo le dije lo mismo.
—Era su cuñado —dijo Daniel.
—Sí.
—Eso nunca aparece en ninguna noticia.
—Porque en aquel momento no parecía relevante.
En los pueblos las familias se cruzan con los cargos, los negocios, los colegios.
Tomás era el cuñado de una profesora y el padre de uno de los desaparecidos, pero también el concejal que conocía el monte.
Nadie vio un conflicto porque todos queríamos que alguien supiera qué hacer.
Amalia se quitó las gafas y las dejó sobre el libro.
—Hay algo que Marcos entendió y yo tardé muchos años en aceptar. Yo siempre decía que Tomás me presionó. Es verdad. Pero durante mucho tiempo lo conté como si esa presión hubiera eliminado mi capacidad de decidir. No la eliminó. Yo elegí obedecer porque la alternativa me daba miedo.
—¿Intentó corregirlo alguna vez?
—Sí. Varias. Ninguna cuando todavía habría servido de verdad.
Amalia contó que, en septiembre de 1998, escribió una carta para Elena.
No llegó a enviarla. La rompió después de que Tomás le dijera que cualquier nueva versión podía perjudicar psicológicamente a los siete niños y reabrir una investigación que no iba a encontrar a Samuel.
En 2003 redactó otra carta cuando vio un reportaje sobre menores desaparecidos.
Tampoco la envió. En 2011 localizó a Elena por internet y marcó su número de teléfono. Colgó antes de que contestaran.
—Cada vez me decía que había pasado demasiado tiempo —dijo—. Y cada año que esperaba era una razón nueva para seguir esperando.
—Eso no es una razón —dijo Clara.
—No. Es un mecanismo.
Irene apoyó los dedos junto a la grabadora.
—¿Conserva alguna de esas cartas?
—La de 2003. No porque fuera valiente. Porque soy incapaz de tirar papeles.
—La necesitaremos si está dispuesta.
—Lo estoy.
—En esa carta escribí el nombre de Samuel y que había ido a la excursión. No prueba lo que pasó en la central. Prueba que yo seguía sabiendo quién era cinco años después, cuando públicamente continuaba diciendo que no había estado con vosotros —dijo Amalia.
—¿Por qué habla ahora? —preguntó.
—Porque Marcos vino con la fotografía y me preguntó qué quería que ocurriera con mi versión cuando yo muriera. Le dije que no sabía. Él respondió: «Entonces la está dejando en manos de quienes mintieron mejor que usted». Me enfadé muchísimo —dijo Amalia.
—Suena a Marcos.
—Era un hombre desagradable cuando tenía razón.
Daniel casi sonrió.
—También cuando no la tenía.
—Eso no lo sé. De adulto solo lo vi dos veces.
Amalia se colocó de nuevo las gafas.
—Después de que se fuera, escribí todo lo que recordaba de Valcerezo. Fechas aproximadas, nombres, frases. Se lo di a mi abogado para que lo guardara. Bruno no lo sabe.
Irene se enderezó.
—¿Dónde está?
—En una caja de seguridad del despacho. Tienen autorización para pedir una copia. No quiero que mi memoria sea la única prueba, pero tampoco quiero seguir utilizándola como excusa para no dejar constancia.
—¿Por qué no se lo ha contado a Bruno?
Amalia volvió la vista hacia el jardín.
—Porque durante años pensé que proteger a la familia significaba que ciertas verdades no salieran de ella. He aprendido tarde que a veces una familia se pudre exactamente por eso.
Daniel dejó que el silencio durara.
Después empujó el cuaderno verde un poco más cerca de Amalia.
—Entonces empecemos por lo que escribió cuando todavía éramos ocho.
—No basta.
—No he dicho que baste.
Daniel sintió que Irene le tocaba ligeramente el antebrazo, una advertencia. Amalia continuó:
—Elena me pidió que lo llevara. Trabajaba en el hotel de las termas y aquella semana doblaba turnos.
Samuel conocía a los niños. Era una salida pequeña.
Yo dije que sí. No tenía autorización escrita, ni seguro del centro, ni permiso de la dirección.
Pensé que lo peor que podía pasar era que alguien me echara una bronca.
—Y desaparecieron ocho.
—Sí.
—Pero usted dijo siete.
Amalia bajó la vista.
—Cuando nos dimos cuenta de que faltaban, yo dije ocho.
Daniel se inclinó.
—¿A quién?
—A todos. A mi compañero. A los guardias. A Tomás.
—¿Y la puerta del círculo rojo? Habíais estado allí esa mañana.
Amalia cerró los ojos un instante.
—Óscar y yo volvimos en cuanto vimos que no estabais.
La tormenta había arrastrado tierra contra la entrada.
Gritamos y tratamos de mover piedras, pero el talud seguía cediendo.
Cuando llegó Tomás se lo conté. Volvió con dos hombres y, al regresar, dijo que el acceso era impracticable, que no había respuesta desde dentro y que lo más probable era que hubierais seguido hacia la pista alta.
—¿Le creyó? —preguntó Daniel.
—Sí. Conocía el monte mejor que cualquiera y yo necesitaba que alguien supiera qué hacer. Después supe que fue él quien pidió sacar Valnera de los sectores de voluntarios. Para entonces yo ya había empezado a obedecerle.
Daniel colocó el recibo de Foto Rivas sobre la mesa.