CAPÍTULO 10 #2
—Yo lo relacioné. Cada día. —Elena señaló un recorte—.
Fui al polideportivo el domingo cuando supe que habían aparecido.
Quería hablar con uno de ustedes. No me dejaron entrar.
Un policía me dijo que los niños estaban sedados y que era perjudicial interrogarlos.
Al día siguiente fui a casa de Marcos. Su padre me cerró la puerta. Fui a casa de Daniel. Ya no estaban.
Elena mostró un recorte diminuto del Diario del Norte fechado el diecinueve de agosto.
Ocupaba seis líneas en la página de sucesos: «Continúa la búsqueda de Samuel A.
, menor de once años ausente de su domicilio desde el día 13».
No mencionaba la excursión. Elena había entregado al periódico la fotografía de Samuel junto a Marcos y Daniel; el diario utilizó una foto escolar porque desde el puesto de mando negaron que existiera vínculo acreditado con los siete.
—Durante una semana convivieron dos noticias —dijo—. La vuestra estaba en portada. La de Samuel cabía debajo de un robo de herramientas. Cuando llamaba para decir que eran la misma historia, me respondían que la Guardia Civil ya lo había descartado.
El mecanismo empezaba a ser visible: San Román recordaba a Samuel, pero había aceptado contarlo como otra desaparición, separada de la de los siete. Bastó esa separación para que, con los años, las dos historias dejaran de tocarse.
—Seguíamos en San Román.
—No en su casa. Un familiar me dijo que su familia se había marchado unos días para evitar periodistas. Cuando volvieron, su padre pidió que no molestara. Dijo que usted no recordaba a Samuel.
Daniel apartó la mirada. Podía imaginar a su padre diciendo exactamente eso: firme, protector, convencido de estar haciendo lo correcto.
—Lo siento.
—No me sirven sus disculpas por decisiones de su padre.
—Lo sé.
—Todavía no lo sabe. Llevo casi treinta años escuchando a gente disculparse por cosas que hizo otra persona. Es una forma muy cómoda de sentir pena sin asumir nada.
Daniel recibió la frase en silencio.
Elena abrió la carpeta de recortes. Los primeros periódicos hablaban de los siete niños desaparecidos. En algunos márgenes había anotaciones suyas: «Samuel estaba allí», «preguntar por Varela», «Amalia no contesta». Con el tiempo, las letras cambiaban de tinta y de presión, pero no de insistencia.
—Durante un año fui a San Román cada mes —continuó—.
Después cada tres. Trabajaba de noche para poder coger autobuses por la mañana.
Pregunté a vecinos, guardas forestales, conductores.
Un hombre dijo haber visto a ocho niños cerca del cruce de Valnera, pero cuando la Guardia Civil le tomó declaración habló de «un grupo» y no quiso precisar.
Una camarera me dijo que Amalia había llorado en el bar y repetía que había cometido «el peor error de su vida».
Cuando intenté localizarla, ya estaba de baja.
Irene tomó nota.
—¿Conserva nombres?
—Todos.
—¿Y por qué dejó de ir?
—Porque un día entendí que estaba convirtiendo cada semana en el mismo día.
Samuel tenía once años para siempre y yo también seguía siendo la mujer de treinta y dos que esperaba que alguien llamara.
Me marché de San Román porque necesitaba trabajar en un sitio donde nadie bajara la voz al verme entrar.
Eso no significa que dejara de buscar —dijo Elena.
Clara observó las fotografías de ciudades en la pared.
—¿Y esas?
Elena siguió su mirada, pero no respondió todavía.
—En 2004 alguien me llamó desde una cabina. Un hombre. Dijo que dejara Valnera en paz. Fue la primera vez que oí ese nombre relacionado con Samuel.
Daniel se inclinó hacia delante.
—¿Lo denunció?
—Sí. Dijeron que podía ser una broma de mal gusto provocada por un programa de televisión que había vuelto a hablar del caso.
No había forma de rastrear la llamada. —Se encogió de hombros—.
A partir de entonces cada vez que pedía información sobre Valnera aparecía una puerta cerrada.
Archivos trasladados. Empresas extinguidas. Personas que no recordaban.
Irene levantó la cabeza.
—¿Marcos sabía lo de esa llamada?
—Sí. Fue lo primero que le conté cuando vino.
—¿Por qué confió en él?
—No confié. —Elena ordenó las carpetas—. Le di documentos. La confianza es otra cosa. Volvió tres veces. La segunda trajo una fotografía donde Samuel aparecía con ustedes. La tercera me dijo que creía haberlo recordado en una galería. Le temblaban tanto las manos que tiró el café.
—¿Le dijo que pensaba suicidarse?
—No. Si lo hubiera sabido, habría llamado a alguien. Estaba desesperado, pero también trabajando. Es importante no convertir cada gesto de una persona que acaba muriendo en una profecía. Marcos seguía haciendo planes —dijo Elena.
—Me prometió una cosa —añadió—. Que no publicaría nada hasta tener suficiente para que Samuel no pudiera volver a ser tratado como una hipótesis. Creo que por eso preparó tantos documentos.
—¿Qué había dentro cuando él vino? —preguntó Daniel.
—Lo mismo que ahora. La vida de mi hijo y la búsqueda. Él fue el primero en muchos años que pasó más tiempo mirando las fotografías de Samuel que mis cartas a la policía.
Elena regresó a la mesa y abrió de nuevo la caja. Sacó una fotografía donde Samuel aparecía de espaldas, agachado junto a una bicicleta desmontada. A un lado se veía otro niño sujetando una rueda.
Daniel se reconoció por la gorra azul.
—Eres tú —dijo Clara.
—Sí.
En la imagen, Samuel parecía estar explicándole algo. Daniel no recordaba el momento, pero sí la sensación de que Samuel hablaba demasiado deprisa cuando entendía un mecanismo.
—No necesito que recuerde todas estas fotos —dijo Elena—. Necesito que no vuelva a decirme que mi hijo no estaba allí porque su memoria tenga agujeros.
Daniel asintió.
—No lo haré.
—Eso sí puede prometerlo.
—Entiendo.
—No, todavía no. —Elena se inclinó hacia él—.
Marcos vino aquí hace siete meses. Se sentó exactamente donde está usted.
Lloró. Me pidió perdón por algo que no podía recordar.
Yo le dije que no quería su culpa. Quería a mi hijo o quería la verdad.
La culpa de un adulto no me sirve para enterrar a un niño.
Daniel bajó la mirada.
—Estamos intentando encontrarlo.
—No. Están intentando encontrarse a ustedes mismos. Samuel es el agujero en medio.
Clara se movió en la silla.
—Puede ser las dos cosas.
—Puede —dijo Elena.
Daniel sacó el mapa de Valnera.
—Creemos que entramos aquí.
Elena observó el papel.
Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa.
—Conozco ese sitio.
—¿Por qué?
—Samuel hablaba de él. Habían pasado cerca otras veces. Le fascinaban las compuertas. Decía que debajo de la montaña había túneles.
—¿Sabía cómo entrar?
—No lo sé. Era un niño, no un ingeniero.
Clara preguntó:
—¿Le gustaban los mecanismos?
Elena sonrió por primera vez. Fue un gesto breve y terrible porque transformó su cara en la de una madre de 1998.
—Desmontaba todo. Relojes, juguetes, la tostadora. Una vez dejó la lavadora sin centrifugado durante una semana. Decía que las cosas no se rompían, solo se quedaban sin una explicación.
Un golpe le sacudió el pecho. Una palanca. Agua subiendo. Samu gritando:
—No está rota. Está atascada.
La memoria se cerró.
—¿Qué? —preguntó Clara.
Daniel respiró.
—Creo que Samuel abrió algo para nosotros.
Elena dejó de sonreír.
—No convierta a mi hijo en un héroe para sentirse mejor.
—No quiero hacerlo.
—Entonces averigüe qué hizo. No qué necesita usted que hiciera.
Se levantó. Los diez minutos se habían convertido en casi una hora, pero el gesto significaba que la visita terminaba. Daniel recogió el mapa.
Antes de llegar a la puerta, Elena habló.
—Daniel.
Él se volvió.
Ella sostenía una pequeña fotografía escolar de Samuel.
—Si encuentra algo, no me llame para decirme que lo siente.
—No.
—Llámeme cuando pueda decirme dónde está.
Daniel asintió. Elena cerró la puerta.
En el rellano, Irene se apoyó contra la pared. Desde que había empezado todo, era la primera vez que parecía a punto de derrumbarse.
—La mochila roja —dijo.
Daniel esperó.
—Me reconoció por la mochila.
—Sí.
—Nosotros la olvidamos a ella.
Irene negó lentamente.
—No. Nos fuimos. Después los adultos hicieron todo lo posible para que no miráramos atrás. Eso no nos absuelve de lo que hicimos más tarde.
—No.
Bajaron las escaleras en silencio.
Al llegar a la calle, Daniel miró las fotografías de ciudades que se veían a través de la ventana del salón de Elena. Lisboa. Marsella. Nápoles. Tánger.
No sabía todavía por qué las había colocado allí.
Mucho más tarde comprendería que no eran lugares que Elena hubiera visitado.
Eran los lugares que Samuel quería conocer.