Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Elena

Elena Arce vivía en un edificio de ladrillo a las afueras de Logroño, a dos horas y media de San Román. Daniel supo la dirección porque Marcos la había anotado en su agenda. Irene comprobó que seguía siendo válida. Nadie llamó antes.

—Es una mala idea —dijo Irene cuando Daniel aparcó.

—Sí.

—Podemos dar media vuelta.

—No.

Clara iba en el asiento trasero. Había insistido en acompañarlos y, por una vez, Daniel no había discutido demasiado. Le aterraba entrar solo en la casa de la mujer a la que llevaba veintiocho años debiendo una frase.

El portal olía a lejía y comida recién hecha. Subieron al tercero. Daniel levantó la mano para llamar y la mantuvo suspendida unos segundos. Clara pulsó el timbre.

—Gracias.

—De nada.

Tardaron casi un minuto en oír pasos.

La mujer que abrió tenía el pelo completamente blanco, corto, y unos ojos oscuros que Daniel reconoció de inmediato porque eran los de Samuel.

Elena miró a Irene. Después a Clara. Finalmente a Daniel. No preguntó quiénes eran.

—No.

Y cerró la puerta.

Daniel se quedó mirando la madera. Irene soltó el aire.

—Ya está.

—No.

—Daniel.

Él llamó con los nudillos.

—Elena.

No hubo respuesta.

—Soy Daniel Valdés.

—Ya sé quién es —dijo la voz al otro lado.

Daniel apoyó la frente un instante contra la puerta.

—He recordado a Samuel.

Silencio.

—Felicidades.

La palabra no llevaba ironía. Era peor: no llevaba nada.

—Necesito hablar con usted.

—Yo necesité hablar con ustedes en 1998.

Daniel cerró los ojos.

—Lo sé.

—No, no lo sabe.

—Marcos vino a verla.

Elena no respondió.

—Marcos está muerto.

Los pasos se acercaron. La puerta se abrió de nuevo, solo lo suficiente para que Elena pudiera verlo.

—Eso sí lo sé.

—Encontramos sus notas. La denuncia. Las fotografías.

—¿Y qué quieren de mí?

Daniel había ensayado respuestas durante el viaje. Ninguna sobrevivió.

—Que me diga dónde estoy equivocado.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué?

—No quiero que me crea. No quiero que me perdone. Quiero saber qué parte de lo que estamos reconstruyendo es falsa.

Por primera vez, algo cambió en su expresión. Miró a Irene.

—¿Usted quién es?

—Irene Robles. Estaba con Daniel.

Elena bajó los ojos un segundo.

—La niña de la mochila roja.

Irene dejó de respirar. Daniel la miró.

—¿La recuerda?

—Recuerdo a todos. Ese ha sido siempre mi problema.

Abrió la puerta.

El piso era pequeño y luminoso. En una pared había fotografías de lugares: Lisboa, Marsella, Nápoles, Tánger, Dubrovnik. Ninguna persona. En una estantería, libros de viajes. Elena les indicó que se sentaran, pero ella permaneció de pie.

—Tiene diez minutos.

Daniel sacó la fotografía del sobre.

No se la dio. La colocó sobre la mesa.

Elena no contó a los niños. No necesitaba hacerlo. Se sentó.

Durante unos segundos solo miró a Samuel.

—Esa camiseta era mía —dijo—. Se la ponía porque decía que las suyas le apretaban en los hombros.

La garganta se le cerró.

—La fotografía se hizo el trece de agosto.

—Ya sé cuándo se hizo.

—¿La había visto?

—No esa copia.

—¿Pero sabía que existía?

Elena apoyó un dedo junto a la esquina.

—Amalia llevaba la cámara. Cuando desaparecieron, fui al colegio. Vi el carrete encima de su mesa. Le pedí que lo revelara. Quería demostrar que Samuel estaba allí. Al día siguiente ya lo había hecho. Después me dijo que no había ninguna foto de él.

—Había cincuenta y cuatro copias —dijo Irene.

—Entonces hubo cincuenta y cuatro maneras de mentirme —dijo Elena.

Clara permanecía muy quieta. Daniel preguntó:

—¿Por qué no consiguió que vincularan la desaparición de Samuel con la nuestra?

Elena se rio una sola vez, sin humor.

—Porque ustedes eran siete niños del colegio desaparecidos en una excursión.

Había cámaras, Guardia Civil, políticos.

Samuel era el hijo de una viuda que limpiaba habitaciones y que no figuraba en ninguna lista.

Cuando dije que lo había visto subir al autobús, Amalia dijo que me equivocaba.

Cuando expliqué que su padre estaba muerto, el agente me dijo que quizá yo no sabía todo sobre mi hijo.

Cuando insistí en que buscaban a ocho, me preguntaron si estaba tomando medicación.

—¿Sus padres? —preguntó Elena—. ¿Alguno vino a verme?

Daniel negó.

—No lo sé.

—Yo sí. Ninguno.

Irene habló con voz baja.

—Éramos niños.

—No estoy hablando de ustedes —dijo Elena.

—¿Qué hizo después? —preguntó Clara.

Elena se volvió hacia ella.

—¿Tú eres su hija?

—Sí.

—¿Cuántos años?

—Dieciséis.

—Cinco más de los que tenía Samuel.

Daniel estuvo a punto de intervenir, pero Clara respondió:

—Sí.

Elena la observó durante un instante y después volvió a Daniel.

—Busqué. Fui a la sierra. Pagué a un hombre con un perro. Llamé a periódicos. Escribí a asociaciones. Me dijeron que esperara. Después me dijeron que aceptara. Cuando pasó un año, empezaron a hablar de duelo como si el problema fuera que yo no sabía hacer correctamente de madre de un desaparecido.

Se levantó y fue a un armario. Regresó con una caja de cartón gastada.

—Esto es lo que la gente llama cerrar una etapa.

La abrió.

Había cuadernos escolares, un reloj de plástico, una cinta de casete, canicas, dibujos, una cartera infantil. Todo lo que una madre había conservado porque no sabía qué objeto podía ser el último. Elena sacó una fotografía.

Samuel estaba con Daniel y Marcos junto a una bicicleta desmontada.

—Usted estaba mucho en casa —dijo.

—¿Yo? —preguntó Daniel.

—Marcos más. Pero usted también. Samuel lo llamaba Doctor.

El recuerdo de la mañana regresó.

Daniel tuvo que mirar hacia otro lado.

—Lo recuerdo.

—Me alegro.

Esta vez sí había algo en la frase. No bondad. Una forma de cansancio.

Elena sacó una copia de la denuncia y la puso junto a la fotografía.

—Le enseñé esto a Marcos. Mire la hora.

14 de agosto. 09:35.

—La anotación sobre el padre se añadió después —dijo Elena.

Irene acercó el papel.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque mi copia original no la tenía.

Sacó otro documento. Era un calco amarillo, apenas legible. La observación final no figuraba. Irene comparó ambos.

—La copia de Marcos debía proceder del expediente policial.

—Sí.

—Alguien añadió la nota después de que usted firmara.

—Eso llevo veintiocho años diciendo.

Irene sacó el teléfono y fotografió ambos documentos. Daniel miró la caja.

—¿Samuel tenía alguna cicatriz detrás de la oreja?

Elena frunció el ceño.

—No.

—Nosotros sí.

Se tocó detrás de la izquierda. Una línea casi invisible. Irene hizo lo mismo. Elena miró a ambos.

—¿Todos?

—Creo que sí.

—Samuel no tenía ninguna antes de salir de casa.

Daniel pensó en el pasillo estrecho, en metal rozando piel.

—Puede ayudarnos a saber por dónde pasamos.

Elena cerró la caja.

—No me interesan sus cicatrices.

Elena se levantó y llevó la caja hasta un aparador. Daniel pensó que la conversación había terminado. En lugar de eso, ella abrió un cajón inferior y sacó tres carpetas sujetas con gomas. Las dejó sobre la mesa con un golpe seco.

—Esto sí me interesa.

La primera contenía fotocopias de la denuncia, ampliaciones de fotografías y cartas con sellos de distintos organismos. La segunda estaba llena de recortes de prensa. La tercera era un archivo cronológico construido durante años con una disciplina que avergonzó a Daniel.

—El catorce por la mañana fui al cuartel —dijo Elena—.

Samuel no había vuelto a casa la noche anterior.

Yo trabajaba en el hotel y pensé primero que se habría quedado con Marcos o con usted.

No tenía teléfono en casa. Fui preguntando puerta por puerta.

La madre de Marcos estaba en el polideportivo.

La suya también. Entonces entendí que Samuel había ido a la excursión.

Se le secó la garganta.

—¿Mi madre habló con usted?

—Sí. Durante menos de un minuto. Me dijo que Samuel había salido con ustedes.

Estaba destrozada. Un guardia la apartó porque querían preguntarle otra vez qué ropa llevaba usted.

Cuando intenté incluir a Samuel en la lista me dijeron que no figuraba en la autorización y que no podían mezclar una desaparición distinta con un operativo ya desplegado.

Irene abrió la primera carpeta.

—Pero era exactamente el mismo operativo.

Elena sacó otra hoja. Su denuncia había recibido un número propio y un encabezado distinto: AUSENCIA DE MENOR DEL DOMICILIO.

En el margen constaba «sin relación acreditada con operativo Sierra / menor no incluido en listado escolar».

No era una simple etiqueta. Significaba que la ficha no se incorporó al puesto de mando donde se distribuían fotografías, rutas y nombres a los equipos de búsqueda.

—A las once y cinco fui al polideportivo con esta copia —dijo Elena—. Un agente escribió en su libro: «madre de menor ajeno a excursión, derivada a puesto». Ajeno. Esa palabra convirtió dos desapariciones del mismo día en dos expedientes que no se hablaban.

Irene fotografió el margen.

—Esto explica el mecanismo administrativo. No explica que nadie lo corrigiera después.

—Después ya tenían una historia que defender —respondió Elena.

—Eso dije. Varias veces.

Elena mostró una copia amarillenta de la denuncia. Daniel reconoció la frase que ya habían leído: posible traslado con el padre.

—El padre de Samuel murió en 1993 —dijo Elena—. Lo dije al denunciar. Llevé el certificado dos días después. Aquí tienen la copia con sello de entrada.

Irene la tomó con cuidado. Fecha: 17 de agosto de 1998.

—La hipótesis siguió apareciendo en informes posteriores —dijo.

—Durante nueve años. —Elena sonrió sin humor—. Un muerto fue el principal sospechoso de llevarse a mi hijo durante nueve años.

Clara miró a Daniel. Él no pudo sostenerle los ojos.

Elena pasó páginas. Había cartas a juzgados, al defensor del pueblo, a programas de televisión, asociaciones de desaparecidos, abogados y periódicos.

Algunas respuestas eran formularios impersonales.

Otras prometían revisar. Una devolvía la documentación porque faltaba una firma.

Otra explicaba que, al no existir indicios de delito, no procedía una unidad especializada.

—¿Nadie relacionó a Samuel con vosotros después de que volvierais? —preguntó Clara.