CAPÍTULO 9
El nombre
Samuel Arce había existido en demasiados lugares como para haber desaparecido por accidente. Clara construyó una cronología.
Debajo, Clara había escrito en rojo:
¿QUIÉN CONSIGUIÓ QUE DOS HISTORIAS OCURRIERAN EN EL MISMO PUEBLO SIN TOCARSE?
Daniel leyó la pregunta mientras se abrochaba la camisa.
—Deberías volver a casa.
Clara, sentada en el suelo con el portátil, ni siquiera levantó la cabeza.
—No.
—Tu madre vuelve mañana.
—Ya he hablado con ella.
—¿Qué le has dicho?
—Que estoy contigo porque ha muerto un antiguo amigo y estás arreglando cosas del funeral.
—Eso es mentir —dijo Daniel.
—Es una versión provisional de la verdad.
—No vuelvas a utilizar esa frase cerca de una fiscal.
Clara sonrió.
Daniel iba a insistir cuando vio una fotografía nueva en la pantalla.
—¿Qué es eso?
—La he encontrado en una revista escolar de La Vega.
Samuel aparecía sosteniendo un diploma en una feria escolar de La Vega. Tenía diez años y una sonrisa enorme. El pie de foto decía: Samuel Arce, mención del jurado. Daniel se acercó.
—También estaba ahí.
—Y seguía apareciendo en actividades aunque no estuviera matriculado con vosotros. —Clara amplió la imagen—. No era un niño que hubiera caído del cielo el trece de agosto.
Una sensación le cruzó el pecho. Grasa negra en unos dedos pequeños.
Samu inclinándose sobre una bicicleta y llamándolo Doctor porque Daniel sostenía una llave inglesa como si fuera un bisturí. Daniel cerró los ojos.
—Le gustaba desmontar cosas.
—¿Lo recuerdas?
—Sí.
La palabra salió antes que la prudencia.
Daniel vio una tarde de primavera. Marcos y Samu inclinados sobre una bicicleta vieja. Samu tenía grasa en la nariz. Daniel sostenía una llave inglesa sin saber qué hacer con ella.
—Eres médico —decía Samu.
—No soy médico.
—Pues cuando lo seas me curas si esto explota.
La memoria era tan nítida que Daniel abrió los ojos con lágrimas de rabia.
—Me llamaba Doctor.
Clara se levantó despacio.
—¿Erais amigos?
—Sí.
—¿Mucho?
Daniel buscó honestidad en lugar de una respuesta cómoda.
—No lo sé. Marcos era más amigo suyo. Pero venía con nosotros. Jugábamos al fútbol. Una vez arregló mi bici. —Se llevó una mano a la frente—. Dios.
—¿Qué?
—Recuerdo su casa.
No completa. Una escalera estrecha. Olor a detergente. Una radio encendida. Elena planchando uniformes de hotel en una mesa. Samuel sentado en el suelo desmontando un despertador.
Daniel se apoyó en la pared.
—He estado allí.
Clara no dijo nada.
—¿Cómo puedes olvidar una casa? —preguntó Daniel—. ¿Cómo puedes olvidar una persona y conservar detalles inútiles de la misma época? Recuerdo el sabor del helado que vendían en la plaza. Recuerdo la matrícula del coche de mi padre. Recuerdo que Teresa odiaba los tomates. ¿Cómo no recuerdo a Samuel?
Clara tardó en responder.
—Quizá no lo olvidaste de una vez.
—¿Qué significa? —preguntó Daniel.
—Que primero dejaste de hablar de él. Luego dejaste de verlo. Después todos los adultos te dijeron que erais siete. Las fotos desaparecieron. Su madre se fue. Vosotros dejasteis de juntaros. A lo mejor cada vez que aparecía un recuerdo lo colocabas en otra caja.
—No funciona así de sencillo.
—No he dicho que fuera sencillo.
Daniel sabía suficiente sobre memoria para desconfiar de una explicación limpia: no hacía falta una amnesia de película; podían bastar años de silencio, un relato repetido y el deseo de no mirar. El teléfono sonó. Era Teresa.
—¿Dónde estás? —preguntó sin saludar.
—En San Román.
—Necesito verte.
—¿Qué pasa?
—He recordado su nombre.
—Samuel —dijo Daniel.
Silencio.
—Sí.
—Yo también.
Teresa respiró con dificultad.
—Entonces esto es real.
Se encontraron en un café junto al río. Teresa llegó con una carpeta de plástico. Había llorado. No intentó ocultarlo.
—Anoche soñé con él —dijo—. Pero no creo que fuera un sueño. Era una mezcla. Estábamos en un pasillo. Samu llevaba una linterna.
Se le tensó el cuerpo.
—¿En la central?
—No sé. Había tuberías. Agua. Mucho ruido.
Clara se sentó frente a ella.
—¿Qué más?
—No sé si quiero contar esto delante de ti —dijo Teresa.
—Yo tampoco sé si quiero oírlo, pero eso no cambia lo que pasó.
—Tiene tu manera de ser insoportable —dijo Teresa.
—Eso dice todo el mundo.
Teresa abrió la carpeta. Dentro había una fotografía doblada.
—La encontré en casa de mi madre.
Era una fiesta de cumpleaños. No la de Marcos. Samuel estaba sentado en una mesa con Daniel y Teresa. Sobre la tarta había once velas.
—Su cumpleaños —dijo Daniel.
—Febrero del noventa y ocho.
Detrás de la fotografía había nombres escritos por la madre de Teresa. Dani, Teresa, Samu, Marcos, Irene. Cinco nombres. No una intuición. No una memoria.
Daniel pasó el pulgar por la tinta.
—Mi madre sabía quién era.
—Todas nuestras familias lo sabían —dijo Teresa—. No era invisible antes de agosto.
—¿Vuestros padres hablaron de él después? —preguntó Clara.
Teresa negó.
—En mi casa no.
Daniel intentó recordar. Su madre hablando del regreso. Psicólogos. Médicos. Mudanza meses después. Su padre prohibiendo entrevistas. Ninguna mención a Samuel.
—Mi padre nos llevó a vivir a Burgos en octubre —dijo—. Siempre dijo que era por trabajo.
—¿Lo era?
—Había conseguido un puesto mejor. Pero ahora no sé si eso fue la causa o la oportunidad.
Teresa jugueteó con la esquina de la foto.
—Mi madre me llevó a una psicóloga durante un año. Me decía que si aparecía el niño en mis sueños no debía hablar con él.
—¿Qué niño? —preguntó Daniel.
—Eso es lo que yo preguntaba. —Teresa tragó saliva—. Ella decía que ningún niño. Que era una imagen que mi cabeza había inventado porque tenía miedo.
Clara dejó de escribir.
—¿Conservas informes de esa psicóloga?
—No lo sé.
—Búscalos.
Teresa asintió. Daniel volvió a la fotografía.
Samuel tenía los brazos apoyados en la mesa y miraba algo fuera de cuadro. Parecía feliz de una forma dolorosamente ordinaria.
—¿Por qué no estaba en nuestro colegio? —preguntó.
—Su madre no podía pagar el comedor —dijo Teresa—. En La Vega tenían una ayuda. Creo.
—¿Padre?
—Nunca lo conocí.
Clara levantó la vista.
—En la denuncia pone que podía haberse ido con él.
Teresa frunció el ceño.
—Su padre estaba muerto.
El café pareció quedarse sin sonido.
—¿Seguro? —preguntó Daniel.
—Sí. Murió antes de que llegaran al pueblo. Un accidente de trabajo. Mi madre se llevaba con Elena. Lo recuerdo porque una vez dijo que estaba sola con el niño.
La nota policial: Posible traslado con padre. Aquello constituía una falsedad verificable, no un error.
—Alguien escribió una salida imposible —dijo Clara.
Teresa empezó a llorar sin ruido.
—¿Sabéis qué es lo peor?
Daniel esperó.
—Que ahora recuerdo su voz mejor que la cara de mi propio padre.
Clara bajó la mirada. Teresa respiró varias veces.
—En el pasillo nos dijo que no empujáramos una puerta. Que había que tirar de una palanca. Marcos se reía de él porque siempre quería arreglarlo todo. Y Samu dijo... —Cerró los ojos—. Dijo que si salíamos de allí le iba a cobrar a cada uno cinco duros por el rescate.
Daniel sonrió antes de poder evitarlo. El gesto le dolió.
—Sí —dijo—. Eso es muy suyo.
Más que un dato, era una forma de ser.
Clara miró la libreta, apartó las fechas y las flechas y escribió en una esquina: ¿Cómo era Samuel cuando no estaba desapareciendo?
—Eso son objetos —dijo—. Y casi todos los estamos mirando porque acabaron convertidos en pistas.
Teresa dejó la taza sobre el plato. Aún tenía los ojos húmedos, pero la pregunta pareció obligarla a salir de la central y regresar a un lugar más difícil: un tiempo en el que Samuel no significaba nada especial.
—Odiaba la leche caliente —dijo al fin—. De verdad. Si había nata arriba hacía una cara como si intentaran envenenarlo.
Daniel sonrió.
—Se la daba a Marcos.
—Marcos tampoco la quería.
—Pero se la bebía por cinco duros.
Teresa se llevó una mano a la boca. La risa llegó primero y el llanto después, mezclados de una manera que ya empezaba a ser familiar. Clara no interrumpió. Escribió: odiaba la leche caliente. Después dejó el bolígrafo esperando.
—Mentía fatal —añadió Daniel—. Eso sí. Cuando rompía algo explicaba demasiado. Si entraba en una habitación y empezaba a decir «yo no he tocado nada» antes de que preguntaras, ya podías buscar qué faltaba.
—Y hacía apuestas que no podía pagar —dijo Teresa—. Nos debía dinero a todos.
—Cinco duros imaginarios.
—Una fortuna imaginaria.
La lista empezó a crecer sin que ninguno supiera exactamente para qué servía.
Samuel se mordía el interior de la mejilla cuando intentaba entender algo.
Corría bien pero era malísimo chutando un balón.
Le daba vergüenza cantar y, por esa misma razón, cantaba muy alto cuando quería hacer reír.
No soportaba que alguien utilizara una herramienta para algo que no fuera su función.
Una vez había discutido diez minutos con el padre de Marcos porque usó el mango de un destornillador para golpear una tapa.
—Dijo que por gente como él se estropeaba el mundo —recordó Teresa.
—Eso no lo dijo.
—Lo dijo.
—Tenía once años.
—Precisamente.
Al terminar, Daniel entendió que recordar el accidente era más sencillo que recordar la vida que lo había precedido.
—Había una piscina —dijo de pronto.
Teresa levantó la vista.
La imagen llegó sin violencia. Julio de 1998.
El suelo abrasando bajo los pies. La piscina municipal llena de gritos y cloro.
Bruno estaba en el borde, negándose a saltar desde el trampolín pequeño porque dos chicos mayores se reían de él.
Samuel había subido los escalones detrás.
Daniel esperaba que lo empujara. Era la clase de estupidez que hacían a esa edad. Pero Samuel se sentó a su lado.
—No saltó —dijo Daniel.
—¿Quién?
—Samu. Bruno no quería tirarse y dos chicos se estaban burlando. Samu se quedó sentado con él. Dijo que si Bruno no saltaba, él tampoco, y que así los dos podían decir que el trampolín les parecía demasiado bajo.
Teresa sonrió.
—Eso sí suena a él.
Daniel vio a los dos niños bajar por la escalera fingiendo indiferencia.
Después Samuel había obligado a Bruno a participar en una carrera absurda dentro de la parte menos profunda.
Bruno ganó porque Samuel hizo trampa en su propio perjuicio, apoyando los pies en el suelo cuando no debía y dejándose descalificar con una solemnidad ridícula.
—Bruno y él eran amigos —dijo Clara.
—Todos lo éramos, a ratos. A esa edad las alianzas duraban una tarde.
—Pero eso importa.
La piscina impedía convertir a Bruno en el adulto de 2026: Samuel también había sido su amigo.
—Apúntalo —dijo Daniel.
Clara escribió otra frase: se sentó con Bruno para que no pasara vergüenza.
—Eso parece una biografía redactada por su madre —protestó Teresa—. Pon también que una vez me escondió una rana en la mochila.
—¿Por qué?
—Porque dije que las ranas me daban asco.
—Eso mejora mucho el retrato —dijo Clara.
Siguieron casi media hora: defectos, bromas privadas, pequeñas crueldades y generosidades que nadie había reconocido entonces. Ninguna frase explicaba por qué murió.
—Esto también hay que conservarlo —dijo.
Daniel negó instintivamente.
—No estamos haciendo un archivo familiar.
—Precisamente. Si todo lo que guardáis de él sirve para demostrar el caso, el caso se lo vuelve a comer.
—Elena debería tener estas cosas —dijo Teresa.
Le asaltó la vieja urgencia de hacer algo inmediatamente: llamar a una mujer que todavía no conocía y entregarle una lista como si cuarenta líneas pudieran compensar veintiocho años. Se contuvo.
—Primero tenemos que encontrarla y preguntarle qué quiere —dijo—. No decidirlo nosotros.
Clara cerró la libreta. Esta vez no discutió.
Daniel volvió a leer «hacía trampa para que otros no quedaran mal». No sabía si el recuerdo se había embellecido; tampoco necesitaba convertirlo en evidencia.
Al salir del café, Clara caminó unos metros por delante. Daniel se quedó junto a Teresa.
—¿Recuerdas haberlo dejado?
Teresa se puso rígida.
—No.
—Pero recuerdas que estaba dentro.
—Sí.
—Y nosotros salimos.
Teresa negó despacio.
—No hagas esa cuenta todavía.
—Siete salieron. Él no.
—Eso es un resultado, no una secuencia.
Daniel la miró. Teresa abrió los ojos.
—Tú mismo me enseñaste eso cuando estudiabas Medicina. Correlación no es mecanismo.
—No creo que fuera exactamente así.
—Era algo igual de pedante.
Daniel casi sonrió. Teresa le apretó el brazo.
—Averigua cómo salimos antes de decidir por qué él no salió.
Esa noche Daniel soñó con una tubería.
Samuel estaba dentro hasta la cintura. Tenía once años y una linterna entre los dientes.
—Dani —decía—, si tú no pasas, paso yo.
Daniel despertó antes de saber qué había al otro lado.