Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Ocho bocadillos

—No prometo que quede nada —dijo mientras encendía la luz del archivo—. Antes se guardaba todo. Después alguien decidió que guardar todo era un problema. Y ahora volvemos a guardar todo porque nadie sabe qué se puede tirar.

Clara sonrió.

—La historia de la humanidad.

Nuria la miró como si acabara de recordar que había una menor en el sótano. Daniel fingió no verlo.

Los expedientes estaban organizados por curso. Encontraron autorizaciones, seguros, circulares y partes de comedor. De la salida del trece de agosto solo aparecía una carpeta fina: ruta, nombre de los dos docentes responsables, listado de siete alumnos y una hoja de contacto de emergencias. Siete.

El ayuntamiento organizaba el programa, pero el colegio aportaba la sede, parte del personal y la gestión de autorizaciones; por eso la documentación de aquella salida había terminado en el archivo escolar.

Daniel reconoció su firma infantil en un documento de normas. Daniel Valdés. Debajo, su madre había firmado con tinta azul. Clara pasó páginas.

—Esto está demasiado limpio.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Nuria.

—Que para una excursión con siete niños hay exactamente siete autorizaciones, siete fichas médicas y siete teléfonos. Ninguna nota, ningún borrador, nada tachado.

—Puede ser que estuvieran ordenados.

—Puede.

Daniel la oyó pronunciar esa palabra como él mismo empezaba a hacerlo: no para descartar una hipótesis, sino para obligarse a no confundir posibilidad con explicación.

Encontraron algo al final de la caja. No estaba dentro de la carpeta.

Era un cuaderno de espiral con tapas verdes que contenía notas de Amalia Cifuentes de todo el curso 97-98: actividades, compras, recordatorios, cuentas pequeñas.

No era un documento oficial y quizá por eso nadie lo había depurado.

En una página de agosto aparecía una lista. Excursión Valnera. 13/8. Agua x 9. Bocadillos x 8 + 2 adultos. Fruta x 10. Botiquín. Cámara + 2 carretes.

Clara puso el dedo sobre la segunda línea.

—Ocho.

La mezcla era insoportable: triunfo y náusea. No quería tener razón. No sobre aquello.

Más abajo había una anotación casi borrada con corrector. Nuria consiguió una lámpara pequeña y, al inclinar la hoja, aparecieron relieves de bolígrafo.

Irene sacó una fotografía con luz lateral. Se distinguían cuatro letras. Samu. Y después:

Elena / sin autorización / avisar?

Daniel se sentó en una caja. Aquello quedaba fuera de la memoria y de la interpretación.

La voz tenía un anclaje anterior al sueño.

El nombre estaba escrito antes de la desaparición.

—Ya está —dijo Clara.

Irene negó.

—Es una pieza fuerte. Aún falta unirla al trece de agosto.

—Elena lo vio subir y tenemos fotos —dijo Clara.

Clara suspiró.

—Tú debes de ser divertidísima en los cumpleaños.

—Mi trabajo consiste en que una historia siga siendo cierta cuando alguien inteligente intenta destruirla —dijo Irene.

Daniel pensó que esa era quizá la definición más precisa de lo que necesitaban. Siguieron buscando.

En otra página del cuaderno apareció una lista de alumnos para una actividad de junio. Daniel, Irene, Marcos, Teresa, Julián, Bruno, Álex y Samuel A. No figuraba como alumno del centro, solo como «acompañante». Nuria revisó bases antiguas.

—No estuvo matriculado aquí.

—¿Dónde estudiaba? —preguntó Daniel.

—Podría estar en el colegio comarcal de La Vega. Algunos niños de San Román iban allí si sus padres trabajaban fuera.

Clara anotó el nombre.

La directora pasó la hoja del cuaderno.

En la siguiente página había una frase escrita con bolígrafo rojo y una presión tan fuerte que había marcado el papel de debajo.

NO ESTABA EN LA LISTA.

Nadie habló.

—¿Cuándo escribió eso? —preguntó Daniel.

Nuria negó.

—No hay fecha.

Irene acercó la hoja a la ventana.

—Puede ser posterior.

—Claro que es posterior —dijo Daniel—. Antes de la excursión no tendría sentido recordarse que no estaba en la lista.

—Probablemente.

—¿Qué más necesitas?

—Necesito saber qué ocurrió, no solo qué parece que ocurrió.

Daniel cerró el cuaderno.

—Entonces hablemos con Amalia.

Nuria dudó.

—Está viva.

Daniel levantó la vista.

—¿Dónde?

—En una residencia de la capital. Tiene setenta y tres o setenta y cuatro años. Se jubiló hace bastante.

Irene anotó el dato.

—¿Mantiene contacto con el colegio?

—Mandaba postales en Navidad. Hace dos años dejó de hacerlo.

—¿Algún problema cognitivo?

—No que yo sepa.

Clara estaba hojeando el cuaderno otra vez.

—Hay dos carretes.

—¿Qué?

—Aquí pone «cámara + 2 carretes». Marcos tenía una funda de negativos de la excursión, pero vacía. Si hubo dos carretes, puede haber más fotos.

Nuria pensó.

—Antes el colegio guardaba las copias en álbumes.

—¿Dónde?

La directora miró las estanterías como quien comprende de repente el tamaño de una condena.

—En algún sitio aquí abajo.

Tardaron casi dos horas.

El álbum apareció dentro de una caja etiquetada ACTIVIDADES 1997-1999 . Era de tapas azules y las fotografías estaban sujetas con esquineras adhesivas. Había fiestas, excursiones, obras de teatro y competiciones deportivas.

La página del trece de agosto estaba vacía. No arrancada. Vacía.

Daniel tardó en comprender por qué aquella ausencia le resultaba más violenta que una página arrancada.

Una rotura habría dejado rastro de urgencia.

La superficie intacta indicaba otra cosa: alguien había retirado las fotografías con paciencia, despegando una por una las esquineras, quizá sentado en aquel mismo sótano cuando ellos todavía eran niños desaparecidos.

Nuria sacó una caja de fichas antiguas.

—Hay un índice de actividades. A veces anotaban quién entregaba material y quién lo retiraba.

Las fichas olían a cartón húmedo. Clara empezó por 1998. Encontró la excursión después de varios minutos. La tarjeta incluía la fecha, el número de alumnos previstos y una corrección hecha con tinta azul: 7. Debajo, apenas visible, el papel conservaba la hendidura de un número anterior.

Clara colocó la ficha de lado bajo la luz del móvil.

—Aquí había un ocho.

Irene no tocó el documento.

—Fotografía primero.

Nuria trajo una lámpara de escritorio. La presión del bolígrafo había dejado el trazo completo: un ocho corregido después con líquido blanco y sobrescrito con un siete. En una esquina figuraban las iniciales A.C.

—Amalia Cifuentes —dijo Daniel.

—Era quien organizaba casi todas las salidas —respondió Nuria.

Daniel buscó en otras fichas. El mismo sistema aparecía durante todo el curso. Número de asistentes, responsables, gastos, material. En abril, una visita a un museo: 24. En junio, una marcha al embalse: 18. Solo la ficha de Valnera había sido corregida.

Clara siguió revisando la caja hasta encontrar otra anomalía. Una ficha de actividad conjunta fechada en mayo de 1998 incluía a Samuel Arce entre los participantes. Al margen, Amalia había escrito: «Samuel se queda a recoger con Daniel y Marcos. Muy buen trabajo».

Daniel pasó el dedo a un centímetro del papel.

—Lo conocía bien.

—Claro que lo conocía —dijo Nuria—. Los profesores de un pueblo conocen a los niños aunque estén en otro centro. Había actividades conjuntas.

Aquello destruía otra comodidad. Amalia había borrado a un niño al que conocía lo bastante como para felicitarlo por su nombre tres meses antes, no a un desconocido añadido a última hora.

Nuria abrió un archivador de correspondencia. Entre circulares apareció una hoja de la asociación de familias sobre becas de comedor. Elena Arce figuraba como solicitante de apoyo para Samuel. Al margen, alguien había anotado: «Hablar con Amalia. Puede venir a actividades sin coste».

Una punzada le recorrió el cuerpo.

—¿Puede venir?

—Samuel participaba en cosas del colegio aunque estuviera matriculado en La Vega —dijo Clara—. Por eso estaba integrado con vosotros.

—Y por eso nadie podía decir de verdad que no sabía quién era —añadió Irene.

Nuria se sentó en una caja cerrada.

—Esto cambia cómo recuerdo aquella semana.

—¿Tú estabas aquí? —preguntó Daniel.

—Tenía quince años. Mi madre trabajaba en cocina.

Llevó comida al polideportivo. Yo fui con ella dos tardes.

Recuerdo a una mujer preguntando por su hijo y a un policía diciéndole que no mezclara casos.

—Se frotó los brazos—. Nunca supe que era la madre de Samuel.

Pensé que buscaba a un adolescente fugado.

—¿La viste? —preguntó Daniel.

—Creo que sí. Pelo oscuro, muy delgada. Llevaba una fotografía en la mano.

Se acercó a una mesa donde registraban voluntarios y alguien la apartó porque estaban esperando noticias de «los siete niños».

Esa frase sí la recuerdo. Los siete niños.

Como si no cupiera otro problema en el pueblo hasta que terminara el vuestro.

Clara había dejado de tomar notas.

—¿Qué hizo ella?

—Se quedó fuera. Horas. Cada vez que salía un coche se levantaba. —Nuria respiró hondo—. Si era Elena, nadie la estaba buscando a ella en las fotos de la prensa. Pero estaba allí.

Daniel imaginó el polideportivo desde un ángulo que jamás había ocupado: no el interior donde siete familias esperaban llamadas, sino el aparcamiento donde una mujer intentaba explicar que también faltaba un niño.

El pueblo entero había concentrado su compasión en una cifra y, sin proponérselo, había convertido a Samuel en ruido de fondo.

Irene guardó las imágenes de los documentos en una carpeta cifrada.

—Necesitamos copias certificadas de la ficha corregida y de esa actividad de mayo.

Nuria asintió.

—Las tendrás.

—Y quiero que pienses si tu madre conserva algo. Listas de cocina, tickets, cualquier cosa.

Nuria sonrió sin alegría.

—Mi madre conserva recibos de 1989 porque «nunca se sabe». Por primera vez en mi vida voy a darle la razón.

Clara volvió a la página vacía del álbum.

—Si quitaron las fotos, tuvieron que guardarlas o destruirlas.

—Y si fueron reveladas aquí en el pueblo —dijo Daniel—, quizá quedó otro juego.

Nuria levantó la cabeza.

—Foto Rivas.

En la esquina superior quedaba una etiqueta escrita a mano:

Valnera 13/8/98.

Debajo se veían restos de adhesivo donde habían estado colocadas fotografías.

—Las quitaron —dijo Clara.

Irene pasó el dedo sin tocar.

—Alguien las quitó.

En el reverso de la página había una pequeña marca de tinta que había traspasado desde una foto o una anotación anterior. Clara la miró a contraluz.

—Parece un ocho.

Daniel no respondió.

Encontraron un segundo álbum más pequeño con duplicados. Tampoco había fotos de Valnera. Sin embargo, entre dos páginas sueltas apareció un sobre del antiguo laboratorio fotográfico de San Román. Foto Rivas. Revelado 14/08/98. Dentro no había copias. Sí había un recibo. 2 carretes / 54 copias.

Fecha de recogida: 14/08/98, 18:10. Daniel frunció el ceño.

—El día después de desaparecer.

—Alguien reveló las fotos mientras seguíamos desaparecidos —dijo Irene.

El nombre del cliente estaba escrito a mano. A. Cifuentes.

Clara apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Amalia vio las fotografías antes de que volvierais.

Daniel imaginó a la profesora entrando en una tienda de fotografía mientras el pueblo buscaba a siete niños. Abriendo un sobre. Encontrando una imagen en la que había ocho.

Y después retirando todas las copias.

—No solo sabía que Samuel había ido —dijo—. Tenía pruebas.

Nuria cerró la puerta del archivo, como si de pronto necesitara asegurarse de que nadie escuchaba.

—Hay algo que no os he contado.

—Ahora sería buen momento —dijo Irene.

—Cuando Marcos vino en febrero también buscó estos álbumes. Encontró el recibo. Me preguntó por Foto Rivas.

—Está cerrado —dijo Daniel. Había visto el escaparate cubierto el domingo.

—Desde 2019. El dueño murió. Su hija vació el local.

—¿Qué pasó con los negativos?

—Marcos me preguntó exactamente eso.

—¿Y?

Nuria señaló el techo, como si la respuesta estuviera varios pisos encima.

—La hija de Rivas los guardó durante años. Cajas enteras. Marcos consiguió hablar con ella.

La anticipación le tensó el pecho.

—¿Sabes si encontró los del trece de agosto?

Nuria negó.

—No me lo dijo. Pero una semana después volvió al colegio. Estaba pálido. Se sentó en mi despacho y me preguntó si yo creía que una persona podía olvidar deliberadamente a otra.

—¿Qué le contestaste?

—Que no lo sabía.

—¿Y él?

Nuria miró el cuaderno verde.

—Dijo que esperaba que sí. Porque la alternativa era peor.

Al salir del colegio, Daniel llamó a la residencia donde vivía Amalia Cifuentes. Una recepcionista confirmó que podían solicitar una visita, pero que necesitaban hablar primero con la familia responsable.

—¿Qué familiar? —preguntó Daniel.

La mujer consultó.

—Su sobrino. Bruno Varela.

Daniel dejó de caminar. Irene lo miró.

—¿Qué?

Daniel puso el teléfono en altavoz. La recepcionista repitió el nombre. Bruno.

El hombre que había dicho que la fotografía no debía existir controlaba la entrada a la central y ahora también, de algún modo, el acceso a la mujer que había borrado a Samuel de la lista.