CAPÍTULO 7 #2
Llegaron a Valnera al mediodía. No pudieron acercarse demasiado porque la pista estaba cerrada con una barrera metálica y dos carteles de obra. Detrás, el bosque descendía hacia el río. Álex los esperaba con una cámara y un teleobjetivo.
—He venido antes —dijo—. Hay vigilancia privada en el acceso de abajo.
—¿Desde cuándo? —preguntó Irene.
—No lo sé. Pero el cartel de la empresa es nuevo.
Daniel miró el logotipo.
VALNERA DESARROLLO. PROYECTO DE REGENERACIÓN ENERGÉTICA.
Debajo aparecía una empresa contratista. No reconoció el nombre.
Julián sacó una brújula y consultó el plano.
—La pared de la foto debería estar unos quinientos metros al norte, detrás de ese cambio de cota.
—¿Podemos llegar por monte público?
—Hasta cierto punto.
Irene dejó claro que no cruzarían ninguna valla. Daniel dejó claro que lo había oído. Clara dejó claro que no creía a ninguno de los dos.
Avanzaron por una senda que bordeaba el terreno. El bosque estaba seco en superficie, pero el aire cerca del río era húmedo y frío. Daniel caminaba detrás de Julián. A cada paso esperaba reconocer algo. No ocurrió.
La memoria no funcionaba como un plano.
Funcionaba como un animal asustado: aparecía cuando quería y se escondía cuando él la perseguía.
A los veinte minutos Julián levantó una mano.
—Ahí.
Entre los árboles apareció una pared de hormigón parcialmente cubierta de vegetación.
Tenía unos cuatro metros de altura. En el centro había una puerta metálica oxidada.
Encima, casi borrado por el musgo, un círculo rojo.
Daniel dejó de caminar. Era la fotografía.
No parecida. Era exactamente el lugar. Álex levantó la cámara.
Clara sacó la copia del sobre y la sostuvo frente al paisaje.
La inclinación del muro coincidía. También una grieta diagonal a la derecha de la puerta. Un haya había crecido más, pero su tronco nacía en el mismo punto.
—Aquí estábamos —dijo Daniel.
Irene no respondió.
Daniel se acercó hasta donde permitía la línea de propiedad. La puerta estaba al otro lado de una valla sencilla. No podía verla completa, pero distinguió una placa rectangular.
Tres golpes metálicos atravesaron su cabeza.
Clang.
Clang.
Clang.
Un niño golpeando algo desde el otro lado. Daniel dio un paso adelante. Clara lo agarró del brazo.
—No.
—Estoy bien.
—No he dicho que no estés bien. He dicho que no pases la valla.
Daniel se detuvo.
Julián comparaba la pared con el plano.
—La puerta da a una cámara de válvulas. Desde ahí se accedía a la galería de descarga.
—¿Qué profundidad?
—Depende del punto. Entre cinco y veinte metros bajo la ladera.
Irene fotografió la placa con zoom.
—Hay algo escrito.
Álex ajustó el objetivo y mostró la pantalla.
Bajo capas de óxido todavía se leía:
PELIGRO. ACCESO RESTRINGIDO. CONFEDERACIÓN / HIDROVALNERA.
El nombre le arañó por dentro.
—Hidrovalnera.
—Era la empresa explotadora —dijo Julián.
—No. Yo conozco esa palabra.
Apartó la vista.
Una linterna moviéndose por un pasillo. Un cartel blanco.
HIDROVALNERA.
Marcos riéndose.
—Como hidroavión, pero sin avión.
Samu respondiendo algo.
Daniel abrió los ojos de golpe.
—Entramos.
—¿Qué? —preguntó Irene.
—Entramos por esa puerta.
—¿Lo recuerdas?
—Recuerdo el cartel. A Marcos haciendo una broma con el nombre.
Álex bajó la cámara.
—Yo también.
—¿Qué recuerdas tú?
—Que no estaba cerrada —dijo Álex.
Julián señaló la parte inferior.
—Ahora sí. Soldada.
—¿Cuándo?
—No puedo saberlo.
Clara estaba observando el terreno, no la puerta.
—Hay huellas.
A unos metros de la valla, sobre barro seco, se veían marcas de neumáticos recientes. No eran de un turismo. Había pasado maquinaria pesada.
—Las obras todavía no han empezado —dijo Daniel.
—Oficialmente —respondió Irene.
Álex fotografió las marcas.
Un motor sonó detrás de ellos. Se volvieron.
Un todoterreno negro avanzaba por la pista interior. Se detuvo al otro lado de la valla. Bruno bajó. No parecía sorprendido.
—Os dije que lo dejarais.
—¿Cómo sabías que vendríamos aquí? —preguntó Daniel.
—Porque Marcos llevaba meses haciendo lo mismo. Y porque ayer alguien colgó la cara de ese niño en un foro del pueblo.
—Entonces sabías lo que investigaba.
Bruno se acercó hasta quedar a pocos metros.
—Sabía que estaba obsesionado.
—Con Samuel Arce.
El nombre hizo efecto. Muy pequeño, pero visible. Bruno miró a Clara.
—No metáis a una menor en esto.
—No cambies de tema —dijo Daniel—. ¿Conocías a Samuel?
—No.
—Mentira.
—No me acuerdo de él.
—No es lo mismo.
Bruno apretó la mandíbula.
—Estáis construyendo una historia con fotografías, recuerdos de niños y papeles de un hombre que acaba de suicidarse. Si Irene no estuviera aquí, ya habría llamado a seguridad.
—Puedes hacerlo —dijo Irene—. Estamos en suelo público.
—Y no vais a cruzar —dijo Bruno.
—No pensábamos hacerlo.
—Pensabais hacerlo.
Daniel casi sonrió.
—Parece que Clara no es la única que me conoce.
Bruno no devolvió la sonrisa.
—La central está inestable. Hay riesgo real de derrumbe. No es una metáfora. Si os metéis ahí, podéis morir.
—¿Por qué te importa tanto?
—Porque es mi terreno y mi responsabilidad.
—Tu padre cambió los mapas de búsqueda.
Bruno pareció verdaderamente sorprendido.
—¿Qué?
—V-3. Ningún equipo entró aquí durante la búsqueda. Marcos dejó escrito que Tomás aparecía en los partes sin figurar como voluntario.
—¿De verdad estás permitiendo esto? —preguntó Bruno.
—No necesito tu permiso para hacer preguntas.
—Mi padre tenía un cargo municipal. Claro que aparece en papeles.
Daniel dio un paso hacia la valla.
—¿Nos encontró aquí?
Bruno no respondió.
—¿Nos sacó de la central?
—No lo sé.
—¿Nos llevó a Valcerezo?
El silencio bastó como respuesta.
Bruno abrió la puerta del todoterreno.
—Tenéis once días para cansaros de esto antes de que empiecen las obras. Os recomiendo que los aprovechéis.
—¿Es una amenaza? —preguntó Irene.
—Es un calendario —dijo Bruno.
Subió al vehículo y se alejó.
Clara esperó a que desapareciera tras la curva.
—No ha preguntado quién es Samuel.
Daniel miró la central. No.
Bruno no había preguntado quién era Samuel porque ya lo sabía.