Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La zona blanca

La antigua Central de Valnera no figuraba como lugar peligroso en los mapas turísticos. No figuraba de ninguna manera.

Según Julián Serra, aquello no significaba nada.

Se reunieron en su estudio de arquitectura a primera hora del miércoles.

Daniel no lo había visto desde el funeral.

Julián había aceptado acudir solo después de que Irene le enviara una fotografía del mapa de Marcos y otra de la habitación de Valcerezo.

Su estudio ocupaba un antiguo taller mecánico rehabilitado, con paredes de ladrillo visto y maquetas de edificios en estanterías blancas. El orden era casi agresivo.

Julián desplegó sobre una mesa tres planos impresos a gran formato.

—Esto es lo que existe en Catastro. Esto, lo que consta en Patrimonio Industrial. Y esto es una copia de un proyecto de clausura de 1987 que he conseguido en el colegio profesional.

Julián colocó una lámina transparente sobre el plano más antiguo y empezó a marcar puntos con un rotulador fino. La transformación que realizó en menos de cinco minutos hizo que Daniel entendiera por qué aquel hombre se había ganado la vida leyendo edificios que los demás solo miraban.

—La central no es un edificio —dijo Julián—.

Es un sistema. La nave que se ve desde fuera es la parte menos importante.

Hay captación, tubería forzada, cámaras de válvulas, aliviaderos, drenajes y galerías de inspección.

Si un plano actual elimina dos trazos, el lugar parece pequeño.

Si recuperas lo que había en 1986, tienes casi dos kilómetros de huecos bajo la ladera.

Clara acercó la silla.

—¿Y dónde estaríais vosotros?

—No lo sé. Todavía.

Julián señaló el río.

—Pero sé algo que no me gusta. El proyecto de clausura dice que se soldaron tres accesos y se rellenó con hormigón el conducto de servicio norte. En el plano de Marcos ese conducto sigue abierto en 1998.

Irene comparó ambos documentos.

—¿Puede ser un error de dibujo?

—Puede. También puede ser una certificación falsa. El acta final de obra afirma que se ejecutó todo. Si no se hizo, alguien cobró por cerrar un lugar que seguía siendo accesible.

Daniel observó las líneas. Cuanto más detallado era el plano, menos se parecía a un recuerdo y más a un organismo. El río entraba, se dividía, desaparecía bajo la roca y volvía a salir. Sintió una presión detrás de los ojos.

—Había flechas pintadas —dijo.

Julián dejó el rotulador.

—¿Dónde?

—En las paredes. Rojas. O naranjas. No sé. Una apuntaba hacia abajo.

—Las galerías industriales se señalizan así. No prueba nada.

—Lo sé.

Julián levantó una esquina de la transparencia y volvió a bajarla.

—Yo recuerdo números.

Todos lo miraron.

—¿Qué números?

—C-cuatro. O G-cuatro. Durante años pensé que era una matrícula o algo que había leído después. Marcos me preguntó por ello en enero y le dije que no recordaba nada.

—¿Por qué? —preguntó Daniel.

Julián tardó en contestar.

—Porque soy arquitecto. Me paso la vida diciéndole a clientes que una estructura no se sostiene porque deseen que se sostenga. Y, sin embargo, llevo veintiocho años tratando mis propios recuerdos como si bastara con no cargarlos para que no cedieran.

Clara sonrió apenas.

—Eso también es bastante arquitecto.

—C-cuatro aparece aquí —dijo Julián.

Marcó una cámara lateral situada después de un estrechamiento. La anotación era diminuta: C-4 / control compuerta secundaria.

Un golpe de frío le recorrió la espalda.

—Compuerta.

—Sí.

Julián amplió una copia digital en la pantalla. La cámara tenía dos accesos: uno principal desde la galería y otro conducto de mantenimiento de apenas cincuenta centímetros de diámetro.

—Por aquí no pasa un adulto —dijo Clara.

—Ni la mayoría de los adolescentes —respondió Julián.

Daniel no quiso mirar a nadie. Aún no conocían el papel de Samuel. Solo sabían que era el más pequeño en algunas fotografías. La asociación apareció sola y todos parecieron verla.

Irene rompió el silencio.

—No construyamos la conclusión antes de tener hechos.

—Gracias —dijo Daniel.

—No intentaba protegerte —dijo Irene—. Intentaba que no contamináramos lo poco que recordamos.

Julián abrió otro documento: una memoria de incidencias fechada en febrero de 1988. Hablaba de filtraciones, deformación de una compuerta y corrosión de elementos de accionamiento. El informe recomendaba inspecciones anuales pese a la clausura.

—No hay ninguna inspección archivada después de 1992 —dijo.

—¿Porque no se hicieron? —preguntó Clara.

—O porque no están donde deberían.

Julián se levantó y fue hasta una estantería. Sacó una carpeta propia, no del colegio profesional. Dentro había fotografías actuales de la ladera tomadas por él tres meses antes.

—Marcos me pidió que fuera a Valnera en mayo.

—Dijiste que apenas hablaste con él —dijo Daniel.

—Dije que no sabía lo que investigaba. Eso era verdad al principio. Me mandó unas coordenadas y me pidió que fotografiara fisuras, drenajes y accesos porque la empresa había presentado un proyecto de demolición. Pensé que estaba preparando un artículo sobre patrimonio industrial.

—¿Y después?

—Después me preguntó si un niño de once años podría atravesar un conducto de cincuenta centímetros. Le dije que dependía del niño. —Julián tragó saliva—. No pregunté por qué.

La rabia apareció y se extinguió en el mismo instante. Él mismo había pasado décadas sin preguntar.

Julián extendió las fotografías. En una se veía una puerta metálica bajo vegetación. En otra, una rejilla cubierta de barro. Una tercera mostraba un muro con un círculo rojo desvaído.

Daniel acercó la imagen.

Era el círculo de la fotografía recibida en su casa.

—Ese sitio.

—Acceso oeste —dijo Julián—. Marcos insistió en que fotografiara la marca.

—¿Entraste?

—No. La puerta estaba soldada y había cámaras nuevas. Además, no soy idiota.

—Has venido con nosotros a buscar una central abandonada relacionada con una desaparición de hace veintiocho años —dijo Clara.

—He dicho que no soy idiota. No que sea coherente.

Daniel recordó a Julián con once años riéndose.

No una escena importante: un recreo, una pelota atrapada en un tejado, Samuel diciéndole que podía recuperarla con dos palos y una cuerda.

Julián se reía porque el invento era absurdo.

Samuel respondía que todos los inventos eran absurdos hasta que funcionaban.

La memoria llegó y se fue sin dolor. Daniel se sorprendió de aquello. No todo recuerdo de Samuel tenía que ser una herida.

Julián volvió al mapa de búsqueda de 1998.

—Ahora mirad esto. Los sectores se asignaron siguiendo caminos de acceso. V-1, V-2, V-4 y V-5 tienen rutas dibujadas. V-3, que incluye Valnera, aparece tachado por «riesgo desprendimiento».

—¿Había desprendimiento? —preguntó Irene.

—He buscado meteorología, informes de carreteras y partes de Protección Civil. Hubo tormenta, sí. No encuentro constancia de un desprendimiento que inutilizara la pista durante cuarenta y ocho horas. Al contrario: una brigada municipal pasó por aquí el catorce para revisar una conducción.

Clara señaló la contradicción.

—Entonces alguien podía entrar, pero los equipos de búsqueda no.

—Eso parece.

Irene tomó una fotografía del documento.

—Necesito saber quién firmó la exclusión.

Julián señaló unas iniciales casi borradas: T.V.

Daniel no necesitó que nadie pronunciara el nombre.

Tomás Varela.

Julián recogió los planos, pero dejó fuera la fotografía del círculo rojo.

—Quiero ir allí.

—Hoy no —dijo Irene.

—Hoy sí. Si esperamos a una autorización para mirar desde una pista pública, Bruno tendrá tiempo de saber que estamos preguntando.

—Probablemente ya lo sabe.

Daniel se levantó.

—Entonces que nos vea.

Clara se inclinó sobre los dibujos.

—No coinciden.

—No —dijo Julián.

Daniel señaló una línea que desaparecía en un plano y continuaba en otro.

—¿Qué es?

—Una galería de descarga. El agua se desviaba desde una cámara superior hasta las turbinas y luego salía por aquí.

—Julián siguió el trazado con un lápiz—.

Cuando cerraron, la galería debía haberse cegado en dos puntos.

En el proyecto pone que se hizo. Pero en los planos de obra no aparece uno de los tapones.

—¿Eso permite entrar?

—Permitir es una palabra generosa. Puede quedar un conducto de mantenimiento, una puerta de servicio, una grieta. O puede estar completamente colapsado. Han pasado casi cuarenta años.

Irene dejó sobre la mesa el mapa de Marcos.

—¿Y V-3?

Julián comparó coordenadas.

—Es esto.

Marcó con el lápiz un rectángulo alrededor de la entrada superior de la antigua conducción.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—La pared de la fotografía.

—Posiblemente.

—¿Posiblemente?

Julián levantó la vista.

—No voy a decirte que una pared de hormigón con musgo es esa pared porque quieras que lo sea.

Daniel asintió. Era la segunda vez en tres días que agradecía que alguien no se dejara arrastrar por su necesidad.

—Bien. ¿Qué podemos saber?

—Podemos ir al lugar desde fuera. Comparar la geometría, el entorno, el tipo de hormigón. Sin entrar.

Clara señaló otro documento.

—¿Quién es el propietario ahora?

Julián miró a Irene. Ella ya lo sabía.

—Valnera Desarrollo, S.A.

Daniel no necesitó preguntar.

—Bruno.

—La sociedad pertenece al grupo de su familia —dijo Irene—. Compraron los terrenos en 2011 como parte de una cartera de suelo industrial.

—¿Y qué quieren hacer allí?

—Un parque de almacenamiento energético. Baterías, subestación y recuperación ambiental de la ribera.

Clara arqueó una ceja.

—Recuperación ambiental.

Irene ignoró el tono.

—El proyecto tiene licencia preliminar. Las obras de demolición y sellado de estructuras empiezan el mes que viene.

Julián corrigió:

—Según la documentación, empiezan el día siete.

Era veintiséis de agosto.

Daniel miró el calendario de pared. Once días.

—¿Sellado de qué estructuras?

Julián deslizó una hoja.

—Entre otras, de las galerías antiguas.

Durante unos segundos solo se oyó el zumbido del aire acondicionado.

—Marcos lo sabía —dijo Clara.

Irene asintió.

—Y por eso empezó a correr.