Los que volvieron el domingo Debajo, Marcos había escrito
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Debajo, Marcos había escrito

T.V. aparece en los partes, pero no como voluntario.

Raquel abrió un cajón.

—La policía miró todo esto.

—Buscaban una explicación para su muerte —dijo Irene—. No necesariamente para una desaparición de hace veintiocho años.

Daniel encontró una grabadora digital antigua conectada al ordenador. La pantalla estaba apagada. Raquel señaló un cargador.

—Eso lo usaba para entrevistas.

Lo conectaron. Había decenas de archivos numerados por fecha. Enero, febrero, marzo de 2026. Marcos había entrevistado a antiguos voluntarios, un agente jubilado, dos trabajadores de la compañía hidroeléctrica y a una mujer cuyo nombre Daniel reconoció al instante.

AMALIA CIFUENTES

—La profesora —dijo.

Irene anotó el número del archivo.

—No lo reproduzcamos aquí todavía. Copiaremos todo y lo entregaremos también a la Guardia Civil.

Irene dejó la carpeta sobre la mesa.

—Y desde este momento yo no actúo como fiscal. Soy testigo y posible perjudicada. He avisado a la Fiscalía Provincial. Si esto se convierte en diligencias penales, lo llevará otra persona. Puedo explicaros qué significa un documento, pero no pedir órdenes ni utilizar mi cargo para conseguirlo.

—No pareces feliz —dijo Daniel.

—No lo estoy. Precisamente por eso existen las reglas.

Daniel abrió otro directorio. Una carpeta se llamaba SAMU. Se quedó quieto. Irene lo vio.

—Ábrela.

Había cuatro archivos. Dos fotografías borrosas de periódicos, un documento escaneado y un audio. Daniel abrió el documento.

Era una denuncia por desaparición presentada el 14 de agosto de 1998. Nombre: SAMUEL ARCE GONZÁLEZ. Edad: once años.

Domicilio: Calle del Molino, 17, San Román. Denunciante: Elena Arce González, madre.

Daniel leyó el nombre varias veces. Samuel. Samu.

El niño de la fotografía dejó de ser una figura sin lugar en el mundo. Tenía dos apellidos. Una dirección. Una madre que había ido a una comisaría mientras el pueblo buscaba a siete niños.

—Mira la observación —dijo Irene.

Al final del formulario, alguien había añadido a mano:

Menor con antecedentes de ausencias breves. Posible traslado con padre. No relacionado con dispositivo Sierra Valnera.

—¿Tenía antecedentes de fugas? —preguntó Daniel.

—Eso es lo que pone.

—Tiene once años.

—Once años también pueden escaparse.

—¿Y lo del padre?

Irene amplió el escaneo.

—No hay nombre ni teléfono del padre en la denuncia.

Daniel miró la fecha: 14 de agosto. Al día siguiente de la excursión.

—Alguien decidió expresamente que no estaba relacionado con nosotros.

—Sí.

—Mientras estábamos desaparecidos.

—Sí.

Raquel se sentó en la silla de Marcos.

—¿Mi hermano sabía todo esto?

Irene no endulzó la respuesta.

—Lo estaba descubriendo.

Daniel reprodujo el audio antes de que ella pudiera detenerlo.

Primero hubo ruido de calle. Después la voz de Marcos, más cansada de lo que Daniel recordaba.

—Diga su nombre, por favor.

Una mujer respondió:

—Elena Arce.

Daniel detuvo la grabación.

—Está viva.

—Eso parece —dijo Irene.

—Habló con ella.

Raquel se tapó la boca. Daniel volvió a reproducir.

—¿Cuándo vio a su hijo por última vez?

—La mañana del trece de agosto de 1998.

—¿Sabía que iba a la salida del programa de verano?

Silencio.

—Sí.

Marcos tardó en formular la siguiente pregunta.

—¿Se lo dijo a la policía?

—Se lo dije a todo el que quiso escucharme y a bastantes que no quisieron.

—¿Y qué le respondieron?

La voz de Elena se endureció.

—Que Samuel no figuraba en la lista. Que la profesora decía que no había subido al autobús. Que nadie de los siete lo había mencionado al volver.

Daniel cerró los ojos.

—¿Usted creyó que estaba con ellos?

—Yo no lo creí. Yo lo sabía.

—¿Cómo?

—Porque lo acompañé hasta la parada.

La habitación pareció inclinarse.

Marcos respiró al otro lado del archivo.

—¿Vio subir a Samuel?

—Lo vi subir. Y vi a Amalia hacerle sitio.

—¿Por qué no figuraba en la lista?

—Porque no tenía autorización para esa salida. Yo trabajaba. Le pedí a Amalia que me hiciera el favor. Me dijo que era una actividad de día del programa de verano, que estaría con el mismo grupo de siempre y que volverían antes de cenar.

Daniel abrió los ojos. Irene se había quedado inmóvil. Elena continuó:

—Cuando desaparecieron, fui al colegio. Amalia no quiso verme. Cuando por fin habló conmigo me dijo que Samuel no había ido. Me lo dijo mirándome a los ojos.

—¿Por qué habría hecho eso?

—Pregúnteselo a ella.

Marcos guardó silencio.

—Señora Arce, necesito preguntarle algo difícil. ¿Vio a Samuel en alguna imagen de la excursión?

—No dejaron ninguna.

—¿Qué quiere decir?

—Había fotos. Las vi antes. Después desaparecieron.

—¿Quién las hizo?

—Amalia. Siempre llevaba una cámara.

Daniel miró la funda vacía de negativos que habían encontrado en la caja. La grabación continuó.

—¿Por qué habla conmigo ahora?

Elena tardó mucho en responder.

—Porque usted me ha dicho que estaba allí.

—No lo recuerdo.

—Pero ha venido a buscarme.

—Sí.

—Entonces algo recuerda.

Se oyó una silla moverse.

—Señora Arce...

—No me llame señora Arce. Me llamo Elena. Si va a preguntarme por mi hijo veintiocho años tarde, por lo menos utilice mi nombre.

Marcos inspiró.

—Elena. ¿Qué cree que le ocurrió a Samuel?

La respuesta llegó sin temblor.

—Creo que volvió con ustedes hasta algún sitio. Y después alguien decidió que era más fácil devolver siete niños que explicar por qué había ocho.

El audio terminaba ahí.

Daniel retiró la mano del ratón. Raquel lloraba en silencio. Irene miraba la pared.

YA SE HA ACORDADO DE NOSOTROS.

—No era una amenaza —dijo Daniel.

—No lo sabemos.

—Marcos llevaba meses buscando a Samuel.

—Eso sí lo sabemos.

—¿Y si se acordó?

—¿De todo? —preguntó Irene.

Daniel pensó en el funeral, en la frase de Raquel: las historias que se olvidan no desaparecen.

—Lo suficiente.

Raquel se sentó frente al ordenador de su hermano y abrió una carpeta que la policía había catalogado como material personal. Contenía grabaciones sin editar. No eran entrevistas; Marcos hablaba solo mientras conducía, como había hecho durante años para no olvidar ideas antes de llegar a casa.

El primer archivo se llamaba NOTA 12 MARZO .

—Hoy he pasado por la carretera —decía su voz—.

No he recordado nada espectacular. Eso casi me ha tranquilizado.

La memoria de verdad probablemente sea menos cinematográfica de lo que llevo esperando media vida.

He recordado que Álex se quejaba de una piedra en la zapatilla.

He recordado que Irene llevaba una goma del pelo en la muñeca.

Y he recordado que éramos ocho cuando alguien dijo que nos cogiéramos de la mano.

Marcos guardaba silencio durante unos segundos. Se oían intermitentes y un camión adelantando.

—El problema es que no sé si lo recuerdo porque vi la foto hace dos meses. Así que no sirve. La sensación sirve para mí, pero no para nadie más. Si quiero hacer esto bien tengo que conseguir algo que siga siendo cierto aunque yo esté equivocado.

Irene cruzó los brazos.

—Eso explica la libreta.

Daniel no respondió. La frase de Marcos era exactamente la disciplina que estaban intentando aplicar ahora.

En otra nota, de abril, Marcos hablaba después de entrevistar a un voluntario de la búsqueda.

—Me ha dicho que la noche del quince recibieron la orden de mover dos grupos desde Valnera al barranco del Este.

Dice que entonces le pareció normal porque buscaban niños y las órdenes cambiaban.

Veintiocho años después le pregunto quién la dio y contesta que un concejal.

Le enseño una foto de Tomás y dice que cree que era él.

«Cree» no es «era». Apuntarlo así. No arreglar la frase porque quede mejor.

Raquel se frotó la frente.

—Hablaba así hasta cuando hacía la lista de la compra.

—No —dijo Daniel—. En el instituto copiaba los deberes y luego defendía que la fuente primaria era Teresa.

Raquel sonrió con lágrimas en los ojos.

—Eso sí es mi hermano.

El tercer audio estaba fechado una semana antes de su muerte. La voz de Marcos sonaba agotada.

—Hoy he vuelto a ver a Elena. No me ha perdonado.

Por suerte. Creo que si lo hiciera me daría una excusa para parar.

Me ha dicho que no quiere un culpable conveniente, quiere a Samuel.

Le he contestado que quizá solo pueda darle una explicación.

Me ha dicho que una explicación sin cuerpo es otra historia que los vivos cuentan para quedarse tranquilos.

Se oía una respiración larga.

—No sé cuánto de esto hago por él y cuánto por mí. Tengo que aceptar que las dos cosas pueden estar mezcladas. Lo importante es que el trabajo no dependa de que mis motivos sean puros. Nadie tiene motivos puros durante tanto tiempo.

—¿Sabía que iba a morir? —preguntó Daniel.

—Todavía no podemos inferir eso.

Raquel avanzó hasta el final del archivo. Marcos añadió:

—He preparado copias. Si me acobardo, que lleguen igual. Si me pasa algo, que lleguen igual. Si dentro de un mes decido que todo esto es una fantasía y quiero quemarlo, que no pueda hacerlo solo. Estoy cansado de que un hombre asustado pueda decidir qué verdad existe para los demás.

La grabación terminó con el clic del intermitente. Durante un rato nadie habló.

Daniel entendió entonces que los sobres vacíos no eran necesariamente una señal de que alguien hubiera llegado antes.

Marcos podía haber sacado el contenido él mismo para ponerlo en circulación.

Eso reducía una explicación amenazadora y abría otra igual de inquietante: su amigo había construido un mecanismo para impedirse abandonar la investigación.

—Busquemos los envíos —dijo Irene—. Correos, mensajería, consignas, cualquier servicio programado. Si preparó copias, tuvo que sacarlas de aquí.

Raquel abrió el historial de su correo. Había confirmaciones de almacenamiento cifrado, dos envíos certificados y un servicio de entrega diferida contratado a finales de julio. La cuenta exigía una clave que no tenían.

—La policía podrá pedirla —dijo Irene.

Daniel observó la fecha.

—Marcos llevaba semanas asegurándose de que esto siguiera sin él.

Raquel pasó la mano por la mesa.

—Eso no significa que quisiera morir.

—No.

Daniel se obligó a no llenar el hueco. Era tentador convertir cada previsión en una despedida. También sería injusto. La gente que teme venirse abajo deja instrucciones sin desear necesariamente el final.

En la papelera de reciclaje del ordenador había un documento titulado NO PUBLICAR TODAVÍA . Raquel lo restauró. Era el borrador de un artículo. La primera línea decía:

En 1998 San Román perdió a un niño dos veces: primero bajo una montaña y después dentro de una versión oficial.

Marcos evitaba las acusaciones cerradas. Había dejado espacios con etiquetas: [CONFIRMAR], [SEGUNDA FUENTE], [DOCUMENTO]. En el párrafo sobre Tomás, la frase más dura estaba marcada en rojo y acompañada de una nota para sí mismo:

No escribir «ocultó un cadáver» si no sabemos que sabía dónde estaba. La rabia no es una fuente.