CAPÍTULO 5
La casa
El nombre de la casa apareció en un documento que nadie había pensado en mirar durante veintiocho años.
No estaba en un informe policial ni en un parte de búsqueda. Era una factura de gasóleo.
—Eso te está doliendo físicamente —dijo Daniel.
—Muchísimo. Sigue pasando páginas.
A las cuatro y doce apareció la factura.
15/08/1998. 80 L GASÓLEO. C. FORESTAL VALCEREZO.
Daniel leyó dos veces el nombre.
—¿Valcerezo?
Irene levantó la cabeza.
—La zona me suena. Pista vieja de incendios, hacia el barranco.
Clara ya estaba buscando el inventario patrimonial del ayuntamiento.
Encontró una ficha de 2009 con dos fotografías: fachada de piedra, tejado rojo, tres ventanas en la planta superior.
En la segunda imagen se veía una habitación vacía durante unas obras de mantenimiento.
Dos camas de hierro aparecían apoyadas contra una pared.
La textura de una manta regresó a las piernas de Daniel.
No vio una escena completa. Sintió lana áspera, una luz vertical y el peso de un vaso de plástico entre las manos.
—Puede ser esa —dijo.
Irene no le permitió avanzar un milímetro más.
—Puede.
—Sé lo que vas a decir.
—Entonces ahórrame el trabajo y dilo tú.
Daniel volvió a mirar la fotografía.
—Una casa parecida no demuestra que estuviéramos allí.
—Mejor.
Clara amplió la ficha. La contraventana central estaba ligeramente vencida hacia un lado.
Daniel recordó una línea de claridad en una habitación oscura, pero no dijo nada hasta haberla escrito en una hoja aparte.
Irene hizo lo mismo con sus propios recuerdos.
Cuando compararon, ella había anotado «persiana o contraventana que no cierra» y Daniel «franja de luz vertical».
No era una prueba. Tampoco era nada.
Pidieron el expediente completo del inmueble.
Había reparaciones, entregas de leña, inspecciones de chimenea y periodos de cierre.
El quince de agosto de 1998 constaba un «uso extraordinario por coordinación de emergencia», sin especificar qué emergencia.
La anotación estaba firmada únicamente con dos iniciales: T. V.
Tomás Varela.
—Eso sí es un hecho —dijo Clara.
—Es un hecho que alguien anotó esas iniciales —corrigió Irene—. Todavía no sabemos quién ni cuándo.
Clara la miró.
—Cuando sea mayor quiero ser exactamente lo contrario a ti.
—Es un objetivo saludable.
La casa quedaba a nueve kilómetros de San Román.
Daniel quiso ir en ese momento. Irene llamó antes al ayuntamiento.
La respuesta fue menos emocionante: Valcerezo estaba cerrada por riesgo de desprendimientos interiores; la llave la custodiaba mantenimiento municipal y no permitirían el acceso sin autorización del responsable de patrimonio.
Álex aceptó encontrarse con ellos junto al inicio de la pista. Había cambiado de opinión desde el funeral, aunque no explicó por qué. Llevaba la cámara al hombro y un cansancio que parecía anterior a aquella semana.
—He soñado con una casa desde que vi la foto de Irene —dijo.
—¿Esta? —preguntó Daniel.
—Si me la enseñas antes de verla, luego nunca sabré qué parte recordé y qué parte me metiste tú en la cabeza.
Irene lo miró con una aprobación que Álex pareció considerar ofensiva.
Dejaron el coche donde terminaba el tramo asfaltado y caminaron hasta la verja. La casa aparecía entre hayas, a unos cincuenta metros. Una cadena municipal cerraba el acceso. El cartel de peligro era reciente.
Nadie intentó cortarla.
Daniel agradeció no saber si aquello era prudencia o aprendizaje.
Desde la verja la fachada coincidía con la ficha. Tres ventanas arriba. Chimenea baja. Un porche lateral casi oculto por la vegetación. Álex se quedó inmóvil.
—La ventana del centro.
—¿Qué tiene? —preguntó Irene.
—No lo sé. Me molesta.
Daniel entendió exactamente la respuesta. A él también.
Sacó la hoja donde había anotado su recuerdo antes de ir. «Franja de luz vertical». Irene guardó los papeles sin compararlos todavía. Clara caminó unos metros por el límite de la finca, sin cruzarlo, hasta encontrar un ángulo desde el que se veía el costado de la casa.
—Hay una pista detrás.
Julián no estaba con ellos, pero el mapa del móvil mostraba un camino forestal que descendía hacia el valle y enlazaba, varios kilómetros más arriba, con los antiguos terrenos de Valnera.
El nombre todavía no significaba suficiente.
Álex levantó la cámara y fotografió la fachada. Después la bajó.
—Aquí fumaba alguien.
Daniel se volvió.
—¿Lo recuerdas?
—Recuerdo humo entrando por debajo de una puerta. Puede ser otra casa. Mi padre fumaba antes. Puede ser cualquier cosa.
Era la primera vez que uno de ellos se defendía de su propia memoria antes de que Irene tuviera que hacerlo.
Clara se acercó a la verja. Había una ventana baja con un cristal sucio. Desde fuera solo se distinguían sombras, una mesa tumbada y el borde de un armario.
—No vais a entrar —dijo Irene.
—Nadie ha dicho que vayamos a entrar.
—Daniel lo ha pensado tres veces desde que hemos llegado.
—Dos.
—Tres.
El móvil de Irene sonó. Era el funcionario del archivo.
Había encontrado una segunda referencia en las cuentas del mismo día: una orden para encender la calefacción y revisar el depósito de agua de Valcerezo «por posible uso nocturno».
La orden se emitió mientras, oficialmente, los siete niños seguían desaparecidos.
Daniel volvió a mirar la casa.
La memoria le entregó unas manos que no podía identificar. Uñas pintadas de rosa claro. Una toalla áspera. Agua tibia cayéndole sobre el pelo.
Y una voz:
—Quieto. Mañana ya estarás con tu madre.
El fragmento desapareció tan rápido que tuvo que apoyarse en la verja.
Clara no preguntó qué había visto. Esperó.
—Una mujer me lavaba el pelo —dijo Daniel cuando pudo—. Aquí o en un sitio que se parece a este. Confianza baja.
Álex respiró hondo.
—Yo recuerdo que me cortaron las uñas.
Irene sacó otra hoja.
—Escríbelo antes de explicarlo.
Álex obedeció.
No obtuvieron una llave aquella tarde. Tampoco una certeza. Cuando regresaron hacia los coches, Daniel se volvió una vez. Las tres ventanas seguían oscuras.
Durante toda su vida había contado que, después de perderse en la sierra, encontraron algún cobertizo donde pasar parte de la noche. Nunca había podido describirlo. Ahora existía una casa municipal preparada para un uso nocturno el mismo sábado en que el país seguía buscándolos.
No demostraba que hubieran dormido allí.
Pero por primera vez la pregunta correcta no era dónde se habían refugiado.
Era quién había preparado un refugio para siete niños que, según la versión oficial, todavía no habían sido encontrados.