Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Tomás tenía cincuenta y pocos años entonces, pelo negro, hombros anchos y la misma mandíbula de Bruno. Llevaba una camisa de cuadros limpia. Ningún barro. Ninguna urgencia.

—Cinco y veinte —repitió Clara.

—¿Qué pasa con la hora? —preguntó Leire.

—En la noticia de la hemeroteca dice que la alerta de que los habían visto entró a las seis menos diez.

—Cuarenta minutos después —dijo Irene.

—Podía no haber cobertura.

—Podía —admitió Clara.

Leire cambió de cinta.

La imagen saltó al exterior. Los siete acababan de llegar. Periodistas y vecinos se amontonaban detrás de una valla. Un hombre gritó a los cámaras que se apartaran. Daniel niño apareció entre dos adultos. La voz de una reportera:

—Daniel, Daniel, ¿dónde habéis estado?

El niño miró hacia la cámara.

Daniel adulto sintió el mismo frío en los dedos que la noche de la fotografía.

—No estuvimos perdidos.

La cinta había conservado su voz mejor que su memoria. Era más aguda de lo que esperaba. No sonaba confundido. Sonaba molesto. La reportera se agachó.

—¿Cómo que no estuvisteis perdidos?

El niño giró la cabeza hacia alguien situado fuera de plano.

—Daniel —dijo una voz masculina.

El niño volvió a mirar a la periodista.

—Estábamos...

Un brazo entró en cuadro y lo apartó.

La imagen siguió a otro niño.

—Retrocede —dijo Daniel.

Leire lo hizo.

—Otra vez.

—Daniel, ¿dónde habéis estado?

—No estuvimos perdidos.

—¿Cómo que no estuvisteis perdidos?

El niño miraba fuera de plano.

—Daniel.

—Estábamos...

El brazo.

—Para.

Leire congeló la imagen.

Solo se veía una manga gris y una mano sobre el hombro de Daniel niño.

Irene se acercó tanto a la pantalla que casi la tocó.

—Conozco esa chaqueta.

—¿De quién?

Irene no respondió inmediatamente.

—De Tomás.

—No puedes saberlo por una manga —dijo Daniel.

—En el vídeo anterior la llevaba.

Leire volvió a la entrevista. Tomás, frente al polideportivo, vestía una chaqueta ligera gris a pesar del calor.

—Puede ser cualquiera —dijo Daniel, aunque cada vez le resultaba más difícil creer sus propias alternativas.

Clara señaló un detalle.

—El reloj.

En la muñeca del brazo que apartaba a Daniel se veía una correa metálica ancha. En la entrevista, Tomás llevaba un reloj idéntico.

Una punzada le cruzó la sien.

—Ponlo otra vez.

Escucharon la frase cinco veces.

En la quinta, Daniel oyó algo que los demás no habían mencionado.

Después de «estábamos», justo antes de que el brazo lo apartara, su boca formaba una consonante.

—¿Puedes ralentizarlo?

Leire ajustó la velocidad. Es-tá-ba-mos...

Los labios se cerraban y volvían a abrirse.

—¿Qué ibas a decir? —preguntó Clara.

Daniel cerró los ojos. Una cama. Una ventana cubierta. El olor de sopa caliente. Alguien caminando en el pasillo.

—En una casa —dijo.

—¿Lo recuerdas? —preguntó Irene.

—No exactamente.

—Eso es bastante exactamente.

Daniel abrió los ojos.

—Recuerdo haber dormido.

—Todos dormimos durante esos días.

—En una cama.

Leire dejó de tocar los controles. Clara se quedó quieta.

—¿Una cama de verdad?

Daniel asintió lentamente.

—Sábanas blancas. Una manta áspera. Había una ventana, pero las contraventanas estaban cerradas.

Irene perdió color.

—Mi fotografía.

Sacó el móvil. Buscó y mostró la imagen que había recibido antes del funeral: una habitación vacía, dos camas de hierro, una palangana esmaltada sobre una silla. La luz entraba por una rendija vertical.

Daniel no la había visto con detalle hasta entonces. El estómago se le contrajo.

—Estuve ahí.

—¿Seguro?

—No sé cómo, pero sí.

Clara amplió la fotografía con dos dedos.

En la pared, junto a la cabecera de una cama, había una marca oscura. Una mancha circular.

Daniel vio una mano adulta pasando un paño por su nuca. Agua tibia. Una toalla.

—Nos lavaron —dijo.

Nadie respondió.

—Por eso estábamos limpios al volver.

Irene guardó el teléfono.

—Si esto es real, alguien nos encontró antes de que apareciéramos en la carretera.

—Tomás —dijo Clara.

Daniel recordó la manga gris.

Leire se sentó frente a ellos.

—Hay una cosa que deberíais ver.

Buscó en el inventario de cintas.

—Marcos pidió una grabación que no estaba en el catálogo general. Un bruto de cámara. No salió en televisión.

Tardó diez minutos en localizarla.

La secuencia mostraba el lateral del polideportivo, detrás de unas ambulancias. La cámara parecía haberse quedado grabando mientras el operador hablaba con alguien. No había encuadre. Solo piernas, ruedas, asfalto.

Entonces se oyó una voz infantil.

—¿Y él?

Otra voz, adulta:

—Ahora no.

—Pero él sigue...

Un golpe. La imagen se movió.

—He dicho que ahora no.

Daniel dejó de respirar.

La voz del niño era Marcos. Lo reconoció de inmediato. Después se oyó llorar.

—Tenemos que decirlo.

Una mujer dijo algo incomprensible. Marcos insistió:

—Su madre no sabe dónde está.

La cinta terminó con una franja negra. Nadie habló durante varios segundos. Clara fue la primera.

—Así que sí sabíais que faltaba alguien.

—Al menos Marcos —dijo Daniel.

Irene negó lentamente.

—No. Si Marcos lo sabía, nosotros también.

—No necesariamente.

—Éramos siete niños juntos, Daniel. No puedes perder a uno y que solo uno lo note.

La crueldad de la frase estaba en su lógica.

Leire rebobinó un poco y señaló una hoja pegada a la caja de la cinta. Un parte de rodaje. La hora: 18:23. El regreso oficial se había comunicado a las 17:48.

Treinta y cinco minutos después de aparecer, Marcos seguía intentando hablar de un niño cuya existencia no figuraba en ninguna noticia.

—¿Quién es la mujer? —preguntó Clara.

Leire subió el volumen. La voz seguía deformada por el ruido ambiente. Daniel cerró los ojos. No reconoció la voz. Pero recordó unas manos. Dedos largos.

Uñas pintadas de un rosa muy claro.

Una pastilla blanca colocada en su palma.

—Toma esto. Te ayudará a dormir.

Daniel abrió los ojos.

—Había una mujer en la casa.

—¿Quién? —preguntó Irene.

—No lo sé.

—¿Qué hizo?

—Nos cuidó.

—¿O os preparó? —preguntó Clara.

La palabra quedó flotando. Preparó.

Daniel pensó en los cordones distintos. El pelo lavado. La camiseta limpia. Los niños caminando hacia la carretera. No habían regresado.

Los habían colocado en el lugar desde el que debían regresar.