Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

No estuvimos perdidos

—¿Por la muerte de Marcos? —preguntó Leire.

Irene respondió con una precisión jurídica que no significaba sí ni no.

—Por una cuestión relacionada.

—Te recuerdo —dijo Leire.

Leire apoyó una mano en el marco de la puerta antes de conducirlos hacia las estanterías. Durante unos segundos pareció debatirse entre la cortesía y algo que llevaba mucho tiempo guardado.

—A vosotros os recuerda mucha gente de aquí —dijo—. Ese fue parte del problema.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué problema?

—Que dejasteis de ser niños demasiado pronto. Os convertisteis en una historia. Y una historia necesita que las cosas encajen.

Irene alzó la vista.

—¿Qué recuerdas de aquellos días?

Leire miró las cajas apiladas. La pregunta parecía haber abierto una puerta que no tenía relación con las cintas.

—Recuerdo a los redactores durmiendo sobre las mesas.

Recuerdo a madres llamando cada media hora para ofrecerse a cocinar para los voluntarios y a gente que venía desde cien kilómetros porque alguien había dicho en la radio que faltaban manos.

Recuerdo también otra cosa: el domingo, antes de que aparecierais, ya había periodistas preparando piezas sobre cómo podía terminar aquello si no os encontraban vivos.

Cuando llegó la llamada, todo cambió en diez minutos.

Ya no había siete niños desaparecidos. Había un milagro.

Clara dejó de mirar el móvil.

—¿Tan rápido?

—Más. El titular estaba escrito antes de que os viera un médico.

«Final feliz». «El milagro de San Román».

«Los siete vuelven a casa». Siete era perfecto: era el número oficial, el número repetido durante cuatro días y el número que cabía en un titular.

Cuando alguien preguntaba por contradicciones, la respuesta era siempre la misma: estaban en shock.

Daniel pensó en la facilidad con que una palabra podía cerrar una conversación. Shock. Trauma. Confusión. Palabras médicas convertidas en cerrojos.

—¿Hubo contradicciones? —preguntó Irene.

Leire asintió.

—Más de las que salieron publicadas. Un cámara juraba que uno de vosotros había preguntado por alguien que faltaba.

Una reportera dijo que Daniel había insistido en que no habíais estado perdidos.

Un fotógrafo comentó que algunos llevabais calcetines secos y el pelo demasiado limpio para haber pasado cuatro días en el monte.

La jefa de cierre dijo que dejáramos de buscar rarezas donde había siete críos traumatizados y siete familias que acababan de recuperarlos.

—¿Y nadie siguió? —preguntó Clara.

—Marcos tenía once años. Vosotros también.

Los adultos que podían contradecir la versión oficial estaban ocupados abrazándoos o agradeciendo que estuvierais vivos.

Y el lunes llegaron otras noticias. Eso también es importante.

La gente imagina que un gran encubrimiento necesita cientos de personas guardando un secreto.

A veces solo necesita que el mundo continúe.

Leire abrió una puerta metálica. Detrás había archivadores con etiquetas de colores y una mesa de trabajo. Sacó una carpeta gruesa.

—Esto no está catalogado como vídeo. Son hojas de control, acreditaciones, llamadas recibidas, notas del equipo. Marcos las pidió también.

Irene se acercó. En la primera página había una relación de teléfonos y nombres. Daniel reconoció apellidos del pueblo que no había pensado en décadas. Al lado de algunos figuraban anotaciones rápidas: «padres», «voluntarios», «guardia», «ayto.». Una línea estaba subrayada dos veces.

17:31. Aviso Varela. Localizados. No emitir hasta confirmación.

Irene señaló la hora.

—La alerta pública fue a las 17:48.

—Aquí pone diecisiete treinta y uno —dijo Clara.

Leire buscó otra hoja.

—Hay más. A las diecisiete treinta y cuatro se llamó al equipo que estaba en directo en el polideportivo. A las diecisiete treinta y seis alguien del ayuntamiento pidió que ningún cámara subiera por la carretera porque «los niños necesitaban intimidad médica».

—Diecisiete minutos —murmuró Daniel.

Diecisiete minutos bastaban para mover un coche, cambiar una camiseta, repetir una instrucción una última vez.

Leire encontró una hoja doblada por la mitad. Era una lista de posibles entrevistados. Junto al nombre de los padres de Daniel alguien había escrito: NO HABLAN. ORDEN FAMILIA. Debajo, con otra tinta: PADRE AMENAZA DEMANDA.

Daniel sonrió sin humor.

—Eso sí parece mi padre.

—Vino aquí —dijo Leire—. Dos días después. No a amenazar. Bueno, al principio sí. Quería todas las copias donde salías tú. Decía que los periodistas os estaban haciendo daño.

Daniel miró la nota.

Su padre había muerto hacía tres años. Habían tenido una relación razonable, construida sobre una distancia que ambos llamaban respeto.

Después de 1998 jamás volvieron a pasar vacaciones en San Román.

En octubre se mudaron a Burgos y la historia familiar convirtió el traslado en una promoción laboral.

Daniel no había pensado nunca que pudiera haber otra capa.

—¿Te dijo algo raro?

Leire intentó recordar.

—Dijo una frase. La recuerdo porque mi jefe se enfadó muchísimo. «Mi hijo no tiene que recordar lo que ustedes quieran que recuerde». Pensamos que hablaba de las cámaras. Ahora no estoy tan segura.

Clara miró a su padre, pero no hizo preguntas.

Irene fotografió la hoja.

—¿Conserváis las llamadas originales?

—Algunas. Las de centralita no. Esto era 1998, no una serie de televisión. Pero los partes internos tienen valor como registro de trabajo. Marcos pidió copias de todo lo relacionado con las horas anteriores al regreso.

Daniel pasó una página. Entre notas sobre vehículos de prensa y permisos había una observación escrita deprisa: «Mujer busca a hijo. No relacionado. Policía confirma fuga probable». No aparecía nombre.

—¿Qué es esto?

Leire se inclinó.

—No lo sé.

—¿Qué día?

—Catorce.

Clara tomó una fotografía con su móvil.

Daniel leyó de nuevo las cuatro palabras: mujer busca a hijo.

No sabía todavía que aquella línea hablaba de Elena.

Solo sintió una incomodidad difícil de nombrar.

Mientras cientos de personas buscaban a siete niños, una mujer había entrado en la periferia de la misma historia buscando a otro.

Alguien había decidido que las dos cosas no tenían relación y la nota había quedado enterrada entre teléfonos, matrículas y turnos de cámaras.

Leire cerró la carpeta con cuidado.

—Marcos se quedó mirando eso mucho rato.

—¿Te dijo por qué?

—No. Solo me preguntó cuántas veces puede escribirse una verdad antes de que alguien la vea.

Nadie respondió. Leire señaló la sala de visionado.

—Vamos a las cintas.

Daniel estaba empezando a acostumbrarse a que desconocidos le dijeran eso en San Román.

—Yo no.

—Normal. Tú tenías once años y yo diecinueve. Era becaria. Me mandaron al polideportivo durante la búsqueda porque nadie quería pasar doce horas apuntando matrículas y nombres de voluntarios.

Se volvió hacia Clara.

—Tu padre tenía muy mal carácter incluso entonces.

—Eso sí lo recuerdo —dijo Clara.

Daniel le dedicó una mirada. Leire sonrió por primera vez.

Los vídeos no estaban todos digitalizados. Algunas cintas permanecían en cajas numeradas con etiquetas impresas en una máquina matricial. Leire localizó tres Betacam y dos VHS de servicio interno. Marcos había solicitado exactamente las mismas cintas en enero.

—¿Dejó copia de lo que vio? —preguntó Daniel.

—No. Pero escaneó partes de los partes de rodaje. Estuvo especialmente interesado en el material del día dieciséis.

—El regreso.

—Sí.

Entraron en una pequeña sala de visionado. Leire conectó un reproductor antiguo a un conversor digital. La primera imagen apareció con nieve y una franja azul. Después, el exterior del polideportivo.

Daniel se vio a sí mismo en brazos de su madre. No estaba preparado.

Lo supo por la manera en que su cuerpo reaccionó antes que su cabeza. Se le tensaron los hombros. El pecho se cerró. Durante un segundo tuvo la certeza de que, si el niño de la pantalla levantaba la cara, sabría algo que el adulto no estaba dispuesto a saber.

Su madre parecía veinte años más joven de lo que Daniel la había recordado incluso cuando estaba viva. Lloraba sin elegancia. Le besaba el pelo. Su padre tenía una mano en la nuca de ambos y miraba alrededor como si esperara que alguien viniera a quitárselos.

—Para —dijo Daniel.

Leire detuvo la reproducción. Clara no preguntó. Daniel respiró varias veces.

—Sigue.

La cámara recorrió a las familias. Irene abrazada a su madre. Teresa envuelta en una manta. Bruno sentado en el capó de un coche mientras Tomás Varela hablaba con varios hombres. Álex bebía agua. Julián miraba al suelo. Marcos no aparecía.

—¿Dónde está? —preguntó Clara.

Leire retrocedió.

—¿Quién?

—Marcos.

Vieron de nuevo la secuencia. Ningún Marcos.

Irene se inclinó hacia la pantalla.

—Estaba con nosotros.

—Puede estar fuera de plano —dijo Daniel.

Pero la ausencia resultó incómoda. Marcos aparecía después, ya dentro del polideportivo, sentado junto a su hermana.

En un momento levantó la cara y miró directamente a cámara.

Tenía una expresión que no correspondía al resto: no lloraba, no sonreía, no parecía desorientado.

Parecía furioso. La siguiente cinta contenía entrevistas.

Una periodista joven preguntaba a los adultos cómo habían vivido los cuatro días.

El alcalde hablaba de coordinación. Un teniente de la Guardia Civil elogiaba a los voluntarios.

Tomás Varela contaba que había visto a los niños bajar por la carretera mientras regresaba de revisar una línea eléctrica.

—Ahí —dijo Irene.

Leire pausó.

—¿Qué?

—Él dijo que los encontró.

—Eso es lo que siempre se contó —respondió Daniel.

—No. Siempre se contó que aparecimos caminando. No recordaba que Tomás dijera haber sido el primero en vernos.

Clara anotó algo.

La periodista preguntó a Tomás a qué hora los había localizado.

—Aproximadamente a las cinco y veinte —respondió él en la grabación—. Estaban agotados, pero caminaban. Fue un milagro.

Daniel miró la pantalla congelada.