Los que volvieron el domingo Daniel leyó dos veces.
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Daniel leyó dos veces.

—¿Qué pasa? —preguntó Clara.

Él le enseñó la pantalla.

—Parece que tenemos menos de cinco horas.

Clara bloqueó la pantalla.

—Vale. Me he equivocado.

Daniel habría preferido disfrutar de la rareza de oírla admitirlo. No pudo. El recorte ya había circulado y no sabían hasta dónde.

Durante el trayecto, Clara guardó el portátil en la mochila. Daniel no comentó el gesto. Ella tampoco intentó convertir el error en otra hipótesis.

Raquel Vidal vivía en la misma casa en la que Marcos había crecido, una vivienda estrecha de dos plantas en una calle que desembocaba en el río.

Había cambiado las ventanas y la puerta, pero el balcón seguía teniendo la barandilla verde que Daniel recordaba.

De niños se habían sentado allí a lanzar huesos de cereza a los coches.

Nunca acertaban a los coches. Sí acertaban a la señora del segundo de enfrente.

Irene esperaba junto al portal. Llevaba vaqueros, camisa blanca y una carpeta negra bajo el brazo. Cuando vio a Clara, respiró por la nariz.

—Pensé que vendrías solo.

—Yo también —dijo Daniel.

Clara la saludó con un gesto.

—Encantada otra vez.

Irene decidió no responder.

Raquel abrió antes de que llamaran. Tenía cinco años menos que Marcos y, aunque Daniel la había visto en el funeral, no había reparado en cuánto se parecía a él alrededor de los ojos.

—Pasad.

La casa olía a café y cera para muebles. En el salón había fotografías familiares y una estantería que ocupaba una pared completa. Raquel señaló una caja de cartón colocada sobre la mesa.

—La policía se llevó el teléfono y algunas libretas. El ordenador ya lo han devuelto después de clonar su contenido —dijo—. Esto estaba en el trastero. Mi hermano puso mi nombre encima hace dos meses. También escribió que si le pasaba algo debía llamar a Irene.

—¿Por qué a ti? —preguntó Daniel.

—Porque sabía a qué me dedicaba.

—¿No porque confiara en ti?

Irene no apartó la mirada.

—No creo que Marcos confiara en ninguno de nosotros.

Raquel abrió la caja. Dentro había sobres transparentes con recortes de prensa, mapas doblados, fotocopias de expedientes y varias fotografías. Clara se acercó, pero no tocó nada.

—¿Sabías que investigaba esto? —preguntó Daniel.

Raquel negó.

—Sabía que había vuelto a hablar del verano del noventa y ocho. Pensé que era por el aniversario. Cada cinco años algún periódico lo llamaba para recordar el milagro. Él odiaba esa palabra.

Daniel encontró un recorte de 2008. DIEZ AÑOS DEL MILAGRO DE SAN ROMÁN. Marcos aparecía delante del colegio, ya periodista, sonriendo con incomodidad.

—¿Se encontraba mal últimamente?

Raquel se tomó tiempo antes de responder.

—Dormía poco. Bebía demasiado café. Había dejado de ir a algunas reuniones. Pero no parecía... —Se detuvo—. No voy a decir que no parecía capaz de hacerlo. Nadie sabe qué aspecto tiene una persona cinco minutos antes de decidir que no puede seguir.

Irene bajó la vista.

Clara estaba mirando una hoja mecanografiada.

—Aquí hay nombres.

Todos se volvieron.

Era una lista de los equipos de búsqueda de agosto de 1998. Protección Civil, Guardia Civil, bomberos, voluntarios. Al margen, Marcos había escrito a bolígrafo: ¿por qué nadie entró en V-3? Debajo aparecía otra frase.

La búsqueda empezó con una mentira: SIETE.

El aire del salón pareció espesarse.

—¿Qué significa V-3? —preguntó Clara.

Irene extendió la mano.

—Déjame verlo.

Raquel sacó otro sobre de la caja.

—Hay algo más.

Era una pequeña funda de negativos. Estaba vacía.

En la etiqueta alguien había escrito: AGOSTO 98 / EXCURSIÓN / A.C.

—A.C. —leyó Daniel.

—Amalia Cifuentes —dijo Irene.

La profesora.

El nombre abrió una habitación diminuta en la memoria de Daniel. Una mujer con una coleta alta. Protector solar en la nariz. Una cámara colgada del cuello. Contando niños al subir a un autobús. Uno, dos, tres, cuatro... La imagen desapareció.

—Amalia hacía fotos de todas las excursiones —dijo Irene—. Mi madre compraba copias en el colegio.

—¿La recuerdas? —preguntó Clara.

—Sí. Lo suficiente.

Daniel tomó la funda de negativos.

—¿Dónde están?

Raquel negó.

—No lo sé. Estaba así.

Clara miró las fotografías de la caja. Había copias de la búsqueda, del polideportivo, de los siete regresando por la carretera. No estaba la imagen del sobre de Daniel.

—Marcos tuvo el negativo —dijo.

—No sabemos eso —dijo Irene.

—La funda está aquí. La foto que recibió mi padre parece una copia de laboratorio. Si la profesora tenía el carrete y Marcos lo consiguió, pudo revelar lo que nadie había visto.

Daniel reparó en una palabra.

—Nadie.

—¿Qué?

—Bruno dijo que la foto no debería existir.

Irene entendió.

—Porque quizá no existió nunca como copia.

Raquel se sentó lentamente.

—¿De qué foto habláis?

Daniel sacó el sobre. Se la enseñó. Raquel contó. Siete. Ocho.

Al llegar al niño, se llevó una mano al pecho.

—Joder.

—¿Lo conoces?

—No. —Se inclinó—. Espera.

Se levantó, cruzó el salón y abrió un mueble bajo. Sacó un álbum grueso. Pasó páginas con rapidez hasta detenerse en una fotografía de un cumpleaños. Marcos tendría doce años. Había una tarta, vasos de refresco y ocho o nueve niños apiñados alrededor. Raquel señaló una cara.

—Ese.

Era él.

Daniel se sentó sin darse cuenta.

La fotografía estaba fechada en marzo de 1998.

El niño sonreía. Tenía una mano apoyada en el hombro de Marcos y la otra levantada frente a la cámara. En la muñeca llevaba un cordón azul.

—¿Quién es? —preguntó Irene.

Raquel frunció el ceño.

—No lo recuerdo. Pero venía a casa. Eso seguro. Marcos tenía un grupo enorme, yo era pequeña...

Clara acercó la fotografía del sobre a la del álbum.

—Es el mismo.

Daniel no necesitaba comparar nada. Lo supo antes.

Raquel volvió a mirar el álbum como si la respuesta pudiera estar escondida en el cartón.

Pasó dos páginas hacia atrás y encontró otra fotografía.

Era el mismo salón, pero sin cumpleaños: Marcos y Daniel estaban tirados en el suelo junto a una bicicleta con la rueda delantera desmontada.

El niño de la camiseta grande sostenía una llave inglesa como si fuera un trofeo.

En el reverso, la madre de Marcos había escrito: «Los mecánicos. Marzo 98».

—Eso sí lo recuerdo —dijo Raquel—. Marcos desmontó la bicicleta de mi padre y luego ninguno sabía montarla.

—¿Ninguno? —preguntó Clara.

Raquel acercó la foto a la lámpara.

—Él sí. Este niño. Se quedó hasta la hora de cenar porque decía que si la dejaban así mi padre iba a matar a Marcos. Mi madre le preparó un bocadillo para llevárselo. Vivía cerca del molino, creo.

Daniel observó la llave inglesa. La memoria no le devolvió una escena completa, sino un detalle absurdo: grasa negra debajo de las uñas y una discusión sobre si una arandela podía sobrar después de arreglar algo.

Alguien había dicho que si sobraba era porque el fabricante no entendía su propia bicicleta.

Daniel había respondido que eso era una estupidez. El niño se había reído.

—Le gustaba arreglar cosas —murmuró.

Raquel levantó la vista.

—Sí. Siempre estaba con aparatos. Una vez arregló el radiocasete de Marcos pegándole dos veces en un sitio muy concreto. Mi hermano estuvo semanas fingiendo que sabía hacerlo también.

Clara no escribió inmediatamente. Miró a Daniel.

—Eso ya no es una cara repetida en fotos.

No lo era. El problema dejó de parecer un error de archivo y adquirió la forma mucho más incómoda de una vida cotidiana.

El niño había entrado en casas, había manchado suelos, había recibido bocadillos de madres que ahora quizá ni siquiera recordarían haberlo alimentado.

Había existido entre ellos con la normalidad suficiente para que nadie necesitara fotografiarlo de manera especial.

Raquel sacó otra imagen. En aquella estaban los tres junto a un río. Marcos levantaba una piedra enorme; Daniel salpicaba agua hacia la cámara; el niño permanecía de rodillas examinando algo dentro de un bote de cristal.

—Mi hermano decía que era un pesado —recordó Raquel—. Pero cuando no venía preguntaba por él.

—¿Eran muy amigos? —dijo Irene.

—Marcos era muy amigo de cualquiera durante tres semanas y después se peleaba. Con este... —Raquel negó despacio—. No sé. Es horrible. Tengo escenas y no tengo nombre.

Daniel entendió exactamente la sensación. La memoria se parecía a una casa saqueada en la que todavía quedaban marcas de los muebles sobre la pared. Podía saber qué había habido allí sin encontrar el objeto.

Clara fotografió el reverso de cada copia.

—No quiero que dependamos de lo que recordéis ahora. Las fechas y las anotaciones son mejores que vosotros.

—Gracias —dijo Daniel.

—Lo digo con cariño científico.

Raquel soltó una risa breve. Fue la primera desde que habían llegado. Después se llevó la mano a la boca, casi culpable por haberla dejado escapar en la casa de su hermano muerto.

Daniel dejó que la risa de Raquel permaneciera en la habitación. Durante unos segundos Marcos volvió a ser su hermano y no una carpeta de pruebas.

—¿Marcos guardaba vídeos familiares? —preguntó Clara.

Raquel señaló un armario.

Había cintas de VHS, MiniDV y dos cajas de casetes de audio. La mayoría estaban etiquetadas con vacaciones, comuniones o nombres de partidos. Una cinta de vídeo llevaba escrito «VERANO 98 / PISCINA + RÍO». Irene la tomó sin reproducirla.

—La copiaremos antes. Nada de convertir una cinta de treinta años en la última esperanza y romperla en un reproductor viejo.

—Empiezas a hablar como mi hija —dijo Daniel.

—Eso debería preocuparte mucho más de lo que parece.

Clara sonrió. Durante unos segundos fueron cuatro personas alrededor de una mesa, cansadas y demasiado despiertas, haciendo un trabajo casi doméstico: ordenar fotografías, fechar vacaciones, discutir sobre soportes antiguos.

La normalidad de la escena alivió a Daniel de una manera inesperada.

No todo lo relacionado con Samuel tenía que doler para ser importante.

Raquel tomó de nuevo la fotografía de la bicicleta.

—Hay otra cosa. Mi madre llamaba a todos por el apellido cuando se enfadaba. A Marcos, Vidal. A ti, Valdés. A este niño... —Cerró los ojos—. Algo corto. Arce, quizá. O algo parecido.

Irene levantó la cabeza.

—¿Arce?

—No me hagas jurarlo. Solo me viene ese sonido.

Clara lo escribió en la libreta, pero añadió un signo de interrogación tan grande como el apellido.

Daniel volvió a mirar la sonrisa del niño. No se parecía a un secreto. Se parecía a alguien que esperaba que los demás supieran quién era.

El cordón azul.

No alrededor de la muñeca.

Alrededor de una tubería.

Un nudo mal hecho.

Unas manos pequeñas tirando de él. Y una voz que decía:

—Así no, Dani. Se te va a soltar.

Daniel se agarró al borde de la mesa. Clara lo vio.

—¿Qué recuerdas?

—Nada.

—Papá.

—Un cordón.

—¿Qué más?

Daniel cerró los ojos. La voz regresó. Más cerca.

—Samu.

Abrió los ojos. Nadie se movió.

—¿Qué has dicho? —preguntó Irene.

Daniel miró la cara del niño.

La palabra había salido antes que la decisión de pronunciarla.

—Samu.

Raquel se llevó ambas manos a la boca. Clara ya estaba escribiendo.

—¿Samuel?

Daniel negó.

—No lo sé.

Pero sí sabía otra cosa.

Había llamado a aquel niño por su nombre alguna vez y durante veintiocho años había vivido sin saber que lo había olvidado.