Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El octavo

A las siete y veinte de la mañana del lunes, Clara había convertido la mesa del comedor en una investigación.

Daniel lo descubrió al salir de la ducha.

Había dos portátiles abiertos, una libreta cuadriculada, tres vasos de agua y una hoja en la que su hija había dibujado ocho círculos con nombres debajo de siete de ellos.

—No me mires así —dijo Clara sin levantar la cabeza—. He dormido.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para no cometer errores graves.

—Eso no es una unidad de tiempo.

—Tú dijiste exactamente lo mismo ayer.

Daniel se acercó. Sobre una de las pantallas aparecía la hemeroteca digital del Diario del Norte. En la otra, una página del colegio de San Román conservada en un archivo histórico. Clara había creado carpetas por años, descargado fotografías y ampliado todo lo que contenía grupos de niños.

—He hecho una cosa que vas a odiar —dijo Clara.

Daniel dejó la taza a medio camino. Clara giró el segundo portátil.

A las cinco y cuarenta había recortado el rostro del octavo niño y lo había subido a un foro vecinal llamado San Román de antes.

No aparecía ninguno de los otros siete, solo la cara pixelada y una pregunta: «¿Alguien reconoce a este niño? Foto de 1998».

—Dime que no has hecho público esto.

—Solo el recorte. Y ya lo he borrado.

—Borrar no despublica lo que alguien haya guardado.

Clara no respondió de inmediato. Había veintisiete visualizaciones antes de eliminarlo, dos respuestas y una captura reenviada. Una mujer aseguraba que el niño era Nicolás Mena, sobrino de una auxiliar del consultorio, y que había vivido cerca del molino. Clara ya le había escrito.

—Pensé que era mejor que esperar a que seis adultos decidierais recordar —dijo.

—Y has convertido una investigación que ni siquiera entendemos en una pregunta pública. Eso no es ser rápida. Es perder el control de quién sabe qué estamos buscando.

Clara bajó la vista al teclado. Por primera vez desde que había empezado a tirar del hilo no tenía una respuesta preparada.

—Te dije que no siguieras con esto sola.

—No estoy sola. Estás tú a dos metros.

—Sabes lo que quiero decir.

Clara cerró una pestaña, pero no las demás.

—Y tú sabes lo que quiero decir yo. Hay un niño en una fotografía de vuestra desaparición al que ninguno quiere poner nombre. Eso no va a dejar de existir porque desayunemos como si nada.

Daniel fue a la cocina. Necesitaba café antes de discutir con una persona que había dormido cuatro horas y aun así parecía más funcional que él.

Cuando regresó, Clara había abierto una fotografía en blanco y negro tomada en mayo de 1998.

Una carrera escolar atravesaba la plaza del pueblo.

Había decenas de niños con dorsales sujetos por imperdibles y adultos formando un pasillo a ambos lados.

—Mira aquí.

Señaló la esquina derecha.

Daniel acercó la cara a la pantalla.

Un niño corría ligeramente por detrás de Marcos. Pelo oscuro. Delgado. Camiseta demasiado grande. La imagen estaba pixelada, pero la forma de la cara era la misma.

—Puede ser cualquiera.

—Puede. Por eso busqué más.

Clara cambió de fotografía.

Fiesta de fin de curso. Junio. Un grupo delante de una mesa con vasos de plástico. Daniel se reconoció a sí mismo por la gorra azul. A su lado estaba Teresa. Detrás, casi tapado por un adulto, aparecía el niño. Otra fotografía.

Una excursión al museo minero, febrero de 1998. Marcos sostenía una maqueta de locomotora. El niño estaba al fondo.

Otra.

Un partido de fútbol en un descampado. Bruno, Julián y Daniel posaban embarrados. El niño estaba sentado en el suelo, con una rodilla doblada.

La presión volvió detrás de los ojos.

—Para.

Clara no cambió de imagen.

—No apareció el trece de agosto de la nada.

—Ya lo veo.

—Estaba con vosotros meses antes.

—Ya lo veo, Clara.

Ella apartó las manos del teclado.

Daniel miró la pantalla. Resultaba imposible no reconocerlo.

Esa fue la idea que le produjo más miedo.

Si el niño hubiera aparecido solo en la fotografía del sobre, habría podido aceptar una confusión: alguien de otro grupo, un primo, un vecino.

Pero aquel rostro llevaba meses orbitando alrededor de ellos.

Había compartido espacios, juegos, tardes.

En una de las imágenes estaba tan cerca de Daniel que sus hombros se tocaban.

No recordar un nombre era normal. No recordar a una persona era otra cosa.

—Busca las listas de clase —dijo.

—Ya lo he hecho.

Clara abrió dos archivos escaneados. Las orlas de sexto de primaria. En una aparecían Daniel, Irene, Marcos y Teresa. En otra, Bruno, Álex y Julián. Ningún niño coincidía con el octavo.

—¿Otro curso?

—He revisado quinto y séptimo.

—¿Y colegios cercanos?

—No tengo acceso a sus archivos completos.

Daniel se sentó.

—Podía vivir en el pueblo y estudiar fuera.

—Sí.

—Podía ser hermano de alguien.

—Sí.

—Podía...

—Papá.

Daniel calló.

Clara giró la libreta. Junto a los ocho círculos había escrito una pregunta: ¿POR QUÉ NADIE PREGUNTA QUIÉN ES?

—Ayer se lo enseñaste a cinco personas —dijo—. Ninguna reaccionó como si fuera un desconocido.

—Julián dijo que no lo reconocía.

—Julián te preguntó si tenías el negativo.

—Eso no demuestra nada.

—Bruno dijo que la foto no debería existir.

—Bruno estaba alterado.

—Teresa recordó su voz.

Daniel se frotó la cara.

—¿Qué quieres que diga?

—Que dejes de intentar encontrar una explicación que te permita no seguir.

La frase le molestó porque era exacta. Daniel se levantó y se llevó la taza vacía a la cocina aunque podía haberla dejado donde estaba. Permaneció unos segundos de espaldas a Clara, mirando el fregadero.

—Tengo guardia a las dos.

—Entonces tenemos cinco horas.

—Tenemos una vida normal que continuar.

—¿Normal desde cuándo?

Daniel se volvió. Clara sostuvo la mirada.

El desafío adolescente había desaparecido. Quedaba una pregunta real.

El móvil de Daniel vibró sobre la mesa. Un mensaje de Irene.

He hablado con Raquel. Marcos tenía una caja para nosotros. Venid al pueblo a las once.