El domingo #3
Teresa abrió los ojos. Había miedo. Daniel lo reconoció porque estaba seguro de llevarlo él también.
—No.
—Bruno sí.
—No sabes eso.
—Ha dicho que la foto no debería existir.
Teresa miró hacia el cementerio. El último grupo empezaba a dispersarse.
—Bruno habla demasiado cuando tiene miedo.
—¿Miedo de qué?
—Pregúntaselo a él.
—Te lo pregunto a ti.
Teresa comenzó a caminar. Daniel avanzó a su lado.
—Marcos ha muerto.
—Lo sé.
—Encontraron una frase en su casa.
—También lo sé.
—¿Cómo?
Teresa se detuvo de nuevo.
—Porque Irene me llamó anoche.
—¿Y no te pareció importante contármelo?
—No hemos hablado en nueve años.
—Parece que todos utilizáis eso como argumento.
—Porque es verdad.
—También es verdad que tú estabas allí.
Teresa lo miró fijamente.
—No sabes dónde es allí.
La respiración se le detuvo.
—¿Tú sí?
Teresa no respondió. Un coche pasó por la carretera. El aire desplazado levantó polvo del arcén. Clara seguía a unos treinta metros, junto a la entrada del cementerio, fingiendo mirar el móvil.
—Teresa.
—No me hagas esto.
—¿Qué te estoy haciendo?
—Obligarme a mirar algo que quizá cada uno aprendió a guardar de una manera distinta.
—Eso no tiene sentido.
—¿No?
—No. Olvidar no es una decisión.
Teresa soltó una risa breve y sin humor.
—Eres médico. Sabes que eso no es verdad.
Un pinchazo le cruzó la sien.
—¿Quién era el niño?
Teresa se llevó una mano a la boca. No para llorar. Como si quisiera impedir que saliera algo.
—No sé su nombre.
—Pero lo recuerdas.
—No.
—Acabas de decir que no sabes su nombre.
Teresa apartó la mirada. Daniel esperó. Podía escuchar insectos en la cuneta.
Un perro ladró detrás de una tapia. Desde la iglesia llegaron doce campanadas, aunque todavía faltaban varios minutos para el mediodía.
El mecanismo llevaba adelantado desde que Daniel era niño. Teresa habló cuando terminó la última.
—Recuerdo una voz.
El frío le subió por los brazos.
—¿Qué decía?
—No lo sé.
—Inténtalo.
—No quiero.
—Marcos está muerto.
—No utilices a Marcos para esto.
—Él ya lo estaba haciendo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Teresa.
Daniel sacó la fotografía, pero no se la mostró. Solo sostuvo el sobre entre ambos.
—Alguien me la dejó la misma tarde en que encontraron a Marcos. Irene recibió otra el día anterior. Él la llamó horas antes de morir. ¿De verdad crees que no está relacionado?
—No sé qué creo —dijo Teresa.
—Dime lo que recuerdas.
Pasaron varios segundos. Cuando Teresa habló, la voz fue tan baja que Daniel tuvo que acercarse.
—Lloraba.
—¿Quién?
Ella no respondió.
—¿El niño de la foto?
Teresa asintió. Algo se desprendió en su memoria: una luz amarilla, un suelo de madera, rodillas desnudas, una toalla áspera rozándole el pelo.
—¿Dónde?
Teresa comenzó a negar con la cabeza.
—No.
—¿Dónde lloraba?
—No lo sé.
—Teresa.
—No sé dónde estábamos.
—¿Qué decía?
La mujer se quedó inmóvil. Durante un segundo fue la niña de once años otra vez.
—Llamaba a su madre.
Daniel no oyó la carretera. No oyó las voces del cementerio. No oyó a Clara acercándose. Solo aquella frase. Llamaba a su madre. La fotografía parecía arder dentro del sobre.
—¿Cuándo?
Teresa abrió los ojos.
—Antes de que volviéramos.
Y se marchó. Daniel no la siguió. Clara llegó hasta él y esperó unos segundos antes de hablar.
—¿Qué ha dicho?
—Que recuerda al niño —dijo Daniel.
—¿Su nombre?
—No.
—Entonces tenemos que averiguar quién es.
Daniel bajó la vista hacia el sobre. Por primera vez desde que lo había recibido ya no pensó que el octavo niño pudiera ser un compañero que pasaba por allí, un primo, alguien del pueblo que se había unido a la fotografía y después había seguido su camino.
Había estado con ellos. Teresa lo recordaba llorando.
Antes de que volvieran. Daniel cerró los dedos alrededor del papel.
Y entonces regresó el domingo. No como un recuerdo completo.
Como una grieta. Siete niños caminaban por una carretera bajo un sol blanco.
Daniel veía sus propias zapatillas avanzar sobre el asfalto.
Estaban limpias. Demasiado limpias. Alguien le había dado unos cordones que no eran los suyos.
Delante caminaba Irene. Detrás, alguien sollozaba.
Daniel quiso girarse. Una voz de adulto dijo:
—No miréis atrás.
Siguieron caminando. A lo lejos empezaron a oírse motores.
Después gritos. Después su nombre. Daniel tenía once años y sabía que debía estar contento porque habían vuelto.
Sin embargo, mientras corría hacia sus padres, solo podía pensar una cosa.
No estuvimos perdidos. El recuerdo se cerró.
Daniel volvió a encontrarse junto al cementerio con Clara frente a él.
—Papá.
Respiró.
—Estoy bien.
—No.
Esta vez no intentó discutirlo. Miró hacia la carretera que salía del pueblo y ascendía hacia la sierra.
Veintiocho años atrás había aparecido por algún punto de aquella misma dirección junto a otros seis niños.
Durante toda su vida había creído que aquella carretera era el lugar al que consiguieron llegar.
Ahora empezaba a preguntarse quién los había llevado hasta allí.