El domingo #2
Daniel intervino.
—Clara.
—Es una pregunta normal.
Irene no pareció molesta.
—Porque mi número aparecía entre las últimas llamadas de Marcos.
Otra pieza se desplazó dentro de él.
—¿Hablaste con él?
—No. Me llamó el viernes por la mañana. Estaba en una vista. Le devolví la llamada a mediodía. No contestó.
—¿Dejó mensaje?
—No.
—¿Y no pensaste en la foto?
—Pensé en muchas cosas.
—Pero no me llamaste.
—Tú tampoco me llamaste cuando recibiste la tuya.
Daniel abrió la boca y volvió a cerrarla. Irene tenía razón, y eso la hacía más irritante.
—¿Dónde está tu fotografía?
—En una caja fuerte de mi despacho.
—Quiero verla.
—La verás.
—Hoy.
—Daniel, Marcos está a veinte metros de nosotros dentro de un agujero. No voy a convertir su entierro en una reunión de antiguos alumnos.
—No somos antiguos alumnos.
Irene sostuvo su mirada.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Una voz los interrumpió.
—¿Habéis terminado de fingir que no os conocéis?
Bruno Varela se acercaba desde el camino central. Llevaba la chaqueta doblada sobre el brazo y dos botones de la camisa abiertos. A diferencia de Irene, sí sonrió. Una sonrisa cansada, casi cordial.
—Daniel.
Le ofreció la mano. Daniel tardó una fracción de segundo en aceptarla.
—Bruno.
—Veintiocho años y seguimos reuniéndonos solo cuando se muere alguien.
—Nos vimos hace nueve.
—Eso es exactamente lo que acabo de decir.
—Tú debes de ser su hija —dijo Bruno.
—Clara.
—Bruno.
—También lo sé.
Esta vez Daniel no dijo nada. Bruno rio brevemente.
—Definitivamente es tuya.
Irene no compartió la broma.
—¿Tú has recibido algo?
—¿Algo qué? —preguntó Bruno.
—Una fotografía.
El cambio fue mínimo. Tan pequeño que Daniel habría podido convencerse de que no había ocurrido. Pero ocurrió. Bruno dejó de sonreír.
—No.
—¿Seguro?
—Irene, normalmente sé distinguir cuándo recibo una fotografía.
—Marcos ha muerto y dos de nosotros hemos recibido imágenes de 1998.
Bruno dirigió la vista hacia Daniel.
—¿Dos?
Daniel sacó el sobre del bolsillo. Irene le agarró la muñeca.
—Aquí no.
—Precisamente aquí.
Bruno observó el sobre. Después miró alrededor del cementerio, como si quisiera comprobar cuánta gente podía verlos.
—Guardad eso.
Clara se tensó a su lado.
—¿Por qué?
—Porque no es el momento.
—Ni siquiera sabes qué hay dentro.
Bruno no contestó. Daniel extrajo la fotografía. La sostuvo delante de él. Fue entonces cuando ocurrió. Bruno no miró el paisaje. No miró a Daniel niño. No contó cabezas. Miró directamente al octavo niño. Y palideció. Un golpe seco le sacudió el pecho.
—Lo conoces.
—No.
—Ni siquiera has preguntado qué tiene de raro la foto.
—No hace falta. Se ve que es vieja.
—Hay ocho niños.
Bruno tragó saliva.
—Sería alguien del pueblo.
—¿Quién?
—No tengo ni idea.
—Lo has mirado a él.
—He mirado la foto.
—Has mirado al niño.
Irene se colocó entre los dos con un movimiento breve.
—No hagáis esto aquí.
Daniel no apartó la vista de Bruno.
—¿Quién es?
—He dicho que no lo sé.
—Entonces explícame por qué acabas de poner esa cara.
Bruno bajó la voz.
—Porque esa foto no debería existir.
Nadie habló. El sonido del cementerio regresó poco a poco: grava bajo los zapatos, un niño pequeño preguntando cuándo podían irse, el motor de un coche arrancando al otro lado del muro. Las palabras de Bruno tardaron unos segundos en adquirir significado.
—¿Qué has dicho?
Bruno comprendió el error. Miró a Irene. Después a Clara. Finalmente volvió a Daniel.
—Me he expresado mal.
—No.
—Quería decir que no recuerdo esa foto.
—No es lo mismo.
—Daniel, hace veintiocho años. No recuerdo cada carrete que se reveló aquel verano.
—Yo tampoco. Pero tú sabías que no debía existir.
—No sé nada.
—Acabas de decirlo.
Bruno dio un paso atrás.
—Enterrad otra vez todo esto.
Irene endureció la expresión.
—No vuelvas a utilizar esa palabra hoy.
Bruno la miró, comprendió y soltó el aire despacio.
—No me refería a Marcos.
—Ya lo sé —dijo Irene.
Eso fue peor. Bruno se alejó sin despedirse. Daniel hizo ademán de seguirlo, pero Irene volvió a sujetarlo.
—Déjalo.
—Sabe quién es.
—Probablemente.
Daniel se volvió hacia ella.
—¿Probablemente?
—Daniel, todos sabemos algo. El problema es que no sabemos qué parte sabemos de verdad.
—Yo no sé nada.
Irene lo observó con una tristeza que le resultó insoportable.
—Eso también es una forma de saber.
Se marchó antes de que pudiera preguntarle qué significaba.
Álex no quiso hablar. Cuando Daniel se acercó, levantó ambas manos y dijo que tenía un tren aquella tarde.
Era mentira; Daniel lo supo porque San Román no tenía estación desde hacía doce años.
Julián fue más amable y menos útil. Miró la fotografía durante casi un minuto, contó a los niños y terminó diciendo que no reconocía al octavo.
Sin embargo, antes de devolvérsela hizo una pregunta.
—¿Tienes el negativo?
—No.
—Entonces no sabes cuándo se reveló.
—La fecha está impresa.
—La fecha de la cámara. No del revelado.
—¿Importa?
Julián acarició con el pulgar el borde de la copia.
—Puede importar todo.
—¿Recuerdas la pared?
Julián levantó los ojos.
—¿Qué pared?
Daniel señaló el hormigón cubierto de musgo detrás de los niños.
—Esa.
Durante un instante creyó que Julián iba a responder. Después negó.
—No.
—¿Y el círculo rojo?
Julián devolvió la fotografía demasiado deprisa.
—No.
Dos negativas idénticas. Una sola mentira. Daniel estuvo a punto de insistir, pero la mujer que acompañaba a Julián se acercó y él se despidió con una excusa sobre el viaje de vuelta. Clara había observado todo desde unos metros de distancia.
—Ese también sabe algo.
—¿Tienes una lista?
—De momento todos menos tú.
—Muy graciosa.
—No era una broma.
Daniel guardó la fotografía. Quedaba Teresa. La vio cerca de la salida del cementerio hablando con Raquel, la hermana de Marcos. Esperó. Cuando terminó la conversación, Teresa abrazó a la mujer y empezó a caminar sola hacia la carretera. Daniel la siguió.
—Teresa.
Ella se detuvo sin volverse. Durante un segundo, Daniel vio a la niña de la fotografía: dientes demasiado grandes, dos coletas, una camiseta con un caballo. Después Teresa giró y la imagen desapareció.
—Hola, Dani.
Nadie lo llamaba Dani desde que su madre murió.
—No sabía que seguías en San Román.
—No sigo. Vivo a cuarenta kilómetros. Doy clase en un instituto.
—¿Lengua?
—Historia.
—Claro.
—No, no estaba claro. Quería estudiar veterinaria.
Daniel sonrió. Fue el primer recuerdo inocente del día: Teresa con nueve años declarando que iba a tener un hospital para perros y que los perros pobres no pagarían.
—Lo había olvidado.
—Has olvidado muchas cosas.
La frase llegó sin acusación, lo que la hizo más precisa. Daniel metió la mano en el bolsillo. Teresa lo vio.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a sacar.
—Sí lo sé.
Daniel dejó la mano quieta.
—¿Tú también has recibido una?
Teresa negó.
—Entonces ¿cómo sabes lo de la foto?
—Bruno acaba de salir del cementerio como si hubiera visto un cadáver levantarse. No hace falta mucha imaginación.
—Hay ocho niños.
Teresa bajó la cabeza. No preguntó qué quería decir.
—No me la enseñes.
Tuvo el mismo impulso que con Bruno, pero esta vez se contuvo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero verla.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta que tengo.
—¿Recuerdas al niño?