Los que volvieron el domingo El domingo
12%

El domingo

Siete niños caminaban por una carretera entre dos filas de adultos.

Irene iba delante. Bruno, detrás de ella.

Daniel se reconoció por la gorra azul. Ninguno parecía sucio.

Aquello le produjo una incomodidad que no supo explicar.

Recordaba barro. Recordaba frío. Recordaba haber tenido las zapatillas mojadas durante horas.

Sin embargo, en la fotografía llevaba una camiseta limpia y el pelo aplastado como si alguien se lo hubiera peinado con agua.

A las siete y diez entró Clara en la cocina.

Llevaba una camiseta enorme, el pelo recogido en un nudo y la cara de quien había dormido poco porque sabía que al otro lado de la pared alguien dormía menos.

—Dime que al menos has cerrado los ojos.

Daniel giró el portátil para que no viera la pantalla.

—He descansado.

—Eso no significa nada.

Fue hasta la cafetera y la encendió. Daniel observó sus movimientos.

La noche anterior había tenido el impulso de mandarla con su madre durante unos días.

No lo había hecho porque sabía exactamente qué ocurriría: Clara preguntaría por qué, él no tendría una respuesta razonable y acabaría contándole más de lo que deseaba.

Además, María estaba en Lisboa por trabajo y no regresaba hasta el martes.

—El funeral es mañana —dijo Daniel.

Clara se apoyó en la encimera.

—¿Vas a ir?

—Sí.

—Voy contigo.

—No.

—No era una pregunta.

—Pues la respuesta sigue siendo no.

Clara sirvió café en una taza y la dejó delante de él. Ella no bebía café, pero conocía las cantidades exactas de leche que Daniel consideraba aceptables a cada hora del día. A las siete de la mañana, ninguna.

—Marcos era amigo tuyo.

—Hace años que no lo veía.

—Precisamente.

—¿Precisamente qué?

—Que no sabes cómo vas a estar cuando llegues.

Daniel levantó la mirada. No había reproche en ella. Solo una lógica que le molestaba porque se parecía demasiado a la suya.

—Clara, es un funeral. No una excursión.

—Ya sé lo que es un funeral.

—Y yo sé conducir hasta San Román.

—No hablo de conducir.

Daniel bebió café para no responder. Clara señaló la fotografía que seguía sobre la mesa.

—¿Se la vas a enseñar a los otros?

—No lo sé.

—Deberías.

—No sabes lo que debería hacer.

—Tú tampoco.

La frase quedó entre ellos. Daniel pudo haberla convertido en una discusión. En otra mañana lo habría hecho. En cambio, cerró el portátil y guardó la fotografía en el sobre.

—Salimos a las ocho y media.

Clara sonrió apenas.

—Sabía que era una negociación.

—No lo era.

—Claro.

El domingo amaneció con un cielo limpio y una temperatura demasiado alta para finales de agosto.

San Román estaba a una hora y cuarenta minutos de la ciudad si el tráfico acompañaba, pero Daniel tardó casi dos.

Redujo la velocidad mucho antes de llegar al desvío de la sierra.

No porque lo decidiera. El pie lo hizo antes que él.

Clara llevaba veinte minutos sin hablar.

Había dejado el móvil sobre las piernas y miraba por la ventanilla.

A ambos lados de la carretera se sucedían prados secos, muros de piedra y bosques que comenzaban donde el terreno dejaba de servir para otra cosa.

Daniel reconoció una gasolinera que no existía en 1998, una rotonda nueva y, detrás de un almacén de materiales de construcción, el perfil de la iglesia.

El pueblo apareció de golpe al salir de una curva.

Le dolía la mandíbula: llevaba varios kilómetros apretando los dientes.

—¿Es ahí? —preguntó Clara.

—Sí.

San Román había crecido, pero no lo suficiente para dejar de parecer el mismo sitio.

Las casas nuevas ocupaban la entrada. El centro conservaba las fachadas estrechas, los balcones de hierro y las aceras que obligaban a caminar de uno en uno.

Daniel pasó frente al bar donde su padre jugaba la partida los domingos y frente a la farmacia que seguía teniendo un reloj verde sobre la puerta.

El escaparate del antiguo estudio fotográfico estaba cubierto con papel marrón.

En la plaza habían plantado tres árboles jóvenes donde antes aparcaban los autobuses. Clara miró hacia la izquierda.

—Ahí está tu colegio.

Daniel no preguntó cómo lo sabía. Ella había buscado demasiado en internet durante los últimos dos días.

El edificio estaba cerrado. Sobre el muro exterior permanecía el mismo mosaico con un sol amarillo y cuatro niños tomados de la mano.

Daniel lo vio de reojo y, durante un instante, recordó una mochila roja golpeándole la espalda mientras corría por aquel patio.

Irene. La memoria desapareció antes de ofrecer nada más.

El funeral se celebraba a las once. A las diez y cincuenta ya no quedaban bancos libres en la iglesia.

Marcos había trabajado durante veinte años en el periódico comarcal y conocía a medio pueblo.

La otra mitad aseguraba conocerlo. Daniel y Clara se quedaron cerca de una columna, al fondo.

—¿Los ves? —susurró ella.

Daniel no necesitó preguntar a quién se refería.

Los reconoció incluso antes de reconocer sus caras.

Había cosas que no envejecían al mismo ritmo que el cuerpo.

Irene estaba en la tercera fila, sola, con un vestido negro sin mangas y el cabello mucho más corto de lo que Daniel recordaba.

Seguía sentándose recta. No consultaba el móvil ni hablaba con nadie.

Cuando alguien se acercaba a saludarla, inclinaba la cabeza y respondía lo necesario.

Bruno Varela ocupaba el banco del otro lado del pasillo.

Había engordado y el pelo se le había vuelto gris en las sienes, pero aún movía la rodilla derecha cuando estaba nervioso.

Daniel recordó aquel movimiento antes de recordar una sola conversación con él.

Julián Serra se encontraba dos filas detrás, junto a una mujer que debía de ser su esposa.

Conservaba el gesto distraído del niño que dibujaba durante las clases, aunque ahora llevaba unas gafas finas y una barba cuidadosamente recortada.

Álex Murua estaba de pie cerca de una puerta lateral con una cámara colgada al hombro.

La cámara le produjo rechazo. Le pareció imposible llevar una a un funeral.

Después recordó que Álex había hecho de eso su vida: guerras, incendios, inundaciones, elecciones, bodas reales, funerales de gente desconocida.

Quizá precisamente por eso no sabía acudir a ningún lugar sin algo entre él y lo que ocurría.

Teresa Lago estaba junto al féretro. Daniel tardó en reconocerla porque era la única que no miraba hacia delante.

Tenía los ojos fijos en la puerta de entrada, como si esperara a alguien.

Cuando vio a Daniel, dejó de hacerlo. No sonrió.

Tampoco apartó la mirada. Clara se acercó a su oído.

—¿Ella también estaba?

—Sí.

—¿Sois todos?

Daniel contó sin querer. Irene. Bruno. Julián.

Álex. Teresa. Él. Seis. El séptimo estaba dentro del ataúd.

La fotografía del sobre pesó en el bolsillo interior de su chaqueta.

Ocho. Daniel cerró la mano. La ceremonia duró cuarenta y cinco minutos.

El sacerdote habló de Marcos como si hubiera sido un hombre sencillo, cosa que a Daniel le pareció una manera educada de reconocer que no lo conocía.

Su hermana Raquel leyó unas palabras. Contó que de niño desmontaba radios y después no sabía volver a montarlas, que conservaba todos los periódicos del día de su nacimiento y que odiaba que le regalaran libros porque ya tenía demasiados.

Nadie mencionó cómo había muerto. Solo una vez Daniel percibió un movimiento en los otros cinco. Raquel dijo:

—Mi hermano creía que las historias que se olvidan no desaparecen. Solo esperan a que alguien vuelva a mirarlas.

Irene bajó la cabeza. Bruno dejó de mover la pierna.

Álex cerró los ojos. Teresa se agarró al borde del banco.

Julián miró directamente hacia Daniel. Fue menos de un segundo.

Suficiente. Notó la mirada de Clara, pero no se volvió.

En el cementerio el calor hacía brillar las lápidas.

La gente se distribuía en grupos pequeños, incómoda ante la obligación de permanecer unos minutos después de que ya no quedara nada que hacer.

Daniel se mantuvo apartado mientras bajaban el féretro. Clara estaba a su lado.

—Todos han reaccionado —dijo ella.

—No empieces.

—No estoy empezando nada.

—Estás interpretando un funeral como si fuera un interrogatorio.

—Tú también lo has visto.

Daniel no respondió. Irene apareció delante de ellos antes de que pudiera decidir si buscarla.

—No deberías haber traído a tu hija.

No saludó. Clara extendió la mano.

—Clara.

—Irene —dijo Irene.

—Lo sé.

Daniel dejó caer la mirada un segundo.

—Clara.

—¿Qué?

Irene casi sonrió. Casi.

—Se parece a ti.

—Eso dicen cuando quieren castigarla.

—¿Has traído la fotografía?

La pregunta eliminó cualquier resto de cortesía. Daniel miró alrededor.

—¿Cómo sabes lo de la foto?

Irene tensó la mandíbula.

—Porque yo también recibí una.

El cementerio pareció encogerse a su alrededor.

—¿Cuándo?

—El jueves.

—¿La misma?

—No.

—¿Qué había?

—Esto no es una conversación para aquí —dijo Irene.

—Ni para ella —dijo Daniel.

Clara se cruzó de brazos.

—Sigo aquí.

—Ve un momento con el coche.

—No.

—Clara.

Irene levantó una mano.

—Déjala. Si ya ha visto la fotografía, sabe más que nosotros hace dos días.

—Habla —dijo Daniel.

—En la mía aparecía una habitación.

La palabra produjo una vibración física en Daniel. No una imagen. Una sensación de tela húmeda pegada a la espalda.

—¿Qué habitación?

—No lo sé.

—¿Había alguien?

—No.

—¿Algún mensaje?

Irene asintió.

—«Todavía estáis dentro».

Clara dejó de cruzar los brazos.

—¿Y no se lo dijiste a mi padre?

Irene la miró con frialdad.

—Hasta ayer no sabía que él había recibido nada.

—Pero llamaste después de que muriera Marcos.

—Porque la policía me llamó antes. Soy fiscal. El comandante que lleva el caso me conoce.

—¿Y por qué te llamó por una muerte que parece un suicidio?