Los que volvieron el domingo IRENE ROBLES.
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IRENE ROBLES.

El nombre provocó una reacción distinta a la fotografía. No miedo. Una especie de cansancio anticipado. Irene no lo llamaba. Nunca. Daniel descolgó.

—Hola.

Durante varios segundos solo escuchó respiración.

—¿Irene?

—¿Estás solo?

Miró a Clara.

—No. Está mi hija.

Otra pausa. La voz de Irene había cambiado poco desde que eran adolescentes. Grave, seca, siempre ligeramente impaciente. Aquella noche, sin embargo, parecía necesitar esfuerzo para atravesar cada palabra.

—Sal de la habitación.

Daniel se levantó.

—¿Qué ocurre?

—Daniel.

—Dímelo.

—Sal de donde esté tu hija.

Algo en el tono hizo que obedeciera. Caminó hasta el pasillo y cerró la puerta de la cocina a medias. Clara se quedó mirándolo.

—Ya está.

Irene inspiró.

—Marcos ha muerto.

Daniel apoyó la espalda contra la pared. Miró la fotografía que todavía sostenía. El niño desconocido seguía en el centro del grupo.

—¿Qué?

—Lo han encontrado esta tarde.

—¿Cómo?

Irene no respondió inmediatamente. Daniel escuchó voces al otro extremo. Una puerta. Después el sonido amortiguado de alguien hablando demasiado lejos del teléfono.

—¿Irene?

—La Guardia Civil está en su casa.

—¿Ha tenido un accidente?

—No.

La palabra llegó limpia. Algo empezó a ordenarse de una manera que no quería: la fotografía, la fecha, la llamada.

—¿Qué ha pasado?

Irene bajó la voz.

—Creen que se ha suicidado.

Daniel cerró los ojos. Vio a Marcos con once años, los párpados apretados justo cuando se disparaba la fotografía. Después vio agua. Negra. Rápida. Y durante un instante escuchó la voz de un niño que no tenía nombre. No pudo entender lo que decía.

—Hay otra cosa —continuó Irene.

Daniel abrió los ojos.

—¿Qué cosa?

Al otro extremo volvió a producirse aquel silencio.

—Encontraron algo escrito en la pared.

Daniel miró hacia la cocina. Clara seguía al otro lado de la puerta, inmóvil.

—¿Qué escribió?

—No sabemos si lo escribió él.

—¿Qué pone, Irene?

Esta vez ella respondió.

—«Ya se ha acordado de nosotros».

Daniel bajó lentamente la mano que sostenía el teléfono.

Sobre la mesa de la cocina había ocho niños.

Por primera vez en veintiocho años comprendió que quizá la parte imposible de aquella historia no era que siete hubieran regresado, sino que durante todo ese tiempo nadie hubiera preguntado por el que faltaba.