Los que volvieron el domingo 13 08 98
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Daniel dejó de respirar durante un instante. Clara lo notó.

—¿Qué pasa?

Él no respondió. Sacó la fotografía. Un camino de montaña ocupaba casi todo el primer plano.

Detrás se levantaba una pared gris cubierta de musgo y, por encima, ramas de hayas deformadas por el viento.

Había niños delante de la pared. Daniel acercó la foto a la lámpara.

Reconoció primero a Irene. Incluso con once años tenía aquella manera de mirar a la cámara como si la cámara tuviera que justificar qué hacía allí.

Llevaba una camiseta amarilla, pantalones cortos y una mochila roja que Daniel recordó antes de recordar el rostro.

A su lado estaba Marcos, con los ojos cerrados.

Teresa enseñaba los dientes exageradamente.

Julián levantaba dos dedos detrás de la cabeza de Bruno.

Álex estaba agachado en primera fila. Y Daniel se encontró a sí mismo al extremo derecho.

Once años. Demasiado delgado. Un arañazo sobre la rodilla.

La gorra azul de los Chicago Bulls que había suplicado durante semanas hasta que su padre se la compró en un mercadillo y que después de aquel verano nunca volvió a ponerse.

Daniel apoyó una mano sobre la mesa. Conocía aquella fotografía.

No exactamente la imagen. La sensación. El calor.

El olor húmedo del bosque. Una voz diciendo que se dieran prisa.

El pitido agudo de un aparato. Después, nada.

—Papá.

Daniel levantó la mirada.

—Es de la excursión.

Clara cerró el portátil. Conocía la historia.

Todo el mundo en la familia conocía la historia.

La llamada excursión escolar había sido, en realidad, una salida del programa municipal de verano que utilizaba el colegio como sede y a dos docentes como responsables.

Cuando era pequeña, Daniel se la había contado como una aventura porque esa era la versión que podía contarse a una niña: se perdió en la montaña con seis amigos, pasaron unos días refugiados y finalmente encontraron el camino de vuelta.

Cuando Clara cumplió trece años buscó su nombre en internet. Encontró las noticias.