Los que volvieron el domingo EL MILAGRO DE SAN ROMÁN.
5%

EL MILAGRO DE SAN ROMÁN.

A partir de entonces dejó de llamarlo aventura.

—¿La tenías tú?

Daniel negó.

—No la había visto nunca.

Era mentira. O quizá no. Volvió a observarla. Irene. Marcos. Teresa. Julián. Bruno. Álex. Él. Daniel movió el índice sobre las cabezas. Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Retiró el dedo. Volvió a contar. Clara se había levantado del sofá.

—¿Qué?

Daniel no contestó. Contó una tercera vez.

Había ocho niños. El octavo estaba entre Marcos y él.

Era algo más bajo que los demás, con el pelo negro pegado a la frente y una camiseta blanca demasiado grande.

No sonreía. Miraba directamente al objetivo con una expresión que Daniel no supo interpretar.

Su expresión no parecía miedo ni seriedad; parecía estar esperando.

—¿Quién es? —preguntó Clara.

Daniel acercó tanto la fotografía que perdió el enfoque.

El niño tenía una pequeña mancha oscura en el hombro.

Tierra, probablemente. Una cuerda fina alrededor del cuello.

Quizá una llave. Quizá una medalla. Daniel buscó dentro de sí el mecanismo automático con el que la memoria entrega un nombre conocido. No encontró nada.

—No lo sé.

—¿Era de vuestra clase?

—No.

—¿De otro curso?

—No lo sé.

—Pero estaba con vosotros.

Una presión le cerró el pecho justo debajo del esternón.

—Eso parece.

Clara le quitó la fotografía con cuidado.

—Tú dijiste que erais siete.

—Éramos siete.

—Aquí sois ocho.

—Ya lo veo.

—Pues uno de los dos datos está mal.

Había heredado de su madre la capacidad de convertir cualquier discusión en una operación matemática. Daniel se sentó. Clara observó la foto.

—¿Cuándo desaparecisteis?

—El trece.

Ella señaló la esquina inferior.

—La foto es del trece.

—Muchas cámaras imprimían la fecha mal.

—También puede estar bien.

Daniel apoyó los antebrazos en la mesa y volvió a mirar al niño.

Algo empezó a ocurrirle. No fue un recuerdo.

Un recuerdo habría sido más fácil. Fue primero una sensación física: frío en los dedos pese al calor de agosto, seguida de la certeza absurda de que en la cocina faltaba aire.

Después apareció un sonido. Tres golpes metálicos.

Clang. Clang. Clang. Daniel cerró los ojos.

Agua. Durante un segundo vio agua negra corriendo bajo sus zapatillas. Abrió los ojos de golpe.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No tienes cara de sí.

Daniel le tendió la mano para recuperar la foto.

Cuando sus dedos tocaron el papel, vio algo detrás de la cabeza del niño.

Una línea vertical en la pared. Hormigón.

Una puerta. Y, encima, apenas visible entre el musgo, un círculo rojo.

Daniel conocía aquel círculo. No sabía de dónde. Pero lo conocía.

—¿Qué sitio es ese? —preguntó Clara.

—No tengo ni idea.

Esta vez supo que también estaba mintiendo. Le dio la vuelta a la fotografía. Había una frase escrita con tinta azul. Daniel necesitó leerla dos veces. Después una tercera. Clara se inclinó sobre su hombro.

—¿Qué pone?

Él apartó la foto demasiado tarde. Ella ya lo había visto.