CAPÍTULO 25 “Las marcas del alambrado”
El regreso desde Bahía Blanca fue más silencioso que todos los anteriores.
El traqueteo del carruaje acompañaba los pensamientos de cada uno.
Julián observaba el camino.
Clara mantenía la vista perdida en la llanura.
Mateo no podía apartar de su mente la cicatriz en el brazo de Anselmo.
No era el símbolo lo que lo inquietaba.
Era el hombre.
Anselmo había vivido siempre entre caminos, aguadas y alambrados.
Si alguien había querido borrar su memoria, era porque recordaba demasiado.
Al llegar a Médanos, Mateo no fue a la comisaría.
Tampoco a la fonda.
Pidió los caballos.
—¿Adónde vamos? —preguntó Julián.
—A Santa Amalia.
Clara levantó la vista.
—Creí que esperaríamos.
—Ya esperamos demasiado.
Si seguimos buscando respuestas en los papeles, terminaremos leyendo únicamente lo que otros quisieron dejar escrito.
Es hora de volver al campo.
La estancia seguía deshabitada.
El casco conservaba el aspecto fantasmal de la primera visita.
Las ventanas vacías parecían observarlos.
El galpón permanecía abierto.
Y el viento hacía golpear una vieja chapa contra la pared.
Mateo no se dirigió a la casa.
Tomó otro rumbo.
Caminó directamente hacia uno de los alambrados que dividían los potreros.
Se arrodilló.
Comenzó a examinar los postes.
Julián lo observó sin entender.
—¿Qué busca?
—Una mentira.
El joven frunció el ceño.
Mateo señaló el alambre.
—¿Cuántos años cree que tiene?
Julián pasó la mano sobre el metal.
—Muchos.
—No.
Este fue colocado hace menos de diez.
Clara también se acercó.
El comisario desprendió un pequeño clavo de sujeción.
—Mire la cabeza.
Es industrial.
Hace veinte años se usaban otros.
El alambrado no es el original.
Los tres comenzaron a recorrer lentamente la línea divisoria.
Cada cincuenta metros aparecía un poste viejo mezclado con otros mucho más recientes.
Era un trabajo extraño.
Como si alguien hubiera conservado parte del trazado anterior, modificando únicamente algunos tramos.
—¿Por qué harían eso? —preguntó Clara.
Mateo respondió sin dejar de caminar.
—Porque cambiar un límite completo despierta sospechas.
Cambiar unos pocos metros...
casi nunca.
Llegaron hasta una esquina del potrero.
Allí el alambrado hacía un quiebre inesperado.
No seguía una línea recta.
Describía una suave curva.
Mateo sacó una brújula del bolsillo.
Midió el rumbo.
Después consultó una copia de una vieja mensura.
Volvió a medir.
Y sonrió.
Era una sonrisa breve.
Pero distinta.
La sonrisa de quien acaba de encontrar un error.
—Aquí está.
Julián miró alrededor.
—¿Qué encontró?
Mateo clavó la punta del bastón en el suelo.
—El límite fue corrido.
No mucho.
Apenas unos treinta metros.
Pero en toda la extensión del campo.
Clara hizo rápidamente el cálculo.
Treinta metros durante varios kilómetros significaban una enorme superficie.
—Eso cambia cientos de hectáreas...
—Exactamente.
Y, lo más importante, cambia el lugar donde nace una aguada.
El viento levantó polvo sobre el camino.
Mateo caminó siguiendo la curva del alambrado.
Cada vez estaba más convencido.
No habían ocultado una fortuna.
Habían desplazado el paisaje.
La verdadera maniobra no consistía en falsificar un documento.
Consistía en hacer que, con el paso de los años, todos olvidaran dónde había estado realmente el límite.
Los mapas terminarían adaptándose.
Los recuerdos desaparecerían.
Y la mentira se convertiría en geografía.
Mientras hablaban, Clara observó algo en uno de los postes.
Una vieja muesca.
Muy desgastada.
No era el símbolo de las tres líneas y la cruz.
Era otra marca.
Dos pequeñas hendiduras horizontales.
Una encima de la otra.
Mateo las tocó con la yema de los dedos.
—Esto lo hizo un alambrador.
Julián preguntó:
—¿Qué significa?
El comisario respondió casi en un susurro.
—"Poste movido."
El joven abrió los ojos.
—¿Existe esa señal?
Mateo asintió.
—Mi padre me la enseñó.
Cuando dos cuadrillas discutían un deslinde, el primer alambrador dejaba una marca discreta para recordar cuál era el poste original.
Si aparecía otra cuadrilla y cambiaba el trazado...
quedaba constancia.
Clara sintió un estremecimiento.
Entonces Lorenzo Varela no había dejado únicamente rastros en los papeles.
Había dejado evidencia sobre el propio campo.
Una evidencia que solo otro hombre de campo podría reconocer.
Continuaron siguiendo las marcas.
Cada tanto aparecía un poste señalado.
Luego otro.
Y otro más.
No estaban separados por la misma distancia.
No formaban un dibujo.
Parecían simples anotaciones de trabajo.
Hasta que Mateo se detuvo.
Miró hacia atrás.
Después hacia adelante.
Sacó nuevamente la brújula.
Unió mentalmente las posiciones.
—No están marcando un alambrado...
Julián aguardó la conclusión.
Mateo levantó lentamente la vista hacia el horizonte.
—Están marcando el recorrido de un antiguo cauce.
Un cauce que ya no existía en la superficie.
Pero que, probablemente, seguía conduciendo agua bajo tierra.
"La Dormida."
Por primera vez, aquel nombre dejaba de ser una leyenda de baqueanos para convertirse en un lugar físicamente localizable.
Y, si el agua había definido durante generaciones los límites naturales de aquellas tierras, alterar su ubicación en los planos significaba mucho más que robar hectáreas.
Significaba borrar la memoria del territorio.
Cuando el sol comenzaba a caer, los tres emprendieron el regreso.
No advirtieron que, desde una loma distante, un hombre observaba cada uno de sus movimientos con unos prismáticos.
No llevaba sombrero.
Solo un viejo piloto oscuro.
Esperó hasta que los jinetes desaparecieron en el horizonte.
Entonces abrió una libreta.
Escribió una única frase:
Ferreyra encontró el alambrado.
Arrancó la hoja.
La dobló con cuidado.
Y la guardó en el bolsillo interior del saco.
No parecía preocupado.
Al contrario.
Su expresión revelaba una calma inquietante.
Como si aquel descubrimiento hubiera ocurrido exactamente cuando él esperaba.
Y eso significaba que la partida estaba entrando en una nueva etapa.
Porque, por primera vez, Mateo ya no seguía únicamente las huellas del pasado.
Estaba empezando a alterar los planes de quienes llevaban años creyendo que la tierra guardaría su secreto para siempre.