CAPÍTULO 24 “El consejo del silencio”
La habitación permanecía en penumbras.
Las ventanas estaban cubiertas por gruesas cortinas de lino.
Sobre la mesa había un mapa del sudoeste bonaerense, varias carpetas de cuero y una lámpara de petróleo cuya llama apenas iluminaba los rostros.
Eran cinco.
Ninguno ocupaba la cabecera.
No existía un lugar de honor.
Solo un círculo.
Como si todos hubieran aceptado, hacía muchos años, que el poder debía permanecer sin nombre.
El hombre de la voz grave fue el primero en hablar.
—Ferreyra encontró el bajo.
Otro respondió.
—Llegó tarde.
—Llegó demasiado cerca.
El silencio volvió a ocupar la habitación.
Una mujer, la única presente, abrió lentamente una carpeta.
Su voz era serena.
Sin nerviosismo.
—La fotografía desapareció.
El tercero asintió.
—También el reloj.
—Demasiado tarde.
El doble fondo ya había sido descubierto.
Nadie levantó la voz.
Aquellas personas no discutían.
Evaluaban.
Como si cada error fuera una operación matemática
El hombre sentado junto a la ventana habló por primera vez.
Su rostro permanecía completamente en sombras.
—¿Y Bianchi?
—No habló.
—¿Hablará?
El otro negó con seguridad.
—No.
Sigue creyendo que protegemos el mismo secreto.
Una leve sonrisa apareció en la oscuridad.
—Entonces todavía no entendió nada.
La mujer cerró la carpeta.
—¿Qué hacemos con el comisario?
Nadie respondió de inmediato.
Finalmente habló el hombre de la voz grave.
—Nada.
Las miradas se dirigieron hacia él.
—Cuanto más investiga...
más se acerca al sexto.
Y nosotros también.
La frase quedó suspendida en el aire.
No era una amenaza.
Era un cálculo.
Muy lejos de allí...
Mateo Ferreyra no podía dormir.
La desaparición de la fotografía lo había alterado más de lo que estaba dispuesto a admitir.
No porque creyera que aquella imagen resolviera el caso.
Sino porque demostraba algo mucho más peligroso.
Había alguien observándolos desde una distancia imposible.
No solo conocía sus movimientos.
Conocía sus dudas.
Al amanecer decidió caminar.
Sin rumbo.
Necesitaba ordenar las ideas.
Atravesó la plaza desierta.
Las baldosas aún conservaban el agua de la lluvia.
Al llegar frente a la iglesia encontró al padre Esteban Olmos barriendo las hojas del atrio.
El sacerdote levantó la cabeza.
—No esperaba verlo tan temprano.
Mateo sonrió apenas.
—Yo tampoco.
El padre apoyó la escoba contra una columna.
—Cuando no encuentro respuestas...
barro.
—¿Funciona?
—No.
Pero el movimiento ayuda a que las preguntas cambien de lugar.
Mateo rió por primera vez en varios días.
Fue una risa breve.
Sincera.
Entraron en la iglesia.
No había nadie.
La luz atravesaba los vitrales y dibujaba manchas de colores sobre el piso.
Mateo caminó lentamente por la nave central.
No era un hombre especialmente religioso.
Pero siempre había sentido respeto por el silencio de los templos.
El padre Olmos se sentó en el primer banco.
—¿Sabe cuál es el mayor problema de esta investigación?
Mateo pensó unos segundos.
—Que alguien mata para ocultar la verdad.
El sacerdote negó con suavidad.
—No.
El mayor problema es que usted sigue creyendo que existe una sola verdad.
El comisario lo miró sin comprender.
El padre continuó:
—Imagine que seis hombres presencian el mismo hecho.
Cada uno verá algo distinto.
Todos dirán la verdad.
Y, sin embargo...
ninguno contará toda la historia.
Aquellas palabras quedaron resonando en la mente de Mateo.
Toda la investigación había consistido en unir fragmentos.
Pero quizá el error estaba en intentar convertirlos en una única versión.
Tal vez el secreto había sobrevivido precisamente porque cada guardián protegía una parte diferente.
No un documento.
No un nombre.
Una mirada.
Al salir de la iglesia encontró a Julián esperándolo.
El joven traía el rostro desencajado.
—Comisario...
Mateo comprendió que algo grave había ocurrido.
—¿Qué pasó?
Julián respiró hondo.
—Encontraron a Anselmo Aguirre.
Por un instante pareció una buena noticia.
Luego el muchacho añadió:
—Está vivo.
Pero no recuerda quién es.
Dos horas después llegaron al pequeño hospital de Bahía Blanca.
Anselmo permanecía acostado junto a una ventana.
Tenía un vendaje alrededor de la cabeza.
Los ojos abiertos.
Vacíos.
El médico los recibió antes de entrar.
—La herida cicatrizará.
Pero sufrió un fuerte golpe.
No sabemos si la memoria volverá.
Mateo se acercó lentamente a la cama.
—Don Anselmo...
El anciano giró apenas la cabeza.
Lo observó con curiosidad.
Como si viera a un completo desconocido.
—¿Me conoce?
Silencio.
—¿Recuerda su nombre?
El viejo frunció el ceño.
Hizo un enorme esfuerzo.
Después negó muy despacio.
No recordaba nada.
Cuando ya se disponían a marcharse, ocurrió algo inesperado.
Una enfermera comenzó a cambiar las vendas.
Al levantar ligeramente el brazo izquierdo de Anselmo, Clara vio algo que el resto no alcanzó a distinguir.
En la cara interna del antebrazo había una antigua cicatriz.
No era una herida.
Era una marca deliberada.
Tres líneas paralelas.
Y una cruz.
El mismo símbolo.
Pero esta vez no estaba grabado en madera.
Ni en piedra.
Ni en metal.
Estaba marcado en la piel.
Clara sintió que el aire le faltaba.
Porque aquella cicatriz significaba una sola cosa.
Los guardianes del secreto no solo utilizaban aquel símbolo para señalar lugares.
También lo llevaban consigo.
Como un juramento imposible de borrar.
Y, si Anselmo lo llevaba en el brazo...
era evidente que había pertenecido a algo mucho más antiguo que una simple investigación sobre unas tierras. Había formado parte de una hermandad silenciosa cuya existencia apenas comenzaban a vislumbrar.