Los que enterraron el silencio CAPÍTULO 23 “El sexto hombre”
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CAPÍTULO 23 “El sexto hombre”

La lluvia había cesado.

Sobre los techos de chapa de Médanos comenzaban a filtrarse los primeros rayos del sol.

Sin embargo, dentro de la fonda el aire seguía siendo pesado.

Mateo volvió a desplegar el pequeño papel encontrado en el reloj.

Cinco nombres.

Y un corte limpio donde antes había existido un sexto.

No era un accidente.

Alguien había retirado únicamente ese fragmento.

Con precisión.

Con tiempo.

Como si supiera que, tarde o temprano, el reloj sería abierto.

Clara permanecía de pie junto a la ventana.

Miraba la plaza.

Pero no veía la plaza.

Veía la fotografía escondida en el costurero de su casa.

Veía el rostro del hombre del martillo.

Y volvía a escuchar la voz del desconocido.

"No se lo muestre todavía al comisario."

Por primera vez sintió que aquel secreto comenzaba a convertirse en una carga insoportable.

Cada nueva pista parecía acercarlos a la verdad.

Y ella retenía una pieza que podía cambiar el rompecabezas.

Se preguntó si aún estaba a tiempo de contar todo.

No encontró respuesta.

Mateo tomó una hoja limpia.

Escribió los cinco nombres formando una columna.

Después comenzó a anotar debajo de cada uno una palabra.

Pedro Mansilla: Biblioteca.

Emilio Ibáñez: Mensuras.

Lorenzo Varela: Alambrados.

Anselmo Aguirre: Caminos.

Nicolás Bianchi: Refugio.

Julián observó el papel.

—¿Qué significa?

—No estoy escribiendo quiénes eran.

Estoy escribiendo qué hacían.

El joven frunció el ceño.

Mateo continuó.

—Si alguien organizó esta red, no eligió personas al azar.

Eligió funciones.

Cada uno protegía una parte distinta.

Clara sintió un escalofrío.

No eran guardianes de un objeto.

Eran custodios de un conocimiento.

En ese momento llamaron a la puerta.

Tres golpes.

Secos.

Pausados.

Julián llevó la mano al revólver.

Mateo hizo un gesto negativo.

Fue él mismo quien abrió.

Del otro lado había un sacerdote.

Alto.

Delgado.

Con sotana negra cubierta de polvo.

Llevaba un sombrero en la mano.

Tendría unos cincuenta años.

Sus ojos grises transmitían un extraño cansancio.

—¿Comisario Ferreyra?

—Sí.

—Soy el padre Esteban Olmos.

Necesito hablar con usted.

A solas.

Se instalaron en un pequeño salón de la fonda.

El sacerdote no aceptó café.

Tampoco se quitó el abrigo.

Durante algunos segundos permaneció en silencio.

Como si estuviera decidiendo cuánto podía decir.

Finalmente habló.

—Conocí a Pedro Mansilla.

Mateo no mostró sorpresa.

Ya estaba acostumbrado a que el pasado apareciera cuando menos lo esperaba.

—¿Qué puede contarme?

El sacerdote bajó la vista.

—Que nunca creyó que la verdad pudiera permanecer enterrada para siempre.

Pero también decía otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Que, cuando llegara el momento, el peligro no vendría de quienes ocultaban el secreto.

Vendría de quienes intentaran usarlo.

Mateo apoyó lentamente los codos sobre la mesa.

Aquella idea era nueva.

Hasta entonces había imaginado dos bandos.

Los que ocultaban.

Y los que buscaban.

Pedro Mansilla, según el sacerdote, hablaba de un tercero.

Los que esperarían el momento oportuno para aprovechar la verdad.

No por justicia.

Sino por ambición.

El padre Olmos sacó un pequeño libro de oraciones.

Era viejo.

Muy usado.

Lo abrió por la mitad.

Entre dos páginas había una hoja seca de eucalipto.

La retiró con cuidado.

Debajo apareció un papel doblado.

—Esto me lo entregó Pedro.

Hace muchos años.

Me pidió que solo lo entregara si alguien pronunciaba cierto nombre.

Mateo sintió cómo se aceleraba el pulso.

—¿Qué nombre?

El sacerdote levantó lentamente la mirada.

—Lorenzo Varela.

El comisario tomó el papel.

Era apenas un cuarto de hoja.

No había firma.

Solo una frase escrita con tinta negra.

"El sexto no sabe que es el sexto."

Nada más.

Mateo leyó la frase una y otra vez.

No la comprendía.

El sacerdote tampoco pudo ayudarlo.

—Eso fue todo lo que dejó.

Nunca volvió a hablar del asunto.

Cuando el padre Olmos se marchó, Julián rompió el silencio.

—¿Y si el sexto murió antes de enterarse?

Mateo negó lentamente.

—No.

La frase está en presente.

"No sabe."

No dice...

"No supo."

Eso significa que, cuando Pedro escribió esto...

creía que esa persona seguía viva.

Y quizá aún lo esté.

Esa noche, Clara regresó a su casa decidida a sacar la fotografía del escondite.

Ya no podía seguir ocultándola.

Subió la escalera.

Abrió el costurero.

Levantó el falso fondo.

Se quedó inmóvil.

El sobre había desaparecido.

No estaba.

Revisó toda la habitación.

Los cajones.

El armario.

La cocina.

Nada.

La fotografía ya no estaba allí.

Respiró cada vez más rápido.

No había señales de haber forzado la puerta.

Ni una ventana abierta.

Alguien había entrado.

Había buscado exactamente ese sobre.

Y se había marchado sin tocar absolutamente nada más.

Clara apoyó ambas manos sobre la mesa para no caer.

Comprendió, con una mezcla de miedo y culpa, que ya era demasiado tarde para contarle la verdad a Mateo tal como había ocurrido.

Porque la prueba que había ocultado había desaparecido.

Y ahora tendría que explicarle no solo por qué había callado...

sino también por qué el único retrato posible de Lorenzo Varela había quedado, quizá para siempre, en manos de quienes llevaban décadas escribiendo la historia desde las sombras.

El peso de esa decisión cayó sobre ella con una fuerza insoportable.

Por primera vez desde el comienzo de la investigación, Clara entendió que el enemigo no solo iba un paso por delante.

También conocía los secretos que ellos aún no se habían confesado entre sí.