CAPÍTULO 22 “El reloj de Nicolás”
Durante unos segundos, nadie se movió.
El reloj seguía marcando el paso del tiempo con un tic-tac suave, casi insolente.
Mateo sostuvo la tapa abierta entre los dedos.
No era el mensaje lo que lo inquietaba.
Era el reloj.
Nicolás Bianchi jamás se habría separado de él.
Lo consultaba antes de servir el desayuno, al cerrar la fonda, cuando llegaba el tren y hasta para calcular cuánto tardaría en hervir el agua del café.
Aquel reloj no era un objeto.
Era una costumbre.
Y las costumbres no se abandonan por voluntad propia.
Julián regresó desde el patio.
—No hay rastros.
Ni sangre.
Ni caballos.
Mateo levantó la vista.
—Busque mejor.
El joven salió otra vez.
Esta vez no corrió.
Caminó.
Era una diferencia que el propio Mateo le había enseñado.
Los hombres que corren miran lejos.
Los hombres que caminan observan el suelo
Clara permanecía junto al mostrador.
Había algo que no terminaba de comprender.
La taza rota.
La silla caída.
El mantel seguía perfectamente extendido.
Se acercó despacio.
Recogió uno de los fragmentos de porcelana.
Lo observó a contraluz.
Después levantó la mirada.
—Mateo...
El comisario se volvió.
Ella señaló la mesa.
—La taza cayó hacia la puerta.
Él tardó un instante en entender.
Luego sonrió con admiración.
—No estaba sentado.
Se estaba levantando.
Clara asintió.
—Y alguien llamó desde afuera.
No entró por la fuerza.
Nicolás abrió voluntariamente.
Aquella simple observación cambiaba por completo la escena.
No había habido un asalto.
Nicolás había reconocido a quien llamaba.
Lo suficiente como para abrir la puerta sin sospechar.
Julián regresó pocos minutos después.
Traía algo en la mano.
Una hebilla de cuero.
Vieja.
Rota.
—Estaba junto al aljibe.
Mateo la tomó.
No pertenecía a una montura.
Era demasiado pequeña.
La dio vuelta.
En el reverso había unas letras apenas visibles.
F.B.
—¿Qué significan?
—No lo sé.
Pero averigüe .
Y no se lo pregunte al primero que encuentre.
Mientras tanto, en un lugar distante del pueblo...
Nicolás abrió lentamente los ojos.
Tardó unos segundos en comprender que estaba acostado sobre un catre.
La habitación era oscura.
El olor a madera húmeda impregnaba el aire.
Intentó incorporarse.
Tenía las manos atadas, aunque no con demasiada fuerza.
No estaba herido.
Solo aturdido.
La puerta se abrió.
Entró un hombre llevando un farol.
Su rostro permanecía oculto por la sombra del ala del sombrero.
—Buenos días, Nicolás.
El hotelero lo observó sin responder.
La voz le resultaba extrañamente conocida.
El desconocido dejó un jarro de agua sobre una silla.
—No voy a hacerle daño.
Al menos...
no si usted no me obliga.
Nicolás sonrió con cansancio.
—Eso suelen decir los cobardes.
El hombre permaneció en silencio unos instantes.
Después respondió con inesperada calma.
—Hace treinta años...
usted dijo exactamente la misma frase.
El color desapareció del rostro de Nicolás.
Era imposible.
Aquella conversación...
solo la había tenido una vez en su vida.
Con un hombre que, según todos, había muerto.
El desconocido acercó lentamente el farol.
La luz iluminó apenas una parte de su rostro.
No lo suficiente para identificarlo.
Pero sí para revelar una profunda cicatriz que cruzaba la mejilla izquierda.
Nicolás cerró los ojos.
Sus labios apenas se movieron.
—No...
No puede ser.
El hombre tomó asiento frente a él.
—Todos creen que vengo por la caja.
O por el plano.
Se equivocan.
Hizo una pausa.
Después añadió:
—Yo vengo por una promesa.
En la fonda, Mateo seguía examinando el reloj.
Lo abrió una vez más.
Algo llamó su atención.
La bisagra interior tenía un desgaste extraño.
Como si hubiera sido abierta y cerrada cientos de veces más de lo normal.
Introdujo cuidadosamente la uña entre la tapa y la contratapa.
La lámina de plata cedió apenas un milímetro.
Había un doble fondo.
Julián lo observaba conteniendo la respiración.
Mateo hizo palanca con la hoja de un cortaplumas.
La tapa interior terminó por desprenderse.
Dentro apareció un papel diminuto, doblado hasta formar un cuadrado del tamaño de una moneda.
No era una carta.
Era una lista.
Cinco nombres.
Escritos con tinta azul.
Emilio Ibáñez. Pedro Mansilla. Lorenzo Varela. Anselmo Aguirre. Nicolás Bianchi.
Nada más.
Ninguna explicación.
Ningún título.
Solo aquellos cinco nombres.
Clara sintió un frío recorrerle la espalda.
—Todos están relacionados con la investigación.
Mateo negó lentamente.
—No.
Hay algo mucho peor.
Los cuatro primeros habían desaparecido o muerto.
El quinto acababa de ser secuestrado.
Miró nuevamente la lista.
El orden no parecía casual.
Era una secuencia.
Y entonces advirtió un detalle que hasta ese momento había pasado inadvertido.
Debajo del quinto nombre quedaba un espacio.
Como si originalmente hubiera existido un sexto.
Pero alguien lo había recortado con una cuchilla muy fina.
Mateo sostuvo el papel frente a la luz.
El corte era limpio.
Reciente.
Alguien había querido borrar ese último nombre.
Y, sin embargo, al hacerlo había cometido un error.
Porque acababa de demostrar que la lista no estaba completa.
Todavía faltaba una persona.
Una persona cuya identidad era tan importante que alguien había preferido destruir el documento antes que permitir que su nombre llegara a manos del comisario.
Mateo dobló cuidadosamente el papel.
Por primera vez desde que había llegado a Médanos, sintió que la investigación no giraba alrededor de un crimen antiguo.
Giraba alrededor de un superviviente.
Y si ese superviviente seguía con vida...
era casi seguro que el enemigo también lo sabía.