Los que enterraron el silencio CAPÍTULO 17 “El molino de las ánimas”
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CAPÍTULO 17 “El molino de las ánimas”

El molino se alzaba a unos ocho kilómetros de Médanos.

Era una construcción de piedra y ladrillo, levantada muchos años antes para abastecer de agua a varias estancias vecinas. El viento hacía girar lentamente la rueda metálica, cuyo chirrido se escuchaba desde muy lejos.

Los viejos pobladores lo llamaban el Molino de las Ánimas .

No porque ocurrieran hechos sobrenaturales.

Sino porque, según decían, todo hombre que llegaba allí cargaba con algún recuerdo del que nunca lograba desprenderse.

Mateo desconocía esa historia.

Clara sí.

Y, precisamente por eso, decidió no contarle nada.

A la mañana siguiente apareció en la fonda con el rostro sereno.

Había dormido muy poco.

La fotografía seguía escondida dentro del doble fondo de su costurero.

Cuando Mateo levantó la vista de los documentos, advirtió inmediatamente su cansancio.

—¿Se siente bien?

Ella sonrió.

—Dormí poco.

—Todos dormimos poco.

La respuesta fue amable.

Pero Clara sintió un leve remordimiento.

Por primera vez le estaba ocultando algo.

No era una mentira.

Era un silencio.

Y comenzaba a comprender que los silencios también podían convertirse en una forma de traición.

Mateo desplegó el mapa sobre la mesa.

—Hoy quiero volver al bajo.

Clara sintió un sobresalto.

—¿Otra vez?

—Sí.

Hay algo que todavía no vimos.

Ella dudó apenas un instante.

Luego habló con aparente naturalidad.

—Antes quisiera pasar por el viejo molino.

El comisario levantó la vista.

—¿Por qué?

Clara improvisó.

—Mi padre solía detenerse allí cuando trabajaba en el campo.

Tal vez alguien recuerde haberlo visto.

Mateo permaneció pensativo.

No era una mala idea.

De hecho, encajaba con la lógica de la investigación.

—Bien.

Iremos primero al molino.

Clara bajó discretamente la mirada.

Había conseguido cambiar el rumbo del día.

Pero aquello aumentó aún más su inquietud.

Porque ya no solo ocultaba una prueba.

Ahora también estaba conduciendo la investigación.

El camino hacia el molino atravesaba un paisaje distinto.

Los médanos cedían lugar a pequeñas depresiones cubiertas de pastos altos.

El viento movía las aspas mucho antes de que el edificio apareciera en el horizonte.

Cuando finalmente llegaron, encontraron el lugar completamente vacío.

El molino seguía funcionando.

Pero la casa contigua parecía abandonada.

Las ventanas estaban cerradas.

La pintura descascarada.

El corral, sin animales.

Julián desmontó primero.

—No parece vivir nadie.

Mateo observó el terreno.

Había huellas.

No muchas.

Pero recientes.

Alguien seguía pasando por allí.

Mientras recorrían el lugar, Clara sintió un nudo en el estómago.

La fotografía decía:

"Buscá al hombre del molino."

No hablaba del edificio.

Hablaba de una persona.

Pero ¿quién?

¿El molinero?

¿Un peón?

¿Alguien que ya había muerto?

La incertidumbre comenzaba a pesar tanto como el secreto que guardaba.

Fue Julián quien descubrió el primer detalle.

—Comisario...

Mire esto.

Detrás del galpón había una vieja piedra de afilar.

Sobre ella descansaban limaduras de hierro.

Muy recientes.

Mateo pasó un dedo sobre el polvo metálico.

Todavía brillaba.

—Aquí trabajó alguien hace poco.

A pocos pasos encontraron una fragua improvisada.

Pequeña.

Mucho más nueva que el resto de las instalaciones.

No pertenecía al antiguo molino.

Había sido instalada hacía apenas unos meses.

Sobre una mesa de trabajo descansaban varias herramientas.

Y una pieza de hierro a medio terminar.

Mateo la tomó.

Era un pequeño cilindro.

Perforado.

Con una tapa roscada.

Lo giró entre las manos.

—¿Qué es?

Julián respondió primero.

—Parece un tubo para guardar papeles.

Clara sintió un escalofrío.

Un cilindro.

Como el del capítulo oculto en el pasado.

No dijo nada.

En ese momento oyeron el ruido de una puerta.

Un anciano salió lentamente de la casa.

Muy delgado.

Cabello completamente blanco.

Apoyado en un bastón.

Los observó sin sorpresa.

Como si supiera que tarde o temprano llegarían.

—Buenos días.

Mateo dio un paso al frente.

—¿Vive aquí?

—Desde hace cuarenta años.

—Buscamos al hombre del molino.

El anciano sonrió con una tristeza difícil de explicar.

—Entonces llegaron demasiado tarde.

El comisario sintió que aquella frase comenzaba a perseguirlo.

—¿Murió?

El viejo negó.

—No.

Se fue.

—¿Cuándo?

—Hace tres noches.

Exactamente la noche del incendio del juzgado.

Los tres intercambiaron una rápida mirada.

No podía ser casualidad.

El anciano continuó:

—Dejó esto.

Entró nuevamente en la casa.

Regresó con un pequeño paquete envuelto en arpillera.

Lo entregó a Mateo.

Pesaba sorprendentemente poco.

El comisario retiró la tela.

Dentro había un cilindro de hierro idéntico al que acababan de encontrar sobre la mesa.

Pero este estaba cerrado.

Y en la tapa llevaba grabadas tres líneas paralelas y una cruz.

El mismo símbolo.

Mateo desenroscó lentamente la tapa.

En el interior no había documentos.

Solo un papel doblado.

Lo abrió.

Era un plano muy sencillo del partido de Villarino.

Sobre él, una línea roja unía tres lugares.

El bajo de las garzas.

El molino.

Y un tercer punto marcado únicamente con una palabra.

"La Dormida".

Mateo levantó lentamente la vista.

—¿Qué es La Dormida?

El anciano dejó escapar un largo suspiro.

Miró el horizonte antes de responder.

—No es un pueblo.

No es una estancia.

Ni siquiera figura en los mapas.

Hizo una pausa.

Luego añadió:

—La Dormida...

es el nombre que daban los baqueanos al único lugar donde el agua desaparece de la superficie...

pero sigue corriendo por debajo de la tierra.

El viento hizo girar las aspas del molino con un gemido profundo.

Mateo comprendió que todas las pistas convergían, por fin, en un mismo destino.

Pero también comprendió otra cosa.

Si aquel sitio no aparecía en ningún mapa oficial...

solo podrían encontrarlo siguiendo la memoria de quienes aún conservaban el paisaje en la cabeza.

Y esas personas eran cada vez menos.

Mientras el grupo abandonaba el molino, el anciano permaneció inmóvil junto a la puerta.

Esperó a que se alejaran.

Entonces miró hacia la loma del este.

Durante apenas un segundo.

Como si supiera que alguien observaba desde allí.

Después entró en la casa y cerró la puerta.

No estaba solo.

Nunca lo había estado.