CAPÍTULO 16 “Confianzas”
La noche cayó lentamente sobre Médanos.
Después del incendio del juzgado y de la desaparición de Anselmo Aguirre, el pueblo parecía haberse recogido antes de tiempo.
Las ventanas permanecían cerradas.
Las calles estaban vacías.
Ni siquiera el piano de la fonda sonó aquella noche.
Nicolás apagó una lámpara tras otra.
Solo dejó encendida la del comedor.
Mateo permanecía sentado frente al mapa.
No escribía.
No leía.
Simplemente observaba las líneas que él mismo había trazado.
Cada nombre parecía conducir a otro.
Cada respuesta abría una nueva pregunta.
Julián entró en silencio.
Traía dos vasos y una botella de ginebra.
Sirvió apenas un dedo.
Empujó uno de los vasos hacia el comisario.
—Hace dos noches que no duerme.
Mateo sonrió apenas.
—Vos tampoco.
—Pero yo no llevo la investigación sobre los hombros.
Durante unos instantes ninguno habló.
El silencio entre ambos era cómodo.
El de dos hombres que ya no necesitaban llenar cada pausa con palabras.
—¿Siempre fue policía? —preguntó Julián.
Mateo giró lentamente el vaso entre los dedos.
—No.
—¿Qué hacía antes?
Una sombra de nostalgia cruzó su rostro.
—Quería ser maestro.
Julián levantó la vista, sorprendido.
Mateo soltó una leve risa.
—Mi padre lo era.
En una escuela rural.
Decía que enseñar a pensar era más importante que enseñar a obedecer.
El joven apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Y por qué no siguió ese camino?
El comisario permaneció un momento en silencio.
Luego respondió con sencillez.
—Porque un hombre mató a mi padre.
La frase quedó suspendida en el aire.
No hubo dramatismo.
Solo una verdad dicha sin adornos.
—¿Lo encontraron?
Mateo asintió.
—Sí.
Pero nunca supimos quién lo mandó.
Julián comprendió entonces algo que hasta ese momento se le había escapado.
Su superior no perseguía únicamente culpables.
Perseguía las preguntas que nunca habían tenido respuesta.
En ese mismo instante, Clara caminaba sola hacia su casa.
La calle estaba desierta.
El viento arrastraba pequeños remolinos de arena entre los árboles de la plaza.
Al doblar una esquina, creyó escuchar cascos.
Se detuvo.
Nada.
Continuó.
Los volvió a oír.
Esta vez más cerca.
Aceleró el paso.
Los cascos también.
Cuando llegó al portón de su casa, una voz surgió desde la oscuridad.
—Señorita Ibáñez.
Clara quedó inmóvil.
No veía a nadie.
—No tenga miedo.
No vengo a hacerle daño.
Un hombre salió lentamente de entre las sombras.
Vestía ropa de campo.
Sombrero gris.
Bufanda oscura.
El ala del sombrero ocultaba parcialmente el rostro.
—¿Quién es usted?
El desconocido no respondió.
Sacó un pequeño sobre del bolsillo del saco.
Se lo tendió.
—Su padre me pidió que esto llegara a sus manos.
Clara sintió que el corazón se detenía por un instante.
—Mi padre murió hace diez años.
—Lo sé.
Por eso tardé tanto.
Ella no extendió la mano.
El hombre dejó el sobre sobre el pilar del portón.
Retrocedió dos pasos.
—No se lo muestre todavía al comisario.
Clara abrió los ojos con incredulidad.
—¿Cómo sabe...?
Pero el hombre ya montaba su caballo.
Antes de alejarse, dijo una última frase.
—No todos los que guardaron silencio fueron cobardes.
Algunos...
solo intentaban que sus hijos llegaran vivos a la edad adulta.
El caballo desapareció entre la oscuridad.
Tan silenciosamente como había llegado
Clara permaneció inmóvil durante varios minutos.
Miraba el sobre.
No se atrevía a tocarlo.
Finalmente lo tomó.
No tenía nombre.
Solo un pequeño sello de lacre completamente agrietado.
Entró en su casa.
Cerró cuidadosamente todas las ventanas.
Corrió las cortinas.
Se sentó junto a la mesa de la cocina.
Respiró hondo.
Y rompió el sello.
Dentro encontró una única hoja.
No era una carta.
Era una fotografía.
En blanco y negro.
Mostraba a seis hombres de pie frente a una tranquera.
Uno de ellos era, sin ninguna duda, su padre.
Mucho más joven.
Vestía ropa de trabajo.
Sonreía.
A su lado había un hombre alto de barba espesa.
Otro sostenía un plano enrollado.
Y, detrás de todos, apenas visible, aparecía el cartel de una estancia.
Solo podían leerse las dos primeras letras.
SA...
Santa Amalia.
Clara sintió que las manos comenzaban a temblarle.
Volteó lentamente la fotografía.
En el reverso había una inscripción escrita con la letra inconfundible de Emilio Ibáñez.
"Si algún día alguien vuelve a preguntar, buscá al hombre del molino. Él conoce el último camino."
La joven cerró los ojos.
El hombre del molino.
Recordó de inmediato al niño que había llevado el sombrero aquella tarde.
El molino.
No era una coincidencia.
Guardó la fotografía nuevamente en el sobre.
Durante varios minutos permaneció inmóvil.
Podía ir inmediatamente a la fonda y mostrársela a Mateo.
Era lo correcto.
Sin embargo...
las palabras del desconocido seguían resonando en su cabeza.
"No se lo muestre todavía al comisario."
Por primera vez desde que comenzó la investigación, Clara ocultó deliberadamente una prueba.
No porque desconfiara de Mateo.
Sino porque, por primera vez, no estaba segura de quién estaba moviendo realmente las piezas de aquella partida.
Y esa pequeña decisión, nacida de la duda y no de la mala fe, cambiaría para siempre la relación entre ambos.