CAPÍTULO 15 “La casa del baqueano”
La puerta seguía balanceándose con un crujido lento.
Una ráfaga de viento atravesó la vivienda y apagó el resto de la vela consumida.
El silencio que quedó fue casi absoluto.
Mateo permaneció inmóvil en el umbral.
Había aprendido que las casas hablaban.
No con palabras.
Con los pequeños detalles que sus habitantes dejaban sin advertir.
Entró despacio.
El suelo era de ladrillo cocido, gastado por décadas de pasos.
No había señales de pelea.
Ningún mueble roto.
Ninguna silla caída.
La cama estaba tendida.
Sobre una repisa descansaban un rosario, un cuchillo de cabo de asta y una fotografía descolorida de un grupo de soldados junto a una carpa militar.
Todo parecía indicar que Anselmo Aguirre había abandonado la casa por voluntad propia.
Pero había algo que no encajaba.
Mateo se acercó a la cocina.
La olla todavía conservaba un poco de guiso.
Introdujo la punta de una cuchara.
El contenido estaba frío.
Sin embargo, aún no se había endurecido por completo.
—No hace mucho que se fue —murmuró.
Julián observó la mesa.
Había un plato.
Un vaso.
Y una taza de café.
Solo uno de cada cosa.
—Esperaba a alguien.
Mateo negó con la cabeza.
—No.
Esperaba comer solo.
El segundo plato nunca llegó a ponerse.
Eso significa que la visita lo sorprendió.
Clara recorría lentamente la habitación principal.
No buscaba documentos.
Buscaba costumbres.
Sobre una cómoda descubrió una caja de madera.
Dentro había pequeñas piedras de distintos colores.
Cada una llevaba escrito un nombre con tinta.
—¿Qué es esto?
Mateo tomó una de las piedras.
Decía:
Salitral.
Otra:
Las Tunas.
Otra:
El Cardal.
Julián sonrió.
—Parece una colección.
Entonces Clara comprendió.
—No.
Son recuerdos.
Mateo levantó la vista.
Ella explicó:
—Mi padre hacía algo parecido.
Traía una piedra de cada lugar donde trabajaba.
Decía que la tierra tenía memoria.
El comisario volvió a guardar cuidadosamente las piedras.
Cada una representaba un sitio conocido por el baqueano.
Y quizá un camino recorrido muchas veces.
Mientras revisaban el galpón, Julián encontró las monturas.
Había dos.
Una colgaba del soporte.
La otra no.
Mateo pasó la mano por la marca de polvo.
Era reciente.
—Se llevó un caballo.
—¿Cuándo?
—Hace menos de un día.
Julián miró hacia el corral.
Quedaban tres animales.
Uno relinchó al verlos.
—¿Y si simplemente salió?
Mateo observó el estado del apero restante.
—Anselmo era demasiado ordenado.
No habría dejado el bozal tirado.
Ni la cincha sin limpiar.
Alguien lo obligó a salir con apuro.
Fue Clara quien encontró el detalle más extraño.
En la pared del galpón había un viejo mapa del partido.
Muy deteriorado.
Las esquinas estaban sujetas con clavos.
No tenía anotaciones.
Solo una pequeña cruz dibujada con carbón.
No estaba sobre Santa Amalia.
Ni sobre el bajo de las garzas.
Marcaba un punto mucho más al oeste.
Cerca del límite con La Pampa.
Mateo acercó el rostro.
Junto a la cruz, apenas visible, había una palabra escrita con letra temblorosa.
"Dormida."
—¿Qué significa?
Clara negó.
—No conozco ningún paraje con ese nombre.
Julián tampoco.
Pero Mateo permaneció pensativo.
No estaba convencido de que fuera un nombre.
Quizá fuera una indicación.
O una advertencia.
Antes de abandonar la casa, el comisario volvió a mirar la fotografía de los soldados.
La sacó cuidadosamente del marco.
En el reverso había una dedicatoria.
"A mi amigo Anselmo, que siempre encuentra el camino aunque el mapa se equivoque."
No estaba firmada.
Solo llevaba una fecha.
1908.
Mateo sonrió por primera vez en varios días.
Era una frase sencilla.
Pero encerraba una verdad.
Los mapas podían mentir.
El terreno no.
Ya montaban los caballos cuando un niño apareció corriendo por el sendero.
Tendría unos diez años.
Respiraba con dificultad.
—¡Comisario!
Mateo desmontó.
—¿Qué ocurre?
El chico extendió un sombrero de fieltro.
Era viejo.
Polvoriento.
En el interior, sujeto con una espina de tala, había un pequeño papel doblado.
—Lo encontré cerca del molino.
Dijeron que era para usted.
—¿Quién lo dijo?
El niño dudó.
—Un hombre.
—¿Cómo era?
—No le vi la cara.
Tenía un pañuelo en el cuello.
Y montaba un caballo moro.
Mateo intercambió una mirada con Julián.
El muchacho había desaparecido antes de que pudieran hacer más preguntas.
Abrió el papel.
No había amenazas.
No había advertencias.
Solo un dibujo.
Una línea ondulada.
Otra recta.
Y un círculo negro.
En la parte inferior, una frase escrita con la misma caligrafía elegante de la primera carta anónima.
"Los hombres buscan caminos. La verdad siempre sigue el agua."
Mateo dobló el papel con cuidado.
Era la segunda vez que recibía un mensaje del desconocido.
Pero había una diferencia fundamental.
La primera carta intentaba alejarlo.
Esta...
parecía estar guiándolo.
Levantó la vista hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a caer detrás de los médanos.
Por primera vez desde que llegó a Villarino, comprendió que no había un solo jugador moviendo las piezas.
Había, al menos, dos fuerzas enfrentadas.
Una quería borrar el pasado para siempre.
La otra, oculta e igualmente cautelosa, parecía empeñada en conducirlo, paso a paso, hacia una verdad que todavía no se atrevía a revelar.
Y esa certeza era, quizá, la más inquietante de todas.
Porque en una partida donde nadie mostraba el rostro, incluso la ayuda podía ser una trampa.