CAPÍTULO 14 “El hombre que no dormía”
El amanecer encontró a Mateo sentado junto a la ventana de la fonda.
No había conciliado el sueño.
Sobre la mesa permanecían abiertas las cuatro carpetas rescatadas del incendio, el cuaderno de tapas verdes, la cinta telegráfica y una hoja donde había comenzado a dibujar un mapa.
No era un mapa del partido de Villarino.
Era un mapa de personas.
En el centro había escrito una sola palabra:
Santa Amalia.
Desde ella partían líneas hacia distintos nombres.
Pedro Mansilla.
Emilio Ibáñez.
Benigno Roldán.
El operador del telégrafo.
Tomás Arce.
Clara.
Y, separado del resto por un círculo, otro nombre.
¿Soria?
Mateo tomó el lápiz y tachó el signo de interrogación.
Después escribió debajo:
Nombre falso.
Se recostó en el respaldo.
Por primera vez comprendía que no estaba siguiendo un rastro.
Estaba entrando en una organización.
No necesariamente una banda criminal.
Algo más antiguo.
Más silencioso.
Una red de personas que, durante años, habían sabido exactamente qué decir...
y, sobre todo, qué callar.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
Era Julián.
Traía el diario de Bahía Blanca.
—Llegó con el tren de esta madrugada.
Mateo tomó el ejemplar casi por costumbre.
La primera plana hablaba de cosechas, exportaciones y política provincial.
Nada sobre el incendio del juzgado.
Nada sobre la muerte del telegrafista.
Como si Médanos no existiera.
Pasó varias páginas sin demasiado interés.
Hasta que un pequeño aviso llamó su atención.
No ocupaba más de cinco líneas.
Se solicita agrimensor con experiencia en mensuras rurales para importante establecimiento del sudoeste bonaerense. Excelente remuneración. Presentarse en Bahía Blanca.
No había nombre del establecimiento.
Ni del propietario.
Solo una dirección para dejar antecedentes.
Mateo leyó el anuncio dos veces.
Luego una tercera.
—¿Qué encontró? —preguntó Julián.
El comisario dobló el diario.
—Tal vez nada.
O tal vez alguien necesita reemplazar a un agrimensor.
Poco después fueron hasta la estación del ferrocarril.
El jefe de estación, don Rogelio Castaños, era un hombre meticuloso que llevaba veinte años controlando horarios y cargas.
Su oficina olía a aceite, carbón y papeles viejos.
Mientras revisaba unos registros, respondió sin levantar demasiado la vista.
—Sí, ese aviso salió hace tres días.
—¿Sabe quién lo publicó?
—No.
Llegó desde Bahía Blanca.
Pagaron en efectivo.
Mateo apoyó una moneda sobre el mostrador.
No como soborno.
Como gesto de cortesía.
—¿Recuerda quién trajo el formulario?
Rogelio pensó unos segundos.
—No.
Pero sí recuerdo algo raro.
Mateo esperó.
—El hombre no tomó el tren.
Llegó a caballo.
Entregó el aviso.
Y volvió a irse por el mismo camino.
Julián frunció el ceño.
—¿Solo para publicar un anuncio?
—Eso mismo pensé yo.
Cuando salieron de la estación, Mateo permaneció unos instantes observando las vías.
El hierro brillaba bajo el sol.
Miles de kilómetros unían aquellos pueblos con el resto del país.
Sin embargo...
algunas noticias viajaban.
Otras no.
Alguien decidía qué llegaba y qué quedaba atrapado entre los médanos.
Esa tarde visitaron nuevamente a Evaristo Molina.
El viejo herrero seguía trabajando.
El sonido del martillo parecía marcar el ritmo del pueblo.
Mateo le mostró el dibujo de las tres líneas y la cruz.
El anciano dejó el hierro sobre el yunque.
No habló de inmediato.
Luego tomó un carbón y dibujó otro símbolo sobre una tabla.
Un círculo atravesado por una línea vertical.
—¿Lo conoce?
Mateo negó.
—No.
—Es una marca de carreteros.
Hace muchos años se usaba para señalar aguadas seguras.
El comisario sintió un sobresalto.
—¿Aguadas?
—Sí.
En la campaña había lugares donde el agua permanecía incluso durante las sequías.
Quien conocía esas aguadas...
conocía la vida de la región.
Mateo recordó la frase del cuaderno.
"Busquen el agua."
No se refería únicamente a un bajo.
Quizá hablaba de una aguada específica.
Un sitio conocido solo por baqueanos, arrieros y viejos pobladores.
—¿Todavía existen esas marcas?
Evaristo negó lentamente.
—Casi nadie las recuerda.
Los jóvenes ya no las usan.
Pero hay un hombre que podría saber más.
—¿Quién?
El herrero apoyó ambas manos sobre el yunque.
—Anselmo Aguirre.
Fue baqueano del Ejército cuando era muchacho.
Conoce estos campos mejor que cualquier plano.
Si alguien puede encontrar un lugar guiándose por el agua...
es él.
Al caer la tarde, Mateo y Julián cabalgaron hasta las afueras del pueblo.
La casa de Anselmo Aguirre se alzaba sola, rodeada por tamariscos castigados por el viento.
No había humo saliendo de la chimenea.
Ni animales en el corral.
Solo silencio.
Demasiado silencio.
Mateo desmontó lentamente.
La puerta principal estaba entreabierta.
Empujó con suavidad.
Las bisagras chirriaron.
Dentro, la mesa seguía servida para una sola persona.
El mate conservaba agua en la caldera.
Una vela se había consumido por completo.
Pero no había nadie.
Julián recorrió las habitaciones.
Volvió pocos minutos después.
—No está.
Mateo se inclinó junto al piso de tierra.
Había huellas.
Muchas.
Algunas recientes.
Otras no.
Y, cerca del umbral, algo llamó su atención.
Una pequeña medalla de plata.
Redonda.
Con la imagen de San Benito en un lado.
Y, en el otro, unas iniciales grabadas a mano.
A. A.
Mateo la sostuvo entre los dedos.
No parecía caída por accidente.
Estaba demasiado visible.
Como si hubiera sido dejada allí deliberadamente.
Miró hacia la puerta abierta.
Luego hacia el horizonte.
Y comprendió que habían vuelto a llegar tarde.
Pero esta vez...
Anselmo Aguirre no había dejado un mensaje escrito.
Había dejado una ausencia.
Y, en una investigación donde cada testigo desaparecía antes de poder hablar, aquella ausencia comenzaba a pesar tanto como cualquier cadáver.