CAPÍTULO 8 “Las huellas del agua” #2
El viejo sacó una petaca del bolsillo.
Bebió apenas un trago.
Después señaló el horizonte con el mentón.
—¿Ve aquellos eucaliptos?
Mateo siguió la dirección indicada.
A lo lejos se distinguía una pequeña mancha verde.
—Sí.
—Antes no estaban.
Los plantaron para que desde lejos nadie pudiera ver lo que había detrás.
Julián frunció el ceño.
—¿Y qué había detrás?
Benigno volvió a sonreír.
Era una sonrisa cansada.
—Eso llevo cuarenta años preguntándome.
El alambrador volvió a trabajar como si la conversación hubiera terminado.
Mateo comprendió que no obtendría más respuestas presionándolo.
Se dispuso a montar.
Entonces Benigno habló otra vez, sin dejar de mirar el alambre.
—Comisario.
Mateo se volvió.
—Si de verdad busca la verdad...
deje de preguntar quién mató.
Empiece a preguntar quién heredó.
El viento pareció detenerse un instante.
Aquella frase era distinta a todas las anteriores.
No apuntaba al crimen.
Apuntaba al beneficio.
Y Mateo sabía que, en toda investigación compleja, seguir el beneficio era muchas veces más revelador que seguir la violencia.
—¿Quién heredó qué?
El viejo negó con la cabeza.
—Eso ya no puedo decírselo yo.
Busque las mensuras.
Las primeras.
No las que hicieron después.
Las otras.
Las que desaparecieron
Cuando se alejaban, Julián permaneció varios minutos en silencio.
Finalmente preguntó:
—¿Qué son exactamente las mensuras?
Mateo acomodó las riendas.
—Son los planos que fijan los límites de un campo.
Sin ellos, la tierra puede contar muchas historias.
Con ellos...
solo una.
El joven reflexionó unos instantes.
—¿Y si alguien cambió esos planos?
Mateo miró hacia la línea de eucaliptos que Benigno les había señalado.
—Entonces quizá no estemos investigando solamente un crimen.
Quizá estemos investigando el nacimiento de una fortuna.
El viento volvió a soplar con fuerza.
Las espigas ondularon como un mar dorado.
Y, por primera vez, la investigación dejó de girar únicamente alrededor de una desaparición.
Comenzaba a insinuar una pregunta mucho más peligrosa:
¿Cuántas vidas habían sido necesarias para construir el poder que dominaba Médanos?
El nombre quedó dando vueltas en la cabeza de Mateo durante todo el camino de regreso.
Mensuras.
No era una palabra que despertara emociones.
Ni miedo.
Ni curiosidad.
Sin embargo, en la campaña bonaerense una mensura podía decidir la riqueza de una familia durante generaciones.
Una línea trazada algunos metros más allá.
Un arroyo mal ubicado.
Un mojón desplazado.
Y cientos de hectáreas cambiaban de dueño sin que un solo disparo fuera necesario.
Mientras avanzaban hacia Médanos, Julián rompió el silencio.
—¿Quién hacía esas mensuras?
—Agrimensores autorizados por la provincia.
Después intervenían escribanos, jueces y el Registro de la Propiedad.
—Demasiada gente.
Mateo asintió.
—Precisamente por eso es difícil alterar una.
No basta con un hombre.
Hace falta una cadena.
La respuesta dejó pensativo al joven.
Hasta entonces había imaginado un asesino.
Ahora empezaba a comprender que tal vez enfrentaban algo mucho más complejo.
Al entrar al pueblo, Mateo no se dirigió a la comisaría.
Tampoco a la fonda.
Tomó una calle lateral que desembocaba frente a una casona antigua.
Sobre la puerta colgaba un discreto cartel de hierro.
Escribanía Pública
Julián lo miró con sorpresa.
—¿Conoce al escribano?
—No.
—Entonces...
—Hoy vamos a conocerlo.
La oficina olía a cuero, tinta y papel recién humedecido.
Las estanterías estaban repletas de protocolos encuadernados.
Cada tomo representaba años de compraventas, herencias, hipotecas y poderes.
Un hombre de unos cincuenta y cinco años levantó la vista desde el escritorio.
Vestía un traje oscuro perfectamente planchado.
Lentes de armazón fino.
Cabello peinado con una raya impecable.
Su rostro era correcto.
Demasiado correcto.
—Buenos días.
Soy Tomás Arce .
¿En qué puedo ayudarlos?
Mateo se presentó.
No ocultó su condición de comisario.
El escribano hizo un leve gesto de cortesía.
Sin embargo, algo cambió en su expresión.
Fue apenas una sombra.
Una cautela que apareció y desapareció en un instante.
—Necesito consultar algunas mensuras antiguas.
Arce apoyó lentamente la pluma sobre el escritorio.
—¿De qué propiedad?
—Santa Amalia.
El silencio fue absoluto.
Ni siquiera el viejo reloj de pared parecía atreverse a marcar los segundos.
Finalmente, el escribano respondió.
—Ese nombre hace muchos años que no figura en esta oficina.
—¿Figuró alguna vez?
—Sí.
Hace mucho.
—¿Puedo consultar los protocolos?
Arce permaneció inmóvil.
Luego se levantó.
Caminó hacia una biblioteca.
Pasó los dedos por varios lomos.
Extrajo un volumen.
Lo abrió.
Pasó algunas páginas.
Después otro.
Y otro más.
Regresó al escritorio con las manos vacías.
—Lo lamento.
No encuentro ninguna referencia.
Mateo observó los estantes.
No dudaba de que el escribano conocía perfectamente la ubicación de cada libro.
Había tardado demasiado poco para buscar de verdad.
Y demasiado tiempo para fingir que buscaba.
—¿Hace cuánto ejerce en Médanos?
—Veintisiete años.
—Entonces no estuvo aquí cuando desapareció Santa Amalia.
Arce negó con serenidad.
—No.
Mi padre ocupaba este despacho.
La frase despertó el interés de Mateo.
—¿Su padre también era escribano?
—Lo fue durante cuarenta años.
—¿Conserva sus papeles personales?
El escribano sonrió apenas.
—Los notarios aprendemos muy pronto que lo personal y lo profesional nunca deben mezclarse.
Era una buena respuesta.
Demasiado buena.
Mateo comenzó a sospechar que Tomás Arce era un hombre acostumbrado a responder preguntas sin revelar absolutamente nada.
Mientras conversaban, Julián se había acercado a una vitrina donde se exhibían antiguos instrumentos de medición.
Compases.
Reglas.
Escuadras de bronce.
Entre ellos llamó su atención un cilindro de cuero, largo y estrecho.
—¿Qué guarda aquí?
Arce volvió la cabeza.
—Planos.
Los originales se transportaban enrollados.
Julián señaló el cilindro.
—¿Y ese?
—Está vacío.
Mateo advirtió algo curioso.
El escribano había respondido sin acercarse a comprobarlo.
Como si supiera perfectamente qué contenía.
O qué no contenía.
Antes de despedirse, Mateo formuló una última pregunta.
—¿Conoció a un agrimensor llamado Soria?
Por primera vez desde que comenzó la entrevista, Tomás Arce frunció el ceño con auténtica sorpresa.
—¿Soria?
—Sí.
—No recuerdo ninguno.
La respuesta fue inmediata.
Espontánea.
Y, precisamente por eso, Mateo la creyó.
No todos mentían.
Algunos simplemente ignoraban una parte de la historia.
Eso significaba que el nombre utilizado en el hotel probablemente tampoco era verdadero.
Salieron de la escribanía sin haber obtenido un solo documento.
Pero Mateo no parecía decepcionado.
Julián lo notó.
—No conseguimos nada.
El comisario sonrió.
—Conseguimos una certeza.
—¿Cuál?
—Que Santa Amalia existió.
Y que todavía hay personas que se incomodan cuando se pronuncia ese nombre.
Mientras caminaban por la vereda, una carreta pasó lentamente frente a ellos.
El conductor saludó al escribano con una inclinación de cabeza.
Arce respondió del mismo modo.
Todo parecía normal.
Sin embargo, Mateo observó un detalle casi invisible.
Antes de entrar nuevamente en su oficina, el escribano miró discretamente hacia la ventana del edificio de enfrente.
Solo un segundo.
Y detrás del vidrio, una cortina blanca se movió apenas.
Como si alguien hubiera estado observando toda la entrevista.
Mateo no dijo nada.
Continuó caminando.
Pero comprendió que, en Médanos, no hacían falta espías profesionales.
Bastaba con vecinos atentos.
En un pueblo donde todos conocían a todos, la información circulaba con la misma naturalidad que el polvo empujado por el viento.
Y alguien, desde hacía mucho tiempo, había aprendido a utilizar esa red invisible mucho mejor que cualquier telégrafo.