Los que enterraron el silencio CAPÍTULO 8 “Las huellas del agua”
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CAPÍTULO 8 “Las huellas del agua”

El amanecer llegó envuelto en una neblina espesa.

Desde la ventana de la fonda, Médanos parecía un pueblo inacabado. Las casas surgían como sombras blanquecinas y los eucaliptos apenas dejaban adivinar sus copas. El aire olía a tierra húmeda.

Mateo llevaba despierto desde antes del alba.

No había dormido mucho.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el mapa de Pedro Mansilla, el viejo camino y aquel nombre que se repetía como un eco obstinado:

Santa Amalia.

Cuando bajó al comedor, Nicolás Bianchi ya preparaba el desayuno.

—Hoy el campo va a engañar a cualquiera —dijo mientras llenaba una taza de café.

—¿Por la niebla?

—No.

Por el agua.

Mateo levantó la vista.

—¿Qué agua?

—La que ya no está.

Julián llegó pocos minutos después.

Traía las botas cubiertas de barro.

—El camino hacia el oeste está pesado.

Anoche llovió más de lo que parecía.

Nicolás apoyó el café sobre la mesa.

—Si van a recorrer esos campos, no sigan los alambrados nuevos.

Mateo dejó la taza.

—¿Por qué?

El hotelero señaló hacia la ventana.

—Porque los alambrados cambian.

Las aguadas también.

Pero los bajos...

los bajos siempre vuelven al mismo lugar.

Aquella observación quedó resonando en la mente del comisario.

Los bajos.

El agua.

Los viejos caminos.

De pronto recordó algo que Samuel Echeverría había mencionado casi de pasada.

"El camino desapareció cuando hicieron el nuevo trazado."

¿Y si el camino viejo había sido construido siguiendo el relieve natural del terreno?

Si era así, la lluvia podía revelar lo que los hombres habían intentado ocultar.

Dos horas más tarde avanzaban lentamente por una extensa planicie.

La niebla comenzaba a levantarse.

El suelo aparecía cubierto por pequeños espejos de agua donde el cielo se reflejaba con una quietud perfecta.

Mateo desmontó.

Se agachó.

Observó el terreno.

Julián lo imitó.

—¿Qué busca?

—Nada.

Quiero que el campo me muestre.

El joven sonrió.

Cada día entendía un poco más el método de su superior.

No buscaba imponer una teoría.

Primero escuchaba.

Después pensaba.

Caminaron varios cientos de metros.

El agua formaba una delgada línea serpenteante.

No era un arroyo.

Tampoco una laguna.

Era apenas una depresión del terreno que la lluvia había vuelto visible.

Mateo siguió aquella línea con la vista.

Después abrió el croquis de Pedro.

Su respiración se hizo más lenta.

La curva coincidía.

No exactamente.

Pero sí de manera suficiente.

—Julián...

Mire esto.

El agente comparó el dibujo con el paisaje.

Tardó unos segundos en comprender.

—El camino...

—No seguía el terreno.

Seguía el agua.

Continuaron avanzando.

Cada cincuenta metros aparecían restos casi invisibles del antiguo paso.

Una piedra alineada con otra.

Un quebracho viejo usado alguna vez como poste.

La base oxidada de un bebedero.

Nada espectacular.

Solo pequeñas evidencias de que allí, muchos años atrás, había transitado gente.

Mateo sintió una extraña emoción.

No era la satisfacción del investigador.

Era la impresión de caminar junto a personas desaparecidas hacía décadas.

Como si cada huella olvidada conservara todavía algo de quienes la habían dejado.

Al mediodía alcanzaron una elevación baja.

Desde allí la llanura se abría en todas direcciones.

Julián levantó los prismáticos.

—Hay una construcción.

Muy lejos.

Mateo tomó los binoculares.

Entre los árboles distinguió una silueta.

No era una estancia.

Parecía demasiado pequeña.

Tampoco era un puesto de peones.

Solo quedaban algunas paredes y un techo hundido.

Consultó nuevamente el croquis.

Allí, casi borrado por el tiempo, Pedro había dibujado un pequeño cuadrado.

Sin nombre.

Sin explicación.

Solo un cuadrado.

—Vamos.

El edificio había sido, probablemente, una posta o una casa de camino.

Las paredes de ladrillo estaban vencidas.

La galería había desaparecido.

Solo permanecía en pie una habitación.

Entraron.

El interior estaba vacío.

Había restos de un hogar de barro.

Un banco roto.

Y una vieja herradura colgada de un clavo.

Nada más.

Julián recorrió el lugar con decepción.

—No parece haber servido para mucho.

Mateo no respondió.

Había aprendido que los lugares abandonados conservaban mejor las ausencias que las presencias.

Se acercó al hogar.

Las piedras estaban ennegrecidas por décadas de humo.

Entre ellas sobresalía un ladrillo diferente.

Más nuevo.

Se arrodilló.

Lo retiró con cuidado.

Debajo apareció un pequeño hueco.

Vacío.

Pero no antiguo.

Alguien lo había utilizado hacía relativamente poco tiempo.

La tierra estaba removida.

Julián contuvo el aliento.

—Llegamos tarde.

Mateo pasó la mano por el fondo del escondite.

Algo rozó sus dedos.

Sacó un objeto diminuto.

Era una canica de vidrio.

Verde.

Con una espiral blanca en su interior.

La sostuvo entre los dedos.

Julián frunció el ceño.

—¿Una canica?

—Sí.

—¿Y eso qué significa?

Mateo la observó unos segundos antes de responder.

—No lo sé.

Pero no pertenece a este lugar.

Una casa abandonada durante años no conserva un juguete limpio.

Alguien estuvo aquí después.

Mucho después.

Guardó la canica en el bolsillo.

No porque creyera que era una prueba.

Sino porque había aprendido que, en toda investigación larga, los objetos más insignificantes terminaban contando las historias más importantes.

Cuando salieron nuevamente al exterior, la niebla había desaparecido por completo.

El viento comenzaba a levantarse desde el sudoeste.

Mateo volvió la vista hacia el horizonte.

Muy lejos, apenas visible entre la reverberación del aire, una figura a caballo permanecía inmóvil sobre una lomada.

No podía distinguir su rostro.

Solo la silueta.

Estaba demasiado lejos para reconocerla.

Sin embargo, había algo inquietante en aquella presencia.

No se movía.

No parecía vigilar ganado.

No llevaba arreos.

Simplemente...

observaba.

Mateo levantó lentamente los prismáticos.

La figura desapareció detrás de la loma.

Como si hubiera esperado exactamente el momento en que él decidiera mirarla.

El comisario bajó los binoculares sin decir una palabra.

Julián advirtió el cambio en su expresión.

—¿Qué ocurre?

Mateo siguió contemplando el lugar vacío.

—Hasta ahora buscábamos a personas que dejaron rastros.

Hizo una pausa.

—Desde hoy...

alguien empezó a seguir los nuestros.

Y por primera vez desde que llegó a Médanos, comprendió que la investigación ya no avanzaba en una sola dirección.

Había dejado de ser un observador.

También se había convertido en alguien observado.

Durante varios minutos ninguno de los dos habló.

El viento comenzó a barrer la llanura con un silbido grave que hacía oscilar los pastos secos. La figura del jinete ya no estaba.

Solo quedaba el horizonte.

Y, sin embargo, Mateo tenía la certeza de que no había sido una ilusión.

—¿Vio a alguien? —preguntó Julián.

—Sí.

—¿Lo reconoce?

—No.

—Entonces quizá fuera un peón.

Mateo montó lentamente.

—Los peones trabajan.

Ese hombre esperaba.

Hay una diferencia.

Emprendieron el regreso siguiendo el antiguo bajo.

Ahora que sabían leer el terreno, el viejo camino aparecía una y otra vez: una curva demasiado perfecta en la vegetación, una hilera de piedras medio hundidas, un viejo ombú creciendo donde nadie plantaría un árbol por casualidad.

El pasado no había desaparecido.

Solo había aprendido a esconderse.

Al cabo de una hora encontraron a un hombre reparando un alambrado.

Era bajo, de hombros anchos y manos curtidas por décadas de trabajo.

Cada movimiento era preciso.

Tensaba el alambre, comprobaba la firmeza del poste y seguía avanzando sin desperdiciar un solo gesto.

Ni siquiera levantó la cabeza cuando oyó acercarse los caballos.

—Buenos días.

—Buenos.

La respuesta fue seca.

Mateo desmontó.

—¿Hace mucho que trabaja por esta zona?

El hombre terminó de ajustar una grampa antes de responder.

—Desde que era muchacho.

—Entonces debe conocer estos campos mejor que nadie.

Ahora sí levantó la vista.

Tenía unos sesenta y cinco años.

Los ojos claros, castigados por el sol.

Y una expresión difícil de interpretar.

—Los conozco lo suficiente para no perderme.

—¿Cómo se llama?

—Benigno Roldán.

Alambrador.

La palabra sonó casi como un título.

Y quizá lo fuera.

En aquella región, un alambrador recorría propiedades durante años. Veía cambios de dueños, discusiones por límites, nuevos caminos y viejos senderos que dejaban de usarse.

Era, sin proponérselo, un testigo privilegiado del paso del tiempo.

Mateo observó el rollo de alambre apoyado junto a la carreta.

—¿Quién lo contrató?

—Hoy trabajo para don Larralde.

La respuesta llegó sin vacilaciones.

—¿Y antes?

Benigno sonrió apenas.

—Antes trabajé para casi todos.

Para los Vallejos.

Para los Arce.

Para los Bustamante.

Para gente que ya no existe.

Aquella última frase hizo que Mateo aguzara el oído.

—¿La gente deja de existir?

El viejo volvió a concentrarse en el alambrado.

—Los hombres mueren.

Las familias desaparecen.

No es lo mismo.

Mateo decidió cambiar de estrategia.

—Buscamos un antiguo camino.

Benigno siguió trabajando.

—Ya lo encontraron.

Julián y Mateo intercambiaron una rápida mirada.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque nadie viene por aquí si no es por eso.

El viejo clavó otro poste.

Luego agregó:

—Además...

ustedes vienen embarrados hasta las rodillas.

Eso solo pasa cuando uno sigue los bajos después de una lluvia.

Mateo no pudo evitar sonreír.

El razonamiento era impecable.

—¿Usted conoció ese camino?

—Claro.

Lo recorrí muchas veces.

—¿A dónde llevaba?

Benigno terminó de tensar el último alambre antes de responder.

—Depende.

—¿Depende de qué?

—De quién preguntara.

Aquella respuesta desconcertó a Julián.

Pero Mateo comprendió enseguida.

—Explíquese.

El viejo apoyó ambas manos sobre el mango del martillo.

—Para el correo, llevaba a una posta.

Para los peones, llevaba a las aguadas.

Para los comerciantes, era el atajo hacia el ferrocarril.

Y para algunos...

se detuvo un instante.

—...era un camino que convenía olvidar.

El silencio volvió a extenderse sobre el campo.

Mateo sabía que acababan de rozar algo importante.

—¿Por qué convenía olvidarlo?

Benigno negó lentamente.

—Porque cuando un camino desaparece...

también desaparecen las preguntas sobre adónde conducía.