Los que enterraron el silencio CAPÍTULO 6 “Estancia La Esperanza”
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CAPÍTULO 6 “Estancia La Esperanza”

La mañana amaneció limpia.

Durante la noche había soplado el pampero y el cielo aparecía de un azul tan intenso que parecía recién estrenado.

Mateo Ferreyra llegó temprano a la comisaría.

Encontró a Julián Peralta inclinado sobre un mapa del partido.

Había marcado con lápiz las estancias más importantes de la zona.

—Estuve revisando los registros de propiedad —dijo el agente, sin levantar la vista—. Si hay un lugar desde donde se puede entender este distrito, es este.

Señaló un punto al oeste de Médanos.

Estancia La Esperanza.

Mateo observó el mapa.

La propiedad ocupaba una extensión considerable.

Limitaba con otras cuatro estancias y dominaba el paso natural hacia los bajos y las lagunas temporarias.

—¿Quién es el dueño?

—Don Esteban Larralde.

Uno de los hombres más ricos del partido.

Mateo permaneció en silencio.

El apellido no le resultaba familiar.

—¿Qué sabe de él?

Peralta vaciló.

—Depende de a quién le pregunte.

—Preguntémosle a los hechos.

El camino hasta La Esperanza cruzaba campos sembrados de trigo y avena.

Cada tanto aparecían majadas de ovejas, rodeadas por perros que vigilaban sin descanso.

Después de una hora de viaje, la estancia surgió en el horizonte.

No era ostentosa.

Era sólida.

La casa principal, de estilo italiano, tenía dos plantas, galerías amplias y un jardín cuidadosamente mantenido.

Los eucaliptos que rodeaban el casco protegían el lugar del viento.

Más allá se distinguían galpones, corrales y un molino que giraba lentamente.

Todo transmitía orden.

Prosperidad.

Estabilidad.

Mateo desmontó y observó el conjunto antes de avanzar.

Había aprendido que las casas hablaban de quienes las habitaban.

La Esperanza no exhibía riqueza.

Exhibía permanencia.

Era el tipo de propiedad construida para durar generaciones.

Un peón se acercó a recibirlos.

—Buenos días.

¿En qué puedo servirlos?

—Buscamos a don Esteban Larralde.

El hombre hizo un gesto respetuoso.

—Está en la galería.

Los espera.

Mateo intercambió una mirada con Julián.

—¿Nos espera?

—Sí, señor.

Dijo que el comisario de Bahía Blanca no tardaría en venir.

Aquella respuesta quedó suspendida entre ambos.

Nadie les había anunciado oficialmente la visita.

Sin embargo, el dueño de la estancia ya la esperaba.

Esteban Larralde estaba sentado en un sillón de mimbre, leyendo el diario.

Tendría alrededor de sesenta años.

Cabello completamente blanco.

Bigote recortado.

Vestía bombachas impecables, botas lustradas y una camisa de lino.

Cuando los vio acercarse, dobló el periódico con calma y se puso de pie.

—Comisario Ferreyra.

Bienvenido a La Esperanza.

Su voz era grave.

Serena.

La de un hombre acostumbrado a que lo escucharan.

Mateo estrechó su mano.

Era una mano fuerte.

Marcada por el trabajo de juventud, pero suavizada por muchos años de administración.

—Gracias por recibirnos.

—No podía hacer otra cosa.

Imagino que viene por la desgracia de Pedro Mansilla.

No era una pregunta.

Era una afirmación.

Los tres tomaron asiento en la galería.

Una empleada doméstica sirvió café en tazas de porcelana inglesa.

Larralde esperó a que se retirara antes de hablar.

—Pedro trabajó aquí cuando era joven.

Buen peón.

Muy responsable.

Sentí mucho enterarme de su muerte.

Mateo observó cuidadosamente cada gesto.

No detectó impostura.

Tampoco emoción excesiva.

Era un hombre que dominaba sus palabras.

—¿Lo veía con frecuencia?

—No.

De vez en cuando pasaba a saludar.

Nada más.

—¿Y a Anselmo Rivas?

Larralde tardó apenas un segundo en responder.

—Lo conocía de vista.

Otro buen hombre.

Parece que este pueblo está perdiendo a los mejores.

La frase sonó espontánea.

Pero Mateo registró un detalle.

Había unido, sin que nadie se lo pidiera, a un desaparecido y a un muerto.

Como si, para él, ambos pertenecieran ya al mismo destino.

La conversación continuó durante casi una hora.

Hablaron de cosechas.

De las últimas lluvias.

Del precio del trigo.

Del ferrocarril.

Solo de vez en cuando Mateo regresaba al motivo de su visita.

Era una forma de medir las reacciones de su interlocutor.

En un momento señaló una fotografía enmarcada que descansaba sobre una mesa auxiliar.

Mostraba a varios hombres frente al casco de la estancia.

Todos sonreían.

—¿Cuándo fue tomada?

Larralde miró la imagen.

—Hace unos diez años.

Durante la inauguración del nuevo molino.

Mateo acercó la fotografía.

Había peones.

Capataces.

Comerciantes.

Y un hombre vestido con traje oscuro.

No sonreía.

Tenía una cicatriz fina en la mandíbula izquierda.

El corazón de Mateo dio un vuelco.

Era la misma característica que Nicolás Bianchi había mencionado al describir al supuesto huésped R. Soria .

Levantó la vista sin alterar el gesto.

—¿Quién es este señor?

Por primera vez desde que comenzó la entrevista, Esteban Larralde no respondió de inmediato.

Miró la fotografía.

Luego al comisario.

Finalmente dijo:

—Un agrimensor.

Vino por un trabajo.

No recuerdo su nombre.

Mateo sostuvo la fotografía unos segundos más.

No discutió.

No insistió.

Pero había algo en aquella respuesta que no terminaba de convencerlo.

No era el olvido.

Era la elección de olvidar.

Y había una diferencia enorme entre ambas cosas.

En ese instante, un automóvil Ford Modelo T se detuvo frente a la galería levantando una nube de polvo.

No era habitual ver un automóvil en aquellos caminos.

Mucho menos uno negro, impecablemente conservado.

El conductor descendió con rapidez y se dirigió directamente hacia Larralde.

Al advertir la presencia de los policías, bajó la voz.

Sin embargo, Mateo alcanzó a escuchar una sola frase.

—...vino desde Bahía Blanca.

Larralde respondió apenas con un movimiento de cabeza.

El hombre volvió al automóvil.

No saludó.

No preguntó.

Se marchó tan rápido como había llegado.

El silencio volvió a instalarse en la galería.

Esteban Larralde tomó su taza de café.

Sonrió con la misma serenidad del principio.

—Disculpe la interrupción.

Los negocios nunca entienden de horarios.

Mateo devolvió lentamente la taza al platillo.

Mientras observaba alejarse el automóvil por el camino polvoriento, comprendió que acababa de presenciar algo mucho más importante que una conversación.

Había visto funcionar una red de comunicación.

Rápida.

Discreta.

Y extraordinariamente eficiente.

Sin saberlo, acababa de confirmar una intuición que empezaba a tomar forma:

En aquel rincón de la pampa, las noticias viajaban más deprisa que la justicia.

El automóvil desapareció detrás de una cortina de polvo.

Ninguno de los tres habló durante unos instantes.

Esteban Larralde volvió a tomar el periódico, aunque no leyó una sola línea. Lo dobló con una precisión casi obsesiva y lo dejó sobre la mesa.

—Perdón por la interrupción, comisario. En el campo uno nunca termina de trabajar.

Mateo sonrió con cortesía.

—Ni tampoco de observar.

Larralde sostuvo su mirada un instante.

Después dejó escapar una sonrisa apenas perceptible.

—Eso dicen de usted.

La frase quedó suspendida en el aire.

No era una amenaza.

Tampoco un elogio.

Era la constatación de un hecho.

Mateo comprendió que su reputación había llegado antes que él.

—Las noticias viajan rápido.

—Más rápido de lo que creemos.

Larralde tomó un sorbo de café y cambió de tema con naturalidad.

—¿Le gusta caminar?

La pregunta sorprendió a Julián Peralta.

Mateo, en cambio, respondió sin vacilar.

—Mucho.

—Entonces acompáñeme.

Hay algo que quiero mostrarle.

Atravesaron el jardín.

El perfume de los rosales se mezclaba con el de los jazmines que trepaban por una vieja pérgola.

Más allá del casco comenzaba una arboleda de eucaliptos y casuarinas.

Los árboles formaban una barrera contra el viento del sudoeste.

Mientras caminaban, Larralde llevaba las manos cruzadas detrás de la espalda.

Avanzaba despacio.

Como quien conoce cada piedra del camino.

—Cuando compré estas tierras no había un solo árbol.

Todo era médano.

Arena.

Viento.

Hubo quienes dijeron que estaba loco por querer plantar.

Mateo escuchaba.

Intuía que aquella conversación no trataba realmente de árboles.

—¿Y lo estaba?

Larralde soltó una risa breve.

—Tal vez.

Pero los árboles enseñan una lección que pocos entienden.

Se detuvo junto a un viejo eucalipto.

Apoyó la palma de la mano sobre el tronco.

—Uno planta sabiendo que quizá nunca disfrute de la sombra.

Lo hace para los que vienen después.

Mateo observó el árbol.

Debía tener más de treinta años.

Las raíces habían levantado parte del terreno.

Era imponente.

—Mi padre decía otra cosa.

Larralde volvió la cabeza.

—¿Qué decía?

—Que un hombre también puede plantar miedo.

Y ese crece mucho más rápido.

El estanciero guardó silencio.

No respondió de inmediato.

Miró hacia los corrales, donde unos peones enlazaban un novillo.

—Su padre era un hombre inteligente

Siguieron caminando.

Llegaron hasta un pequeño cementerio familiar, cercado por una verja de hierro forjado.

Había apenas seis tumbas.

Todas sencillas.

Sin esculturas.

Sin mármol importado.

Solo cruces de hierro y placas de bronce.

Larralde se quitó el sombrero.

—Aquí están mi padre, mi madre y mi esposa.

Mateo hizo lo mismo.

Durante unos segundos permanecieron en silencio.

El viento agitaba las ramas de los cipreses.

Entonces el estanciero habló con una voz distinta.

Más baja.

Más íntima.

—¿Sabe cuál es el problema de los pueblos pequeños, comisario?

Mateo esperó.

—Que nadie olvida.

Y, sin embargo...

todos fingen olvidar.

Aquellas palabras no parecían preparadas.

Habían salido de algún lugar mucho más profundo.

Mateo aprovechó ese cambio.

—¿Usted también finge?

Larralde sonrió con melancolía.

—Todos lo hacemos alguna vez.

La diferencia está en el motivo.

Cuando regresaban hacia la casa principal, un peón apareció corriendo.

Era un muchacho de no más de veinte años.

Se detuvo a varios metros.

Respiraba con dificultad.

—Patrón...

Perdone...

Pero don Vicente llegó.

Larralde frunció apenas el ceño.

—Dígale que espere.

El joven vaciló.

—Dice que es urgente.

El estanciero miró a Mateo.

—¿Me disculpa unos minutos?

—Desde luego.

Larralde siguió al peón hacia los galpones.

Mateo permaneció junto a la tranquera de los corrales.

No tenía intención de escuchar conversaciones ajenas.