CAPÍTULO 5 “Las voces del andén” #3
Busque también a los que aprendieron a desenterrarlas.
Y volvió a ocuparse de sus gallinas, como si no hubiera dicho nada extraordinario.
Mateo siguió caminando sin volver la vista atrás.
Por primera vez desde su llegada a Médanos, tuvo la certeza de que el pasado no estaba muerto.
Simplemente...
había encontrado la manera de esconderse bajo los pies de todos.
El sol comenzaba a caer cuando Mateo y Julián dejaron atrás el viejo galpón.
La anciana seguía inclinada sobre el corral.
Arrojaba puñados de maíz con una lentitud casi ceremonial.
No parecía interesarle que dos policías hubieran registrado el lugar.
Aquella indiferencia era, precisamente, lo que llamó la atención de Mateo.
Se detuvo.
Volvió sobre sus pasos.
La mujer no levantó la vista.
—¿Vive aquí sola?
—Desde hace muchos años.
Su voz era áspera, como la corteza de los caldenes.
—¿Cómo se llama?
—Josefa.
Nada más.
No añadió apellido.
En los campos del sur era frecuente. Los viejos solían creer que el nombre bastaba.
Los apellidos pertenecían a los papeles.
La vida cotidiana funcionaba de otra manera.
Mateo apoyó un pie sobre el cerco de madera.
—¿Hace cuánto conoce este lugar?
La anciana dejó caer el último grano de maíz.
Después se incorporó con evidente esfuerzo.
—Desde antes de que hubiera alambrados.
La respuesta no era una exageración.
Su rostro estaba profundamente surcado por los años.
Debía acercarse a los ochenta.
Tal vez más.
Miró al comisario durante un largo instante.
—Usted no es de aquí.
—No.
—Se nota.
—¿Por qué?
Josefa sonrió.
Le faltaban varios dientes.
—Porque todavía hace preguntas.
Los de aquí dejaron de hacerlas hace mucho tiempo.
Julián bajó la cabeza.
La frase lo había golpeado con una fuerza inesperada.
Mateo permaneció en silencio.
Había aprendido que las personas mayores no respondían bien a los interrogatorios.
Respondían a la paciencia.
Esperó.
Josefa tomó un banco de madera y se sentó bajo la sombra del alero.
Miró el horizonte.
No al comisario.
Como si estuviera hablando con alguien que ya no existía.
—Cuando yo era chica...
esto era distinto.
No había tantos dueños.
La tierra parecía infinita.
Los hombres se conocían por la palabra que daban.
Después llegaron los papeles.
Los escribanos.
Los abogados.
Y comenzaron las peleas.
Mateo escuchaba sin interrumpir.
No sabía todavía hacia dónde conducía aquel recuerdo.
Pero intuía que no era una simple evocación.
—¿Conocía a Pedro Mansilla?
La anciana asintió.
—Lo vi crecer.
Buen muchacho.
Demasiado curioso.
—¿Y a Anselmo Rivas?
Otro movimiento lento de cabeza.
—También.
—¿Qué tenían en común?
Josefa tardó en responder.
Un chimango cruzó el cielo.
El viento hizo crujir los eucaliptos.
Solo entonces habló.
—Los dos miraban donde otros no miraban.
Mateo sintió un leve estremecimiento.
Era la segunda vez en pocos días que alguien describía el mismo rasgo con palabras distintas.
No hablaban de valentía.
Hablaban de curiosidad.
Y, en ciertos lugares, la curiosidad podía ser un pecado.
—¿Alguna vez oyó el apellido Vallejo?
La reacción fue casi imperceptible.
Los dedos de Josefa dejaron de moverse.
Nada más.
Pero a Mateo le bastó.
Había dado con una fibra sensible.
La anciana respiró profundamente.
—Hace muchos años que no escuchaba ese apellido.
—¿Quién era?
Ella levantó lentamente la vista.
Por primera vez había algo parecido al miedo en sus ojos.
No un miedo inmediato.
Era el miedo viejo de quien aprendió a callar para seguir viviendo.
—No pregunte por los muertos, comisario.
Mateo respondió con suavidad.
—¿Está muerto?
Josefa no contestó.
Miró el horizonte otra vez.
—Hay personas que desaparecen dos veces.
Primero del mundo.
Después de la memoria.
Y cuando ocurre lo segundo...
es como si nunca hubieran existido.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre los tres.
Mateo comprendió que estaba ante alguien que conocía una parte del pasado que nadie había querido conservar.
No la presionó.
Sería un error.
Las memorias antiguas eran como el agua de un pozo profundo.
Había que esperar a que subieran solas.
Se quitó el sombrero.
—Volveré a visitarla.
Josefa sonrió apenas.
—Si vuelve pronto...
tal vez todavía me encuentre.
La frase tenía la sencillez de una verdad.
A su edad, no era una amenaza.
Era una posibilidad.
Cuando se alejaron, Julián rompió el silencio.
—¿Le creyó?
Mateo tardó unos pasos en responder.
—No lo sé.
—Entonces, ¿por qué parece tan interesado?
Ferreyra miró la línea del horizonte, donde el sol comenzaba a hundirse en la inmensidad de la pampa.
—Porque todos los que mienten inventan detalles.
Los que recuerdan...
olvidan detalles.
Y esa mujer no inventó nada.
Solo recordó lo que pudo soportar recordar.
Mientras regresaban hacia Médanos, las primeras luces empezaban a encenderse en las casas del pueblo.
A la distancia, la campana de la iglesia anunció el Ángelus.
Por un instante, todo pareció en paz.
Pero Mateo ya había aprendido que la calma de aquellos campos era engañosa.
En Médanos, el silencio no significaba ausencia de peligro.
Significaba que el peligro había aprendido a hablar en voz baja.