CAPÍTULO 5 “Las voces del andén” #2
Mateo sintió un vuelco en el estómago.
El intercambio había sido perfecto.
Invisible.
Cualquier observador casual habría jurado que dos desconocidos simplemente se habían cruzado.
Pero él lo había visto.
Y comprendió que acababa de presenciar una entrega cuidadosamente ensayada.
No sabía qué contenía aquel portafolios.
Ni quién era realmente el peón.
Solo sabía una cosa.
Por primera vez desde su llegada a Médanos, tenía delante de sí una pista viva.
Y decidió no intervenir.
Porque algunas verdades no se descubren arrebatándolas.
Se descubren siguiéndolas hasta el lugar donde creen estar a salvo.
Mateo apoyó una mano sobre el brazo de Julián Peralta.
El joven ya había dado un paso hacia adelante.
—No.
Peralta lo miró, desconcertado.
—Pero acaba de entregar el portafolios.
—Precisamente.
—Podríamos detener al peón.
Mateo negó con la cabeza.
—¿Y qué encontraríamos?
El agente abrió la boca para responder, pero se quedó callado.
No lo sabía.
Tal vez documentos.
Tal vez dinero.
Tal vez nada.
Ferreyra continuó observando al hombre de las sogas.
Caminaba con el mismo ritmo pausado de antes.
No miraba hacia atrás.
No aceleraba.
Eso era propio de alguien convencido de que nadie sospechaba de él.
—Los culpables apresurados existen —dijo Mateo en voz baja—. Los verdaderamente peligrosos son los pacientes.
El peón cruzó un paso a nivel secundario y tomó un sendero bordeado por tamariscos.
A unos cincuenta metros, el hombre del traje gris hizo exactamente lo contrario.
Regresó hacia la estación.
Como si hubiera terminado un trámite cualquiera.
—Se separan para que, si uno cae, el otro continúe —murmuró Mateo.
Julián lo observó sorprendido.
—¿Ya sabía que harían eso?
—No.
Lo esperaba.
Siguieron únicamente al peón.
El camino abandonaba el pueblo y se internaba entre chacras y alambrados.
El sol comenzaba a descender, tiñendo la llanura de un amarillo cobrizo.
Las sombras de los postes se alargaban sobre el polvo.
Mateo obligó a Peralta a mantener una distancia considerable.
Dos veces el joven creyó haber perdido de vista al hombre.
Dos veces Ferreyra le indicó que siguiera caminando con absoluta naturalidad.
—Si dejamos de verlo unos minutos, no importa.
Lo importante es que él nunca nos vea a nosotros.
Peralta asintió.
Estaba aprendiendo una manera de investigar completamente distinta a la que conocía.
En Médanos, la policía preguntaba.
Mateo, en cambio, miraba.
Y esperaba.
El sendero desembocó en un viejo molino de viento.
Las aspas permanecían inmóviles.
El pozo estaba seco.
A un costado se levantaban las ruinas de un galpón de adobe, vencido por los años.
El peón se detuvo.
Miró alrededor.
No parecía nervioso.
Era un hombre cumpliendo una rutina.
Entró en el galpón.
Mateo y Julián permanecieron ocultos detrás de un monte de chañares.
Pasó un minuto.
Luego dos.
Cinco.
El peón no salía.
—¿Entramos? —susurró Peralta.
Mateo negó con la cabeza.
—Espere.
—¿Y si escapa?
—¿Por dónde?
El agente miró el terreno.
Tenía razón.
El galpón estaba aislado.
No había otra salida visible.
Esperaron tres minutos más.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Del interior surgió una anciana.
Muy encorvada.
Vestía un delantal gris y llevaba un balde de agua.
Caminó lentamente hacia un pequeño corral.
No era el peón.
Peralta frunció el ceño.
—¿Dónde...?
Mateo ya había comprendido.
—Vamos.
Entraron con rapidez.
El galpón estaba vacío.
Solo había herramientas antiguas, sacos de maíz y un carro desarmado.
No existía ninguna puerta trasera.
Ninguna ventana lo bastante grande para que un hombre saliera por ella.
Peralta recorrió el lugar incrédulo.
—Es imposible.
Mateo permanecía inmóvil.
Observando el piso.
La tierra estaba compactada, salvo en un rincón donde se distinguían marcas recientes.
Se arrodilló.
Apartó unas tablas.
Debajo apareció una trampa de madera perfectamente disimulada.
La levantó con esfuerzo.
Un aire húmedo escapó desde abajo.
Había un túnel.
Estrecho.
Excavado a mano.
Descendía hacia la oscuridad.
Peralta abrió los ojos con asombro.
—¿Quién construiría algo así?
Mateo iluminó el interior con la lámpara que había tomado del galpón.
Las paredes estaban reforzadas con troncos.
No era una obra improvisada.
Llevaba tiempo.
Mucho tiempo.
—Esto no se hizo para esconder a una persona una sola vez.
Se hizo para usarlo muchas veces.
El túnel seguía unos veinte metros y desembocaba, según pudo adivinar por la corriente de aire, en algún punto cercano al arroyo seco que bordeaba la propiedad.
No había rastros del peón.
Solo unas huellas recientes y...
algo más.
Mateo enfocó la luz hacia el suelo.
Allí, semienterrada en el barro húmedo, brillaba una pequeña pieza metálica.
La recogió con cuidado.
Era un botón.
De bronce.
Grabado con un escudo.
Lo limpió con el pañuelo.
Debajo del barro apareció una figura nítida: un sol naciente rodeado por ramas de laurel.
No era un botón común.
Era parte de un uniforme oficial.
Mateo permaneció largo rato contemplándolo.
No dijo nada.
Guardó el botón en el bolsillo.
Después cerró la trampa con el mismo cuidado con que la habían encontrado.
Peralta lo observó desconcertado.
—¿No la vamos a dejar abierta?
—No.
—Pero...
—Si quien la usa descubre que la encontramos, dejará de utilizarla.
Prefiero que siga creyendo que su secreto continúa a salvo.
El joven sonrió por primera vez desde que había comenzado la investigación.
Empezaba a comprender.
No estaban persiguiendo a un hombre.
Estaban aprendiendo cómo pensaba.
Y esa era una ventaja mucho más valiosa que un arresto precipitado.
Cuando abandonaban el galpón, la anciana seguía dando de beber a las gallinas.
Los miró apenas un instante.
Sin sorpresa.
Sin curiosidad.
Como si hubiera esperado toda la tarde que alguien apareciera.
Antes de que Mateo pasara junto a ella, habló con una voz tan débil como el crujido de las hojas secas.
—Llegaron tarde, hijo.
Ferreyra se detuvo.
—¿Conoce ese galpón?
La mujer soltó una risa breve.
No era una risa alegre.
Era el sonido de alguien que había sobrevivido demasiado tiempo.
—Ese galpón guarda secretos desde antes de que usted naciera.
Mateo permaneció en silencio.
La anciana levantó lentamente la vista.
Sus ojos, de un azul casi transparente, parecían mirar más allá de él.
Entonces pronunció una frase que lo acompañaría durante muchos días:
—No busque solamente a los hombres que entierran cosas...