CAPÍTULO 4 “El hombre del eucaliptal” #3
Vestía ropa de trabajo.
La barba gris de varios días le daba un aspecto cansado.
No parecía nervioso.
Tampoco desafiante.
Simplemente esperaba.
Mateo abrió la puerta.
—Buenas tardes.
El hombre levantó la vista.
Sus ojos se detuvieron un instante en el uniforme del comisario.
Luego miró hacia el interior de la casa.
—¿La señora Elena está bien?
—¿Quién la busca?
—Me llamo Tomás Barrenechea .
Soy vecino.
Vine apenas me enteré de lo de Pedro.
La voz era serena.
Sin afectación.
Mateo dio un paso hacia el costado.
—Pase.
Tomás dudó.
—No quisiera molestar.
Desde el fondo de la casa se oyó la voz de Elena.
—Déjelo entrar.
Barrenechea cruzó el umbral con el sombrero apretado contra el pecho.
Al ver a Elena, bajó la cabeza.
No dijo "lo siento".
No dijo "mi pésame".
Se acercó y tomó una de sus manos entre las suyas.
Permanecieron así unos segundos.
En silencio.
Mateo comprendió que había gestos que valían más que cualquier discurso.
Cuando Tomás volvió a hablar, lo hizo mirando el piso.
—No llegué a tiempo.
Elena negó despacio.
—Nadie llegó.
Aquellas tres palabras encerraban años de resignación.
No hablaban sólo de Pedro.
Hablaban de muchas otras cosas.
Mateo esperó.
No interrumpió el momento.
Era una costumbre que había aprendido observando a un viejo juez de instrucción.
"El silencio también declara."
Cuando ambos recuperaron la calma, habló.
—¿Desde cuándo conocía a Pedro?
Tomás levantó la vista.
—Desde chicos.
Trabajamos juntos en varias estancias.
—¿Lo vio ayer?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el molino viejo.
Mateo sintió un leve sobresalto.
—¿Qué hacía allí?
Tomás tardó en responder.
No porque quisiera mentir.
Sino porque buscaba la manera de decir la verdad sin poner a nadie en peligro.
—Me pidió que lo acompañara.
—¿A qué?
—Quería mostrarme algo.
Elena cerró los ojos.
Era evidente que aquella parte de la historia le resultaba desconocida.
—¿Qué encontró?
Tomás respiró hondo.
—No alcanzó a mostrármelo.
Antes de llegar...
escuchamos caballos.
Muchos.
Más de los que correspondían a una sola tropilla.
Pedro me hizo bajar del sulky.
Nos escondimos entre los pajonales.
Esperamos.
Mateo no apartaba la vista de él.
—¿Quiénes eran?
Tomás negó lentamente.
—No pude verlos bien.
Pasaron rápido.
Todos llevaban los sombreros bajos.
Pero recuerdo una cosa.
—¿Cuál?
—Ninguno hablaba.
Solo se oían los cascos.
Y eso fue lo que más miedo me dio.
Porque los hombres que hacen algo malo siempre hablan.
Se insultan.
Se apuran.
Esos no.
Cabalgaban como si hubieran ensayado el recorrido muchas veces.
La descripción quedó flotando en la habitación.
No sonaba a un grupo improvisado.
Sonaba a gente acostumbrada a actuar junta.
Con disciplina.
Con un propósito común.
Mateo apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Qué hizo Pedro?
—Esperó.
Mucho rato.
Después dijo que ya era tarde.
Que volveríamos otro día.
Nunca me explicó qué quería enseñarme.
Y esa fue la última vez que lo vi con vida.
El comisario permaneció pensativo.
Había tres nombres sobre la mesa.
Anselmo Rivas.
Pedro Mansilla.
Tomás Barrenechea.
Los dos primeros habían intentado hablar.
Uno había desaparecido.
El otro estaba muerto.
El tercero había sobrevivido por una simple casualidad.
No podía ser una coincidencia.
Era un patrón.
Y los patrones eran el verdadero lenguaje de los investigadores.
—Tomás.
—Sí, comisario.
—A partir de hoy no se moverá solo.
El hombre sonrió con amargura.
—¿Cree que eso alcanzará?
Mateo sostuvo su mirada.
—No lo sé.
Pero pienso averiguarlo.
Tomás iba a responder cuando, desde el exterior, llegó el sonido lejano de una campana.
No era la iglesia.
Era la vieja campana de la estación ferroviaria.
Anunciaba la llegada del tren de la tarde.
Mateo se levantó.
Miró por la ventana.
Una idea acababa de tomar forma en su cabeza.
Desde que había llegado a Médanos todos hablaban de caminos rurales, estancias y molinos.
Sin embargo, si alguien organizaba movimientos de personas, mercancías o mensajes con discreción, había un lugar mucho más eficiente que cualquier huella de la pampa.
El ferrocarril.
Se volvió hacia Julián Peralta, que acababa de entrar en la casa tras dejar el caballo en el patio.
—Peralta.
—¿Sí, mi comisario?
—Quiero los registros de carga y pasajeros de los últimos seis meses.
El joven abrió mucho los ojos.
—¿Seis meses?
—Sí.
Y también los nombres de todos los empleados de la estación.
Benjamín Arce, que había permanecido casi todo el tiempo en silencio, intervino por primera vez.
—¿No cree que es demasiado trabajo para un cadáver encontrado en un eucaliptal?
Mateo giró lentamente hacia él.
Su respuesta fue tranquila.
—No estoy investigando un cadáver.
Estoy investigando una organización.
Y las organizaciones...
siempre dejan rastros en la manera en que se mueven.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier confesión.
Porque, por primera vez desde la llegada de Mateo Ferreyra, Benjamín Arce comprendió que el joven comisario había dejado de perseguir un crimen.
Ahora perseguía una estructura.
Y desmontar una estructura era infinitamente más peligroso que resolver un asesinato