CAPÍTULO 4 “El hombre del eucaliptal” #2
La mujer respiró hondo.
—Decía...
"No fue por la tierra."
El viento cruzó el eucaliptal.
Las hojas comenzaron a agitarse sobre sus cabezas.
Mateo sintió que aquellas cinco palabras desplazaban por completo el eje de la investigación.
Hasta ese momento todos los rumores apuntaban a disputas por campos, límites y herencias.
Era lo habitual en la campaña.
Pero si Pedro tenía razón...
El motivo era otro.
Algo que valía más que una estancia.
Más que una fortuna.
Más incluso que la vida de varias personas.
En ese instante, Julián Peralta apareció corriendo desde el borde del camino.
Llevaba en la mano un sombrero de fieltro oscuro.
—¡Comisario!
Mateo se volvió.
—¿Qué ocurre?
El joven levantó el sombrero.
—Lo encontré a doscientos metros.
No tiene marca de fabricante.
Pero hay algo cosido en el interior.
Mateo tomó el sombrero.
Despegó con cuidado el forro.
Entre las costuras apareció una pequeña cinta de tela.
Sobre ella, bordadas con hilo rojo, había tres letras:
V. G. R.
No significaban nada para él.
Todavía.
Pero, en algún lugar de Médanos, alguien iba a palidecer apenas las viera.
Mateo sostuvo el sombrero unos segundos más.
Las tres letras bordadas en la cinta interior seguían allí, inmóviles, esperando adquirir un significado.
No preguntó por ellas.
Todavía no.
Volvió a colocar el forro en su sitio y se lo entregó a Julián.
—Guárdelo.
El joven asintió.
Cuando se alejó, Mateo volvió hacia Elena Mansilla.
La mujer seguía mirando el cuerpo cubierto por la lona.
No lloraba.
Era como si las lágrimas hubieran abandonado su vida mucho antes de aquella mañana.
—¿Su hermano vivía solo? —preguntó Mateo.
—Desde que murió nuestra madre.
—¿Era casado?
—No.
—¿Tenía hijos?
Ella negó lentamente.
—Solo me tenía a mí.
Durante unos segundos ninguno habló.
El viento recorría el eucaliptal levantando el aroma áspero de las hojas.
A lo lejos un chimango describía círculos sobre el campo.
—¿Puedo acompañarla hasta su casa?
La mujer lo observó con cierta sorpresa.
—¿No va a seguir haciendo preguntas?
Mateo respondió con tranquilidad.
—Las preguntas pueden esperar.
Usted no.
Fue la primera vez que Elena mostró una emoción.
No era una sonrisa.
Era algo más tenue.
Como el recuerdo de una sonrisa.
Asintió en silencio.
La casa de los Mansilla quedaba a poco más de un kilómetro del eucaliptal.
Era una construcción sencilla, de ladrillo cocido y techo de chapa, rodeada por un pequeño monte de frutales.
En el corredor había una silla mecedora vacía.
Mateo la observó.
La pintura de los apoyabrazos estaba desgastada.
Alguien la había usado durante muchos años.
—Era de mi madre.
Elena había advertido su mirada.
—Después de que murió...
Pedro nunca permitió que nadie se sentara allí.
Entraron.
El interior estaba impecablemente ordenado.
Demasiado.
No había polvo sobre los muebles.
Las cortinas estaban recién lavadas.
El piso olía a jabón.
Mateo comprendió que aquella limpieza no era una costumbre.
Era una forma de resistir el dolor.
Algunas personas lloraban.
Otras trabajaban.
Elena pertenecía al segundo grupo.
Ella puso agua a calentar.
—¿Toma mate?
—Con gusto.
Mientras preparaba la calabaza, ninguno habló.
El silencio ya no resultaba incómodo.
Era el silencio de dos personas que todavía estaban decidiendo cuánto podían confiar una en la otra.
Cuando el agua estuvo lista, Elena cebó el primer mate.
Lo dejó sobre la mesa.
No lo tomó.
Era una costumbre antigua de la campaña.
El primer mate era para el visitante.
Mateo aceptó el gesto con un leve movimiento de cabeza.
Después de un largo sorbo preguntó:
—¿Cuándo empezó a cambiar su hermano?
La mujer dejó de mirar la pava.
—Hace unos cuatro meses.
—¿Qué ocurrió?
—Volvió distinto de una recorrida.
—¿Distinto cómo?
Elena buscó las palabras.
—Asustado.
No era un hombre que conociera el miedo.
Pero desde ese día empezó a cerrar las ventanas antes del anochecer.
Revisaba la tranquera dos o tres veces por noche.
Y dejaba un farol encendido hasta el amanecer.
Mateo apoyó lentamente el mate.
—¿Le dijo qué había visto?
Ella negó.
—Solo repetía una frase.
"Hay cosas que la tierra no quiere devolver."
El comisario permaneció en silencio.
Aquella frase tenía un peso extraño.
No sonaba a superstición.
Sonaba a la confesión de un hombre que había descubierto algo demasiado grande para comprenderlo solo.
—¿Y nunca mencionó nombres?
Elena vaciló.
Por primera vez desde que comenzaron a hablar.
Miró hacia la ventana.
Luego hacia la puerta.
Finalmente volvió a fijar los ojos en Mateo.
—Una vez.
Solo una.
—¿Cuál?
—No era un nombre.
Era un apellido.
Mateo esperó.
La mujer bajó la voz.
Tanto que casi era un susurro.
—Vallejo.
El silencio cayó sobre la habitación.
Mateo repitió mentalmente el apellido.
No figuraba en ningún informe.
No aparecía en el mapa de estancias que había visto en la comisaría.
No lo había oído mencionar desde su llegada.
Y, sin embargo, Elena acababa de pronunciarlo con el mismo cuidado con que otros nombraban una enfermedad contagiosa.
—¿Quién es Vallejo?
Ella tardó varios segundos en responder.
Luego negó lentamente con la cabeza.
—Eso...
es exactamente lo que nunca pude averiguar.
En ese instante sonaron tres golpes secos en la puerta.
No eran golpes impacientes.
Eran golpes medidos.
Como los de alguien convencido de que le abrirían.
Elena quedó inmóvil.
Toda la serenidad que había mostrado hasta entonces desapareció.
El color abandonó su rostro.
Mateo comprendió que aquel miedo no era nuevo.
Era un miedo aprendido.
Se levantó sin hacer ruido.
Apoyó una mano sobre la culata del revólver, sin desenfundarlo.
Miró a Elena.
Ella apenas movió los labios.
—No haga ruido...
Si es quien creo que es...
ya sabe que usted está aquí.
Y eso era, precisamente, lo que más inquietó a Mateo.
Porque él no le había dicho a nadie que pensaba acompañarla a su casa.
Los tres golpes no se repitieron.
Quien estaba del otro lado de la puerta no insistía.
Esperaba.
Como si supiera que la espera también era una forma de presión.
Mateo hizo un leve gesto con la mano para que Elena permaneciera donde estaba.
Cruzó lentamente la habitación.
Cada tabla del piso crujía bajo sus botas.
No desenfundó el revólver.
Un hombre que llegaba armado a una puerta ya estaba anunciando que tenía miedo.
Y él necesitaba observar antes de actuar.
Se detuvo junto a la ventana.
Corrió apenas el visillo.
Afuera, el sol de la tarde caía sobre el pequeño patio.
Había un caballo moro atado al palenque.
Junto a él, un hombre de unos cincuenta años sostenía el sombrero entre las manos.