CAPÍTULO 4 “El hombre del eucaliptal”
El caballo apenas había recuperado el aliento cuando Mateo y Julián Peralta abandonaron el hotel.
Benjamín Arce montó detrás de ellos, sin pronunciar una palabra.
Atravesaron la plaza al trote.
Los vecinos se apartaban a su paso.
Algunos fingían seguir con sus tareas.
Otros permanecían inmóviles, observándolos desde las galerías.
El rumor ya había comenzado a correr.
En los pueblos pequeños las noticias viajaban más rápido que los caballos.
—¿Dónde? —preguntó Mateo mientras ajustaba las riendas.
—En el eucaliptal de la estancia San Jerónimo.
—¿Quién lo encontró?
—Un puestero.
Fue a buscar unas ovejas que se habían dispersado.
Mateo miró fugazmente a Arce.
—¿A cuántas leguas?
—Poco más de una.
El camino era recto.
A ambos lados se extendían trigales recién nacidos y parcelas donde el viento levantaba pequeñas espirales de polvo.
Después de media hora apareció el eucaliptal.
Era una hilera de árboles altos plantados para proteger los corrales del viento.
Aun antes de llegar, Mateo vio a varias personas reunidas.
Peones.
Un capataz.
Dos mujeres abrazadas.
Y un sacerdote con el sombrero entre las manos.
El comisario frunció el ceño.
Demasiada gente.
El lugar ya estaba contaminado.
El cadáver yacía bajo la sombra de un eucalipto enorme.
Boca arriba.
Las manos cruzadas sobre el pecho.
Como si alguien hubiera querido darle una apariencia de serenidad.
Mateo desmontó sin apuro.
No permitió que nadie se acercara.
—Todos hacia atrás, por favor.
Su voz no fue fuerte.
Pero tenía una autoridad natural que nadie discutió.
Se arrodilló junto al cuerpo.
Era un hombre de unos sesenta años.
Delgado.
Cabello completamente blanco.
La ropa estaba limpia, aunque arrugada.
No había señales visibles de lucha.
Ni heridas de arma blanca.
Ni impactos de bala.
Lo primero que llamó la atención de Mateo fueron las botas.
Estaban cubiertas de barro fresco.
Pero el suelo bajo el cadáver estaba completamente seco.
Miró alrededor.
La tierra del eucaliptal era dura.
Compacta.
No había barro en varios cientos de metros.
Levantó lentamente la vista.
—Lo trajeron.
Arce se acercó.
—¿Cómo lo sabe?
Mateo señaló las botas.
—Porque aquí no pudo ensuciárselas.
El comisario local guardó silencio.
Ferreyra continuó observando.
Las manos.
Las uñas.
La ropa.
Un pequeño rasguño detrás de la oreja.
Y, finalmente...
El cuello.
Había una marca apenas visible.
Fina.
Oscura.
Casi horizontal.
No era un corte.
Parecía la huella dejada por una cuerda delgada.
Mateo pasó suavemente un dedo sobre la piel.
No dijo nada.
Se incorporó.
Miró al médico del pueblo, que acababa de llegar con su maletín.
—Doctor.
Necesito que confirme una impresión.
El médico, Alberto Funes , se inclinó sobre el cadáver.
Después de unos minutos levantó la cabeza.
—Murió por asfixia.
Mateo asintió lentamente.
Era lo que imaginaba.
No era un suicidio.
Era un homicidio.
Pero había algo más.
El cuerpo no mostraba el rigor habitual de quien llevaba varias horas al aire libre.
Había sido movido hacía poco.
Muy poco.
—¿Cuánto tiempo lleva muerto?
Funes pensó unos instantes.
—Entre doce y dieciocho horas.
Mateo hizo un cálculo mental.
Eso situaba la muerte durante la noche anterior.
La misma noche en que él viajaba hacia Médanos.
—¿Quién es? —preguntó finalmente.
Nadie respondió.
El silencio fue absoluto.
Los peones bajaron la cabeza.
Las mujeres comenzaron a llorar.
El sacerdote hizo la señal de la cruz.
Fue el capataz quien terminó hablando.
—Se llama Pedro Mansilla.
Mateo giró lentamente.
El nombre le resultó inmediato.
Pedro Mansilla.
El vecino.
El último hombre que, según Arce, había visto con vida a Anselmo Rivas.
Ahora estaba muerto.
Ferreyra levantó la vista hacia el comisario local.
Arce permanecía inmóvil.
Su rostro no revelaba emoción alguna.
Pero sus ojos evitaban encontrarse con los de Mateo.
Solo un instante.
Un instante suficiente.
Porque el joven investigador acababa de comprender que la desaparición de Anselmo y el asesinato de Pedro no eran hechos aislados.
Eran eslabones de una misma cadena.
Y alguien estaba rompiendo cada uno de esos eslabones antes de que pudiera interrogarlos
Mientras el médico preparaba el traslado del cuerpo, Mateo comenzó a caminar lentamente alrededor del eucalipto.
No buscaba huellas.
Ya sabía que habría demasiadas.
Buscaba algo que no perteneciera a ese lugar.
Se detuvo.
A unos diez metros del cadáver había una rama rota.
No por el viento.
El quiebre era reciente.
Debajo de ella encontró una pequeña hebilla de bronce.
Era parte de una correa de montar.
La levantó.
No tenía grabados.
Pero conservaba adherido un hilo de lana azul oscuro.
No era ropa de trabajo.
Era tela fina.
Propia de un saco o de un poncho de buena calidad.
Guardó la hebilla en un pañuelo.
Nadie lo advirtió.
Excepto una persona.
Julián Peralta.
El joven agente observaba en silencio.
Mateo se acercó a él.
—¿Qué ve?
Peralta dudó.
—Nada... importante.
—Dígalo igual.
El muchacho respiró hondo.
—Los caballos.
Mateo sonrió apenas.
—¿Qué pasa con ellos?
—Los del capataz y los peones están inquietos.
Pero no miran al cuerpo.
Miran hacia el monte.
Ferreyra volvió lentamente la cabeza.
Tenía razón.
Cinco caballos.
Cinco direcciones distintas.
Y todos mantenían las orejas orientadas exactamente hacia el mismo lugar.
El interior del eucaliptal.
Un sitio donde, aparentemente...
No había nadie.
Mateo no desenfundó el revólver.
Simplemente comenzó a caminar hacia la sombra de los árboles.
A cada paso el aire se volvía más fresco.
Más denso.
Las hojas altas dejaban pasar la luz en pequeños fragmentos.
Entonces se detuvo.
En el tronco de un viejo eucalipto alguien había hecho un corte con un cuchillo.
No era una marca de ganado.
No era un nombre.
Eran dos letras.
M.F.
Mateo pasó los dedos sobre la madera.
El corte era reciente.
Muy reciente.
Sintió un frío recorrerle la espalda.
No porque aquellas fueran sus iniciales.
Sino porque comprendió el mensaje.
Alguien sabía exactamente quién era.
Y quería que él también lo supiera.
Mateo permaneció inmóvil frente al tronco.
Las dos letras habían sido grabadas con una hoja bien afilada.
No eran profundas.
La corteza todavía conservaba humedad en los bordes del corte.
El médico tenía razón.
Todo aquello era reciente.
Julián Peralta llegó unos pasos detrás.
—¿Qué encontró?
Mateo no respondió de inmediato.
Pasó la yema de los dedos sobre las incisiones.
Luego dio un paso hacia atrás.
Las observó desde distintos ángulos.
Finalmente habló.
—¿Ve algo extraño?
Peralta entrecerró los ojos.
—Las letras.
—¿Sólo eso?
El joven volvió a mirar.
Tardó unos segundos.
Después negó con la cabeza.
Mateo sonrió apenas.
—No fueron hechas para verse de cerca.
Se alejó otros tres metros.
Entonces la luz cambió.
Las sombras proyectadas por las ramas hicieron que las dos letras parecieran formar parte de una flecha.
No señalaban el árbol.
Señalaban un punto del monte.
—Mire ahora.
Peralta abrió los ojos.
—Están indicando una dirección.
—Exactamente.
Mateo comenzó a caminar.
No seguía las letras.
Seguía la línea imaginaria que marcaban.
El suelo estaba cubierto por hojas secas de eucalipto.
Cada paso producía un crujido apagado.
El olor a resina era intenso.
El monte se volvía más espeso.
A unos treinta metros encontró lo que buscaba.
No un objeto.
Una ausencia.
Había un claro perfectamente circular, de unos cuatro metros de diámetro.
Allí no crecían yuyos.
No había ramas caídas.
Ni siquiera hojas.
Como si alguien hubiera limpiado cuidadosamente el terreno.
Mateo se agachó.
La tierra era más oscura.
Recién removida.
No con una pala.
Con varias.
Durante bastante tiempo.
Peralta tragó saliva.
—¿Cavaron aquí?
Mateo tomó un puñado de tierra.
La dejó deslizar entre los dedos.
—Sí.
—¿Buscaban algo?
—No.
Creo que lo sacaron.
El joven permaneció en silencio.
Aquella idea resultaba más inquietante.
Alguien había trabajado durante horas en medio del monte, sin que nadie del pueblo pareciera saberlo.
O sin querer decirlo.
Cuando regresaron junto al cadáver, el doctor Alberto Funes terminaba de cubrir el cuerpo con una lona.
Mateo se acercó.
—Doctor, necesito hacerle una pregunta.
—Diga.
—¿Conocía a Pedro Mansilla?
El médico levantó la vista.
—Desde hace veinte años.
—¿Cómo era?
Funes tardó en responder.
No por falta de memoria.
Sino porque buscaba las palabras adecuadas.
—Un hombre prudente.
Muy trabajador.
Poco amigo de meterse en problemas.
—¿Enemigos?
El médico negó.
—Que yo supiera, ninguno.
Mateo observó a las personas reunidas.
Todos evitaban mirar el cadáver.
Excepto una mujer.
Estaba de pie, a cierta distancia.
Vestía de negro.
No lloraba.
No hablaba.
Solo miraba.
Tenía unos cuarenta años.
El rostro curtido por el sol.
Las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color.
—¿Quién es?
Funes siguió su mirada.
—Elena.
La hermana de Pedro.
Mateo se acercó despacio.
No llevaba el sombrero puesto.
Nunca interrogaba a una persona en duelo cubriéndose la cabeza.
Era una cuestión de respeto.
—Señora...
La mujer no apartó los ojos del cuerpo.
—No vine a reconocerlo.
Ya sabía que era él.
Su voz era firme.
Demasiado firme.
Como si hubiera llorado todo lo que podía llorar mucho antes de aquella mañana.
—Soy Mateo Ferreyra.
Ella asintió apenas.
—Lo esperaba.
Aquella respuesta sorprendió al comisario.
—¿Me esperaba?
—Sí.
Sabía que terminarían enviando a alguien de Bahía Blanca.
Mateo guardó silencio.
La mujer lo miró por primera vez.
Tenía los ojos grises.
No transmitían miedo.
Transmitían cansancio.
Un cansancio antiguo.
—Llegó tarde, comisario.
Él no respondió.
Sabía que cualquier intento de justificar el retraso sonaría vacío.
—Mi hermano quiso hablar hace tres días.
Nadie quiso escucharlo.
Ayer volvió a intentarlo.
Anoche lo mataron.
Las palabras fueron dichas sin elevar la voz.
Sin dramatismo.
Como quien enumera hechos inevitables.
Mateo comprendió que aquella mujer no estaba buscando compasión.
Estaba midiendo su reacción.
—¿Qué quería contar Pedro?
Ella negó lentamente.
—No lo sé.
Nunca alcanzó a decírmelo.
Solo repetía una frase.
Siempre la misma.
Mateo esperó.