Los que enterraron el silencio CAPÍTULO 3 “La estación de Médanos” #2
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CAPÍTULO 3 “La estación de Médanos” #2

Arce sostuvo su mirada unos segundos.

Luego asintió.

—Como prefiera.

Salieron de la comisaría caminando, sin escolta.

El sol del mediodía había disipado la humedad de la mañana y una brisa cálida hacía girar lentamente las hojas de los plátanos de la plaza.

Mateo caminaba despacio.

No parecía observar nada en particular.

Sin embargo, registraba cada detalle.

La panadería estaba frente a la iglesia.

La botica, junto al correo.

El banco ocupaba el edificio más sólido de la calle principal.

El almacén de ramos generales era, evidentemente, el corazón del pueblo.

Allí entraban y salían peones, carreros, chacareros y comerciantes.

Si las noticias circulaban por Médanos, pasaban primero por ese lugar.

—¿Cómo se llama el almacenero? —preguntó.

—Don Emilio Caviglia.

—¿Hace mucho que está aquí?

—Desde que el pueblo era apenas unas pocas casas.

Mateo asintió.

Los pueblos tenían memoria.

Y casi siempre esa memoria pertenecía a quienes permanecían muchos años detrás de un mismo mostrador.

No entró.

Continuó caminando.

Arce comenzaba a impacientarse.

Esperaba preguntas sobre el cadáver.

Sobre Anselmo.

Sobre el procedimiento policial.

En cambio, el joven comisario preguntaba por el médico, el herrero, el maestro de escuela, el jefe de estación y el juez de paz.

—¿Por qué le interesa todo eso? —preguntó finalmente.

Mateo sonrió apenas.

—Porque un crimen nunca ocurre en un vacío.

Ocurre dentro de una comunidad.

Y antes de investigar el hecho...

Necesito entender a las personas.

Arce guardó silencio.

Aquella respuesta confirmaba una impresión que empezaba a incomodarlo.

Ferreyra investigaba de una manera distinta.

Al pasar frente a la iglesia, un anciano que barría las hojas del atrio levantó la vista.

Se quitó la boina.

—Buenas tardes, comisario.

Arce respondió con un gesto.

Mateo se detuvo.

—Buenas tardes.

¿Cómo se llama?

El hombre pareció sorprendido.

—Tomás Gaitán.

Soy el sacristán.

—Mucho gusto.

El anciano sonrió.

Los dos policías siguieron caminando.

A los pocos metros, Mateo habló sin mirar a Arce.

—Él sí me miró a los ojos.

—¿Perdón?

—El sacristán.

No tuvo miedo.

Arce hizo un gesto de indiferencia.

—¿Y eso qué significa?

—Todavía no lo sé.

Pero significa algo.

Cuando regresaban hacia la plaza, un grupo de chicos jugaba a las bolitas junto al cordón de la vereda.

Al ver acercarse a los policías, dejaron de jugar.

Uno de ellos, de no más de diez años, observó fijamente a Mateo.

Luego dijo en voz muy baja:

—Ese no es el comisario.

Los otros niños lo hicieron callar inmediatamente.

Uno incluso le dio un codazo.

El grupo se dispersó corriendo.

Mateo siguió caminando.

No comentó nada hasta doblar la esquina.

—Los chicos no aprendieron eso solos.

Arce respondió con naturalidad.

—Los niños hablan por hablar.

—No.

Repiten lo que escuchan en sus casas.

El comisario local no contestó.

Llegaron finalmente al Hotel Comercio.

—Supongo que se hospedará aquí —dijo Arce.

—Sí.

Entraron.

El dueño del hotel era un hombre robusto, de bigotes espesos y modales amables.

Se presentó como Nicolás Bianchi .

Mientras completaba el registro de huéspedes, Mateo hizo una pregunta aparentemente trivial.

—¿Ha tenido mucha gente estos días?

Bianchi levantó la vista.

—Más de lo habitual.

—¿Comerciantes?

—Algunos.

—¿Y los demás?

El hotelero dudó apenas un instante.

—Viajantes.

Mateo firmó el libro.

La tinta todavía estaba fresca cuando deslizó el registro unos centímetros hacia sí.

No buscaba los nombres.

Buscaba la caligrafía.

Las fechas.

Las repeticiones.

Un apellido llamó su atención.

R. Soria.

Dos noches.

Sin procedencia consignada.

Sin destino.

La letra correspondiente no era la del hotelero.

Era del propio huésped.

Mateo cerró el libro con suavidad.

—¿Ya se marchó?

—¿Quién?

—El señor Soria.

Bianchi pareció confundido.

Revisó el registro.

Frunció el ceño.

—Qué raro...

Pensé que había salido esta mañana.

Pero su habitación sigue ocupada.

Mateo levantó lentamente la vista.

—¿Podría mostrármela?

Arce intervino enseguida.

—No creo que sea necesario.

Quizá el huésped salió a caminar.

Ferreyra permaneció en silencio unos segundos.

Después respondió con absoluta calma.

—Tal vez.

Pero si un hombre paga una habitación y desaparece sin avisar...

Empieza a parecerse demasiado a otro caso que también comenzó con una ausencia.

El hotel entero quedó en silencio.

Bianchi tragó saliva.

Arce sintió, por primera vez desde la llegada del joven comisario, que la investigación había dejado de estar bajo su control.

Y, en el piso superior, detrás de la puerta de la habitación número siete...

Había alguien conteniendo la respiración.

Nicolás Bianchi buscó el manojo de llaves con dedos inseguros.

El metal tintineó sobre el mostrador.

—La habitación siete... —murmuró—. Está al fondo del pasillo.

Mateo tomó una de las lámparas de queroseno.

—No hace falta que nos acompañe.

El hotelero dudó.

Miró a Benjamín Arce, como buscando autorización.

El comisario local hizo un leve movimiento con la cabeza.

Bianchi permaneció detrás del mostrador.

Nadie dijo una palabra mientras subían la escalera de madera.

Cada peldaño respondía con un crujido distinto.

El edificio era antiguo.

Había sido construido cuando el ferrocarril todavía prometía convertir a Médanos en una ciudad importante.

El pasillo del primer piso era estrecho y estaba cubierto por una alfombra gastada que apagaba el sonido de las pisadas.

La puerta número siete permanecía cerrada.

Mateo dejó la lámpara en el suelo.

Acercó el oído.

Nada.

Ni un movimiento.

Ni una respiración.

Sólo el silencio.

—¿Tiene llave? —preguntó.

Bianchi se la entregó sin hablar.

Mateo la introdujo lentamente en la cerradura.

Giró.

El mecanismo respondió con un chasquido seco.

Empujó apenas unos centímetros.

El olor salió primero.

No era el olor de un cuerpo.

Era tabaco.

Cuero.

Y colonia de lavanda.

Una habitación ocupada.

Pero vacía.

Abrió completamente.

La cama estaba tendida.

Demasiado tendida.

Como si nadie hubiera dormido en ella.

Sobre la mesa descansaban una jarra con agua, un vaso limpio y un ejemplar del diario La Nueva Provincia , fechado dos días antes.

Mateo recorrió la habitación con la mirada.

No había equipaje.

Ni sombrero.

Ni abrigo.

Nada.

Sólo un pequeño cenicero de vidrio.

En su interior descansaban tres colillas.

Las tomó con cuidado.

Eran cigarrillos importados.

De papel fino.

No era un tabaco habitual en la campaña.

—¿Fumaba usted? —preguntó sin levantar la vista.

Arce negó.

—Nunca.

Mateo sonrió apenas.

No esperaba otra respuesta.

Se acercó a la ventana.

Desde allí se veía perfectamente la estación

Y, sobre todo...

La puerta de la comisaría.

Abrió los postigos.

La perspectiva era inmejorable.

Quien se hubiera alojado allí podía observar discretamente todo movimiento policial.

Sin ser visto.

—Curiosa elección de habitación.

Arce respondió con naturalidad.

—Es la mejor ventilada.

Mateo no dijo nada.

Sabía que no era cierto.

El sol de la tarde caía de lleno sobre aquella ventana.

En verano debía ser la habitación más calurosa del hotel.

No se elegía por comodidad.

Se elegía por la vista.

Mientras recorría el cuarto, algo llamó su atención.

El espejo.

Era un espejo sencillo, sujeto a la pared con dos tornillos.

Pero estaba ligeramente torcido.

No por el uso.

Como si alguien lo hubiera movido recientemente.

Mateo levantó una mano.

Lo giró con suavidad.

Detrás apareció un pequeño sobre de papel madera, cuidadosamente escondido entre la madera y el muro.

Arce dio un paso involuntario.

—¿Qué es eso?

Mateo no respondió.

Abrió el sobre.

Vacío.

Solo contenía una hoja arrancada de un cuaderno.

En ella había un dibujo hecho a lápiz.

No era una carta.

No había palabras.

Era un croquis.

Muy simple.

Una curva del camino.

Un molino.

Un bajo.

Y, a unos cien metros de distancia, una cruz marcada con una X.

Nada más.

Ninguna explicación.

Ningún nombre.

Solo ese dibujo.

Mateo permaneció observándolo durante largo rato.

Después dobló el papel cuidadosamente y lo guardó en el bolsillo interior de su saco.

Arce extendió la mano.

—¿Puedo verlo?

Ferreyra negó con cortesía.

—Más tarde.

Primero quiero entender por qué alguien escondería esto... en lugar de destruirlo.

El comisario local retiró lentamente la mano.

Fue un gesto casi imperceptible.

Pero Mateo lo registró.

No era curiosidad.

Era ansiedad.

Y había una diferencia enorme entre ambas.

Cuando descendieron al vestíbulo, Bianchi seguía esperando.

—¿Encontraron algo?

Mateo respondió con una pregunta.

—¿Recuerda el rostro del señor Soria?

El hotelero frunció el ceño.

—No mucho.

Era un hombre correcto.

Hablaba poco.

Pagó por adelantado.

Eso sí...

Tenía una cicatriz.

—¿Dónde?

—Aquí.

Se señaló la mandíbula izquierda.

—¿Venía solo?

—Siempre.

¿Siempre?

La palabra quedó suspendida.

Mateo la repitió mentalmente.

—¿Ya había estado antes?

Bianchi comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.

—Yo...

No estoy seguro.

Mateo sonrió con amabilidad.

—No se preocupe.

La memoria suele confundirse.

Especialmente cuando intenta olvidar.

El hotelero bajó la vista.

No respondió.

En ese instante, desde la calle, llegó el galope desesperado de un caballo.

Un jinete frenó frente a la puerta del hotel levantando una nube de polvo.

Era el agente Julián Peralta.

Saltó del caballo antes de que el animal se detuviera por completo.

Entró casi sin aliento.

—¡Mi comisario!

Arce dio un paso adelante.

—¿Qué ocurrió?

Peralta miró a uno y otro.

Luego clavó los ojos en Mateo.

—Encontraron un cuerpo.

Esta vez...

No estaba enterrado.

Y todos sabían quién era.

El silencio cayó sobre el hotel con el peso de una sentencia.

Mateo no hizo ninguna pregunta.

Solo tomó su sombrero.

Porque había comprendido algo fundamental.

La partida acababa de empezar.

Y el enemigo había decidido mover primero.