Los que enterraron el silencio CAPÍTULO 2 “Un hombre que todavía creía en la ley” #2
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CAPÍTULO 2 “Un hombre que todavía creía en la ley” #2

Sabía que aquella frase no era una reflexión.

Era una orden.

Y también una advertencia.

A esa misma hora, sin saber que alguien acababa de interesarse por su vida, Mateo Ferreyra cerraba su valija de cuero.

Dentro colocó apenas lo indispensable:

Dos mudas de ropa.

Su cuaderno de notas.

Una brújula de campaña que había conservado desde el Ejército.

Y un ejemplar gastado del Código Penal.

Luna lo observó con una sonrisa.

—Viaja liviano.

Mateo cerró las hebillas.

—Un investigador debe hacerlo.

—¿Por qué?

Ferreyra apagó la lámpara de su escritorio.

—Porque nunca sabe cuánto tiempo tardará en volver.

Y mientras la ciudad de Bahía Blanca se preparaba para otra noche cualquiera, en algún lugar de la inmensa llanura un desconocido desmontaba frente a un viejo molino.

Llevaba una pala al hombro.

Se detuvo.

Miró hacia ambos lados.

Comenzó a cavar.

No buscaba ocultar un cuerpo.

Buscaba recuperar algo que había quedado enterrado junto a él.

Algo pequeño.

Tan pequeño que cualquiera habría pensado que carecía de valor.

Pero por eso mismo...

Podía destruirlos a todos.

La noche había cubierto nuevamente la llanura.

El viento ya no soplaba con la violencia de la víspera. Ahora avanzaba en ráfagas breves, apenas suficientes para hacer crujir los molinos y sacudir las copas de los caldenes.

El hombre cavaba con movimientos precisos.

No era un peón.

Eso se advertía en la forma de sostener la pala.

Sus manos estaban acostumbradas a dar órdenes, no a trabajar la tierra.

Sin embargo, aquella noche no había querido delegar la tarea.

Había demasiado en juego.

La hoja de acero penetró apenas unos centímetros antes de golpear algo duro.

Tac.

El hombre se detuvo.

Se arrodilló.

Apartó el barro con los dedos.

Apareció una pequeña caja metálica, del tamaño de una tabaquera.

Estaba cubierta de óxido.

La levantó con cuidado.

Durante unos segundos permaneció observándola.

Respiraba con dificultad.

Como quien teme encontrar exactamente aquello que busca.

Abrió la tapa.

Vacía.

El silencio se volvió insoportable.

La inspeccionó otra vez.

La sacudió.

Nada.

Sólo barro seco adherido a las paredes interiores.

El hombre cerró lentamente la caja.

Su respiración se hizo más pesada.

—Llegamos tarde...

murmuró.

Detrás de él apareció un jinete.

Había esperado a prudente distancia.

—¿La encontró?

El hombre levantó la caja.

—Sí.

—¿Está ahí?

Negó con la cabeza.

—No.

El jinete permaneció inmóvil.

—Entonces...

¿Alguien la sacó?

No hubo respuesta inmediata.

El hombre volvió a mirar el pozo.

Luego el horizonte.

Finalmente dijo algo que el viento se llevó casi por completo.

—O nunca llegó a enterrarse aquí.

Muy lejos de allí, en Bahía Blanca, Mateo Ferreyra no conseguía dormir.

Era una costumbre que conservaba desde el Ejército.

La noche anterior a una misión importante siempre terminaba repasando una y otra vez cada detalle disponible.

Se levantó.

Encendió la lámpara.

Volvió a desplegar el mapa.

Esta vez añadió una hoja en blanco.

Comenzó a escribir.

No nombres.

Preguntas.

¿Por qué un hombre respetado inventaría un cadáver?

¿Por qué un comisario redactaría un informe tan incompleto?

¿Quién fue el primero en llegar al lugar?

¿Quién tuvo tiempo suficiente para modificar la escena?

Después de unos segundos agregó una quinta pregunta.

La escribió más despacio que las anteriores.

¿Qué era tan importante como para hacer desaparecer un cuerpo entero?

Se quedó observándola.

Algo no encajaba.

Un cadáver era difícil de ocultar.

Exigía tiempo.

Personas.

Medios.

Era una operación riesgosa.

Nadie haría semejante esfuerzo sólo para evitar una investigación menor.

Había otra razón.

Y todavía no alcanzaba a verla.

Apagó la lámpara.

Cuando volvió a acostarse ya no pensaba en el muerto.

Pensaba en aquello que podía haber sido enterrado con él.

Al amanecer, la estación ferroviaria de Bahía Blanca hervía de actividad.

Los silbatos de las locomotoras se mezclaban con el vapor que escapaba de las calderas.

Empleados cargaban cajones de frutas.

Soldados esperaban el próximo convoy.

Mujeres con sombreros oscuros despedían a familiares.

Mateo llegó con una pequeña valija de cuero.

Luna lo acompañaba.

—Todavía está a tiempo de quedarse.

Ferreyra sonrió.

—¿Y perderme un expediente lleno de contradicciones?

Sería una lástima.

Luna rió.

Después recuperó la seriedad.

—Tenga cuidado.

Mateo levantó una ceja.

—¿Por un cadáver que quizá nunca existió?

El escribiente negó lentamente.

—No.

Por las personas que parecen demasiado interesadas en demostrar que nunca existió.

Aquella frase quedó resonando en la cabeza del comisario mientras subía al vagón.

El tren comenzó a moverse con lentitud.

Los andenes quedaron atrás.

Las casas de la ciudad fueron reemplazadas por quintas, luego por campos abiertos.

Mateo apoyó la frente contra el vidrio.

No sabía exactamente qué encontraría en Médanos.

Podía tratarse de una falsa denuncia.

De un error.

De un viejo confundido.

O de algo mucho más grave.

Lo único que tenía claro era una convicción que llevaba consigo desde que vistió por primera vez un uniforme.

La verdad no desaparece.

Puede ocultarse.

Puede comprarse.

Puede enterrarse.

Pero siempre deja una huella.

Y él había dedicado su vida a seguir huellas.

Ignoraba que, a varios kilómetros de allí, otro hombre también observaba las vías del ferrocarril.

Montado sobre un caballo oscuro, esperó hasta ver pasar la locomotora.

No hizo ningún gesto.

No intentó detenerla.

Simplemente siguió con la mirada el último vagón hasta que desapareció en el horizonte.

Luego giró el caballo.

Y emprendió el regreso.

Ahora ya conocían el rostro del nuevo comisario.

Solo faltaba averiguar una cosa.

Si era tan incorruptible como decían... o si, como todos los demás, tenía un punto débil.