CAPÍTULO 2 “Un hombre que todavía creía en la ley”
La lluvia comenzó a caer sobre Bahía Blanca poco antes de las siete de la mañana.
No era una tormenta.
Era una llovizna persistente, de esas que parecían dispuestas a permanecer todo el día, cubriendo de brillo los adoquines y apagando los colores de la ciudad.
En el patio de la Jefatura Regional de Policía, un grupo de agentes formaba para el cambio de guardia. Los uniformes oscuros contrastaban con el vapor que salía de los caballos atados a las argollas de hierro.
En una oficina del primer piso, el comisario Mateo Ferreyra ya llevaba más de una hora trabajando.
Su escritorio estaba impecablemente ordenado.
Un tintero.
Un secante.
Tres expedientes abiertos.
Y una taza de café que se había enfriado sin que él lo advirtiera.
Tenía treinta años, el cabello negro cuidadosamente peinado hacia un costado y una expresión serena que algunos confundían con frialdad.
Había servido en el Ejército antes de ingresar a la policía, experiencia que le había dejado una disciplina casi obsesiva y la costumbre de analizar cada detalle antes de actuar.
No fumaba.
No bebía.
Y nunca levantaba la voz.
Sus subordinados decían que era el único hombre capaz de hacer sentir vergüenza a un mentiroso sin necesidad de insultarlo.
Mateo prefería escuchar.
Las personas terminaban revelando más cuando el silencio las incomodaba.
Esa mañana revisaba un expediente sobre el robo de ganado cuando alguien golpeó suavemente la puerta.
—Adelante.
Entró el oficial escribiente Ricardo Luna , un muchacho de veinticinco años, delgado y meticuloso, con un legajo de documentos bajo el brazo.
—Disculpe la interrupción, mi comisario.
—¿Qué ocurre?
Luna dejó un sobre color madera sobre el escritorio.
—Llegó hace unos minutos desde Médanos.
Mateo levantó la vista.
—¿Algún delito importante?
—No sabría decirle.
El remitente no lo aclara.
Sólo solicita que la Jefatura tome conocimiento.
Ferreyra tomó el sobre.
No estaba lacrado.
Lo abrió con un cortaplumas.
Dentro encontró una única hoja.
La letra era prolija.
Excesivamente prolija.
Leyó en silencio.
Su expresión no cambió.
Pero Luna notó que releía un párrafo por segunda vez.
Luego una tercera.
Finalmente apoyó el papel sobre el escritorio.
—Escuche esto.
Tomó la carta y comenzó a leer en voz alta.
"Se informa que un vecino de reconocida honestidad manifestó haber encontrado un cadáver parcialmente enterrado en un paraje rural cercano al partido.
La inspección policial realizada en el sitio no permitió verificar la existencia de restos humanos ni de indicios compatibles con un hecho delictivo.
Se presume que el denunciante pudo haber incurrido en un error de apreciación debido a las condiciones de oscuridad imperantes durante la noche del hallazgo.
No obstante, se deja constancia de la denuncia para conocimiento de esa superioridad. "
Mateo dejó lentamente la hoja sobre la mesa.
No habló durante unos segundos.
Luna conocía ese silencio.
Era la señal de que su superior estaba ordenando las piezas en la cabeza.
—¿Qué piensa? —preguntó finalmente.
Mateo tomó el documento otra vez.
—Pienso que quien escribió esta nota quiso cerrar el asunto antes de abrirlo.
El escribiente arqueó una ceja.
—¿Por qué dice eso?
Ferreyra señaló con el índice una línea.
—Aquí.
"Vecino de reconocida honestidad."
Si consideran que el denunciante es una persona confiable, ¿por qué concluyen inmediatamente que imaginó un cadáver?
Luna no respondió.
Mateo continuó.
—Y hay algo más.
Le mostró la hoja.
—No figura el nombre del denunciante.
No indica la ubicación exacta.
No describe el lugar.
No menciona quién participó del procedimiento.
Ni siquiera dice cuántos agentes estuvieron presentes.
Es un informe lleno de omisiones.
Demasiadas.
El joven escribiente sonrió.
—Usted siempre encuentra algo.
Mateo negó con suavidad.
—No.
Yo sólo desconfío de los documentos que parecen demasiado prolijos.
Porque los hechos reales casi nunca lo son.
En ese momento alguien llamó con firmeza a la puerta.
Antes de que respondieran, un hombre alto, de cabello entrecano y uniforme impecable entró en la oficina.
Era el Inspector General Esteban Robles , jefe regional.
Su sola presencia bastó para que Luna se pusiera de pie.
—Buenos días.
—Buenos días, señor.
Robles observó el expediente abierto.
Después la carta.
Finalmente a Mateo.
—Veo que ya llegó el informe de Médanos.
Ferreyra asintió.
—Lo estaba leyendo.
—Entonces ahorrémonos tiempo.
Quiero que viaje mañana.
El joven comisario levantó la vista.
—¿A Médanos?
—Exactamente.
Luna miró sorprendido a uno y otro.
—Pero... según el informe no hubo delito.
Robles esbozó una leve sonrisa.
—Eso mismo dice el informe.
Luego apoyó ambas manos sobre el escritorio y clavó los ojos en Mateo.
—Y precisamente por eso quiero que vaya.
Porque cuando alguien se apresura tanto a convencerme de que no pasó nada...
Empiezo a sospechar que ocurrió exactamente lo contrario.
Ferreyra cerró lentamente la carpeta.
No podía imaginar que aquella orden cambiaría el rumbo de su vida.
Ni que, en algún rincón del sudoeste bonaerense, varias personas ya estaban haciendo todo lo posible para impedir que él llegara.
Porque, sin saberlo, acababa de aceptar una investigación cuyo verdadero expediente no estaba en ningún archivo.
Llevaba años enterrado bajo la tierra de la pampa.
La oficina quedó en silencio cuando el Inspector General Robles salió.
Mateo permaneció unos segundos con la vista fija en la puerta cerrada.
Después volvió a tomar el informe.
Lo leyó por cuarta vez.
No buscaba información.
Buscaba ausencias.
Era un hábito adquirido durante sus años en el Ejército. Un superior le había enseñado que un informe podía mentir tanto por lo que decía como por aquello que omitía.
Y aquel documento estaba lleno de silencios.
—Luna.
—Sí, mi comisario.
—¿Quién redactó esto?
El escribiente consultó el margen inferior de la hoja.
—Comisario Benjamín Arce.
Médanos.
Mateo hizo un leve gesto afirmativo.
—¿Lo conoce?
—Sólo de nombre.
Dicen que lleva muchos años allí.
—¿Cuántos?
Luna hojeó un registro.
—Diecisiete.
Ferreyra dejó el papel sobre el escritorio.
Diecisiete años.
Demasiado tiempo para un destino tan pequeño.
En la policía provincial era habitual que los oficiales cambiaran de jurisdicción cada pocos años. Permanecer casi dos décadas en el mismo pueblo significaba una de dos cosas.
O era un hombre excepcionalmente eficiente.
O había echado raíces demasiado profundas.
Mateo no expresó ese pensamiento.
Simplemente abrió un cajón.
Sacó un mapa del sudoeste bonaerense y lo extendió sobre la mesa.
—Acérquese.
Luna obedeció.
El joven comisario apoyó la punta de un lápiz sobre Bahía Blanca.
Luego siguió el trazado del ferrocarril hacia el sur.
Punta Alta.
Grünbein.
General Cerri.
Después los caminos de tierra.
Médanos.
Más allá...
Sólo campo.
—¿Qué sabe de esta zona? —preguntó.
Luna sonrió.
—Muy poco.
Nunca fui.
Mateo tampoco.
Sin embargo permaneció varios minutos observando el mapa.
Había aprendido que el terreno era el primer testigo de cualquier investigación.
Las personas podían mentir.
Los caminos, no.
Notó algo curioso.
Los principales establecimientos rurales estaban unidos por huellas bien marcadas.
Pero existían enormes extensiones prácticamente vacías.
Campos interminables.
Montes aislados.
Bajos.
Cañadas.
Sitios donde una persona podía desaparecer sin que nadie la encontrara durante semanas.
—Entiendo...
murmuró para sí.
Luna lo miró intrigado.
—¿Qué entendió?
—Por qué alguien elegiría ese lugar.
—¿Para esconder un cadáver?
Mateo negó con suavidad.
—No.
Para esconder una historia.
Aquella tarde pidió los antecedentes del comisario Arce.
No esperaba encontrar nada importante.
Y, en efecto, el legajo era impecable.
Condecoraciones.
Ascensos.
Felicitaciones.
Cero sanciones.
Cero investigaciones.
Demasiado impecable.
Ferreyra apoyó el expediente sobre la mesa.
En veinte años de carrera había visto policías excelentes.
Y policías mediocres.
Pero nunca había conocido a uno cuya trayectoria estuviera completamente libre de errores.
Los hombres se equivocaban.
Los documentos también.
El problema era cuando dejaban de equivocarse.
Entonces alguien había empezado a corregirlos.
Mientras tanto, a más de ciento cincuenta kilómetros de allí, el viento seguía recorriendo los campos cercanos a Médanos.
Una galería amplia protegía el frente de una antigua estancia.
Desde una mecedora de madera, un hombre observaba la llanura.
Vestía bombachas oscuras, botas altas y una camisa blanca impecablemente planchada.
No aparentaba más de cincuenta años.
Su cabello comenzaba a encanecer en las sienes.
Sobre una pequeña mesa descansaban un mate de plata y un ejemplar del diario del día anterior.
No tenía aspecto de criminal.
Tenía aspecto de alguien acostumbrado a mandar.
Sin levantar la vista preguntó:
—¿Está confirmado?
Otro hombre permanecía de pie a pocos metros.
—Sí, señor.
Anselmo Rivas habló.
Hubo una inspección.
El patrón siguió cebando mate.
—¿Encontraron algo?
—No.
—¿Y el viejo?
—Insiste en que vio un cuerpo.
El dueño de casa sonrió apenas.
—Los hombres mayores suelen aferrarse a sus recuerdos.
El peón vaciló antes de continuar.
—Hay otra novedad.
Ahora sí, el patrón levantó lentamente la mirada.
—¿Cuál?
—Desde Bahía Blanca van a mandar un comisario.
El silencio se hizo pesado.
El viento agitó las hojas del paraíso que crecía junto a la galería.
Finalmente el hombre dejó el mate sobre la mesa.
—¿Quién?
—Todavía no sabemos.
El patrón permaneció pensativo unos segundos.
Luego habló con absoluta calma.
—Averígüenlo.
Y cuando sepan su nombre...
Quiero conocer también su pasado.
El peón asintió.
—Sí, señor.
Se dio vuelta para retirarse.
—Espere.
El hombre volvió a detenerse.
El dueño de la estancia seguía mirando el horizonte.
—Dígales una cosa más.
—¿Qué cosa?
Su voz fue apenas un murmullo.
—Que no vuelvan a cometer errores.
Porque un error...
Es suficiente para que un hombre honesto empiece a hacer preguntas.
Y los hombres honestos...
Son los más difíciles de comprar.
El peón bajó la cabeza.