CAPÍTULO 1 “El caballo que no quiso avanzar“ #3
A menos que conozcan perfectamente a quien está del otro lado de la puerta.
Eusebio permaneció inmóvil junto a la ventana.
Su respiración era apenas un murmullo.
Anselmo podía distinguir el brillo de sus ojos reflejado en las brasas del fogón.
—¿Qué hacemos? —preguntó en voz baja.
El capataz no respondió enseguida.
Escuchaba.
En el campo, un hombre aprendía a escuchar antes que a mirar. El viento engañaba a los ojos, pero no a los oídos.
Pasaron unos segundos.
Luego un minuto.
Nada.
Ni pasos.
Ni cascos.
Ni el roce de un poncho contra los yuyos.
Sólo el silbido del aire filtrándose por las rendijas de la cocina.
Finalmente Eusebio volvió a encender el farol.
La llama iluminó otra vez las paredes de adobe.
—Tal vez ya se fue.
Anselmo negó lentamente.
—No.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
El viejo levantó la vista.
—Porque no quiso hacerme daño.
Quiso asustarme.
Eusebio bajó la cabeza.
Aquellas palabras parecían confirmar un pensamiento que llevaba años guardando.
—Eso significa que saben quién es usted.
Anselmo sintió un vacío en el pecho.
Nunca había pensado en eso.
Si alguien lo había observado junto al bajo...
También había visto su rostro.
Y probablemente conociera su nombre.
No durmió.
Intentó hacerlo acostándose sobre un catre de tientos, pero cada vez que cerraba los ojos volvía a ver aquella mano emergiendo del barro.
Antes del amanecer ya estaba de pie.
El viento había amainado.
Una neblina baja cubría los campos como una sábana gris.
Eusebio ensilló un caballo.
—La carreta es demasiado lenta.
Vaya montado.
Avise cuanto antes.
Anselmo aceptó.
Antes de partir, metió la mano en el bolsillo del saco.
Sacó el trozo de tela negra.
Lo observó unos segundos.
Después hizo lo mismo con el terrón de tierra.
—Voy a guardar esto.
Eusebio lo miró con preocupación.
—No se lo muestre a cualquiera.
—¿Por qué?
El capataz vaciló.
—Porque nunca se sabe quién trabaja para quién.
Aquella frase quedó resonando en la cabeza del viejo mientras montaba.
Nunca se sabe quién trabaja para quién.
En la campaña todos se conocían.
O al menos eso creían.
El sol apenas comenzaba a teñir de naranja el horizonte cuando Anselmo llegó a Médanos.
El pueblo despertaba lentamente.
El panadero acomodaba las primeras hogazas en la vidriera.
Un herrero abría las puertas de su taller.
Dos chicos corrían detrás de un perro flaco levantando una nube de polvo.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Anselmo ató el caballo frente a la comisaría.
Era un edificio sencillo, de paredes encaladas y techo de chapa.
Sobre la puerta colgaba el escudo de la provincia.
Empujó.
Un agente joven levantó la vista desde un escritorio.
—Buen día.
—Necesito hablar con el comisario.
—¿Por qué asunto?
—Es urgente.
El muchacho notó el estado del visitante.
Las botas embarradas.
El saco cubierto de tierra.
La barba sin afeitar.
No insistió.
Desapareció por un pasillo.
Pocos segundos después apareció el comisario Benjamín Arce .
Era un hombre cercano a los sesenta años.
Bigote prolijo.
Uniforme impecable.
Botas lustradas.
Su expresión transmitía serenidad.
Demasiada serenidad.
—¿Qué ocurre, don Anselmo?
Se conocían desde hacía años.
El viejo respiró profundamente.
—Encontré un cuerpo.
Durante un instante el rostro de Arce permaneció inmóvil.
Sólo un instante.
Luego sonrió apenas.
Una sonrisa educada.
Controlada.
—Pase a mi despacho.
Cerró la puerta.
Esperó a que Anselmo se sentara.
Recién entonces habló.
—Ahora cuénteme despacio.
Desde el principio.
Anselmo relató cada detalle.
El viento.
El caballo.
La mano.
Los terrones.
La voz.
Los golpes en la carreta.
Mientras hablaba, observó algo curioso.
El comisario no tomaba notas.
Simplemente escuchaba.
Con las manos cruzadas sobre el escritorio.
Cuando terminó el relato, Arce permaneció unos segundos en silencio.
Después preguntó:
—¿Está completamente seguro de haber visto una mano?
Aquella pregunta molestó a Anselmo.
—¿Usted cree que no sé distinguir una mano de una raíz?
—Sólo intento ser prudente.
—No necesito prudencia.
Necesito que mande gente.
El comisario asintió lentamente.
—Claro que la mandaré.
No se preocupe.
Pero antes...
Hay algo que quisiera pedirle.
—¿Qué cosa?
Arce entrelazó los dedos.
Lo miró directamente a los ojos.
—Hasta que verifiquemos los hechos...
Le agradecería que no comentara esto con nadie.
Anselmo sintió el mismo escalofrío que había sentido unas horas antes al escuchar a Eusebio.
Era exactamente la misma petición.
No diga nada.
No hable.
Espere.
Calle.
Por primera vez desde que había entrado en la comisaría, comenzó a preguntarse si realmente había acudido al lugar correcto.
Y, sin saberlo, acababa de cometer un error que alguien llevaba horas esperando.
Porque mientras conversaban a puertas cerradas, un muchacho salió discretamente por la puerta trasera de la comisaría, montó un zaino oscuro y tomó al galope el camino hacia el norte.
No llevaba uniforme.
No llevaba insignias.
Solo un mensaje.
Un mensaje que debía llegar antes de que la policía encontrara aquello que la tierra estaba empezando a devolver.
El despacho del comisario Benjamín Arce quedó en silencio.
El reloj de pared marcaba las ocho y cuarto de la mañana.
Su péndulo parecía exageradamente ruidoso.
Tac.
Tac.
Tac.
Arce permanecía sentado detrás del escritorio, con las manos cruzadas y la mirada fija en Anselmo.
No había hecho una sola anotación.
Eso empezó a inquietar al viejo más que cualquier pregunta.
—¿No va a escribir nada? —preguntó.
El comisario sonrió apenas.
—Tengo buena memoria.
—Yo preferiría que quedara asentado.
La sonrisa desapareció.
—Quedará asentado.
Cuando corresponda.
Aquella respuesta dejó un gusto amargo.
Durante toda su vida, Anselmo había tratado con policías, jueces de paz y escribanos. Sabía que un hombre honesto escribía antes de olvidar.
Y el comisario Arce no había escrito una sola palabra.
En ese momento llamaron a la puerta.
Un agente asomó la cabeza.
—Disculpe, mi comisario.
Ya están ensillando los caballos.
Arce asintió.
—Bien.
Salimos enseguida.
El joven desapareció.
El comisario se levantó lentamente.
Tomó su sombrero.
Se acomodó el cinturón con el revólver reglamentario y abrió la puerta del despacho.
—Vamos, don Anselmo.
Muéstreme el lugar.
Media hora después, cuatro jinetes abandonaban Médanos.
El grupo estaba formado por el comisario Arce, dos agentes y Anselmo Rivas.
El viento había cambiado.
Ahora soplaba desde el este, trayendo un aire húmedo que hacía ondular los pastizales como si el campo respirara.
Nadie hablaba.
El único sonido era el golpeteo acompasado de los cascos sobre la huella.
Anselmo iba adelante.
Conocía el camino.
Aunque una parte de él deseaba no encontrar nunca más aquel bajo.
Después de casi dos horas de marcha divisó el molino.
Más adelante, la curva.
Y finalmente...
El bajo.
—Es ahí.
Descendió del caballo antes que los demás.
Caminó decidido hacia el lugar donde había visto emerger la mano.
El corazón le latía con fuerza.
Se detuvo.
Frunció el ceño.
Miró otra vez.
No entendía.
La tierra estaba lisa.
Perfectamente lisa.
Ni una sola señal de haber sido removida.
Ni barro fresco.
Ni huellas.
Ni la mano.
Nada.
Anselmo sintió que el mundo entero se inclinaba bajo sus pies.
—No...
Caminó unos metros más.
Buscó desesperadamente el sitio exacto.
Estaba seguro.
Reconocía el pequeño tala inclinado.
La piedra blanca.
El desnivel del terreno.
Era allí.
Sin ninguna duda.
Pero el cadáver había desaparecido.
El comisario Arce se acercó despacio.
Observó el suelo.
Se agachó.
Tomó un puñado de tierra.
La dejó caer entre los dedos.
Después miró al viejo.
—¿Está seguro de que era este lugar?
—¡Claro que estoy seguro!
—No hay absolutamente nada.
—¡Porque alguien vino antes!
Uno de los agentes soltó una risa apenas contenida.
Arce le lanzó una mirada severa.
El silencio volvió de inmediato.
Anselmo comenzó a caminar en círculos.
Cada vez más desesperado.
—Aquí estaba la mano.
Aquí.
Lo juro por la memoria de mi padre.
¡Aquí!
Se arrodilló.
Escarbó con las manos desnudas.
La tierra estaba compacta.
Como si llevara meses sin ser tocada.
Las uñas comenzaron a romperse.
No le importó.
Siguió cavando.
Cada palada arrancada con las manos aumentaba la angustia.
No encontró nada.
Absolutamente nada.
Sintió una mano apoyarse en su hombro.
Era el comisario.
—Basta, don Anselmo.
El viejo levantó la vista.
Tenía barro en la cara.
Y lágrimas que ni siquiera había advertido.
—Yo lo vi...
Arce sostuvo su mirada.
Por primera vez su voz sonó casi compasiva.
—No digo que no haya visto algo.
El cansancio...
La oscuridad...
El miedo...
A veces juegan malas pasadas.
Anselmo apartó violentamente la mano del comisario.
—¿Me está tratando de mentiroso?
—No.
De hombre.
Y los hombres se equivocan.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.
El viejo comprendió entonces que había quedado solo.
Nadie le creía.
O, peor aún...
Nadie quería creerle.
En ese instante, uno de los agentes llamó desde unos metros más allá.
—¡Mi comisario!
Todos giraron.
El muchacho sostenía algo entre los dedos.
Era un botón.
Pequeño.
De nácar.
Cubierto de barro.
Arce caminó hasta él.
Lo tomó.
Lo observó unos segundos.
Luego, con absoluta naturalidad, cerró el puño.
—No es nada.
Puede ser de cualquier prenda.
Guárdelo.
Anselmo lo vio perfectamente.
Ese botón no estaba allí un instante antes.
Y, sin embargo, el comisario acababa de ocultar el único indicio que confirmaba su relato.
Fue en ese preciso momento cuando dejó de confiar en Benjamín Arce.
Y también comprendió algo mucho más inquietante.
La persona que había enterrado aquel cuerpo no era la única que protegía el secreto.
Había otras.
Muchas más.
Y algunas llevaban una placa sobre el pecho.