CAPÍTULO 1 “El caballo que no quiso avanzar“ #2
Había alguien oculto en la oscuridad.
Alguien que sabía exactamente dónde estaba él.
Y que, por alguna razón, no quería que se acercara otra vez a aquel lugar.
Anselmo levantó lentamente el farol.
La llama iluminó un círculo apenas suficiente para distinguir los pastos cercanos.
Más allá...
Todo era negrura.
Entonces ocurrió.
Una voz.
Grave.
Casi un susurro.
Arrastrada por el viento.
No pudo distinguir de dónde provenía.
Ni siquiera supo si realmente la había escuchado.
Sólo alcanzó a entender cuatro palabras.
— Váyase... mientras pueda.
El viejo quedó inmóvil.
El corazón golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Había pasado toda su vida atravesando aquellos campos.
Conocía las tormentas, las sequías, los malones que aún se recordaban en las historias de los más ancianos.
Pero jamás había sentido un miedo semejante.
Porque comprendió algo que hasta entonces no había imaginado.
El hombre enterrado no era el verdadero peligro.
El verdadero peligro...
Seguía vivo.
Anselmo permaneció inmóvil.
El farol colgaba de su mano derecha y la llama oscilaba con tanta violencia que parecía a punto de extinguirse. El vidrio empañado deformaba las sombras del pastizal, haciendo que cada mata pareciera un hombre agazapado.
—¿Quién anda ahí? —preguntó otra vez.
Esta vez su voz sonó más débil.
Nadie respondió.
El viento volvió a soplar desde el bajo, levantando un remolino de polvo y hojas secas que pasó entre la carreta y el caballo.
El Moro resopló con fuerza.
Retrocedió otro paso.
Las sogas tensaron el yugo.
La carreta crujió.
Anselmo conocía demasiado bien a ese animal para ignorar aquella reacción.
Los caballos percibían cosas que los hombres tardaban en comprender.
Y el Moro estaba aterrado.
Sin apartar la vista de la oscuridad, el viejo recogió el terrón que había caído a sus pies.
Era compacto.
Demasiado compacto.
Al limpiarlo con el pulgar descubrió pequeñas raíces mezcladas con tierra negra.
No provenía del camino.
Había sido arrancado de un suelo recientemente removido.
Exactamente igual al que rodeaba aquella mano.
Sintió un escalofrío.
No había sido una advertencia improvisada.
Quien se ocultaba en la oscuridad sabía perfectamente dónde estaba el enterramiento.
Y quería mantenerlo oculto.
Guardó el terrón en el bolsillo del saco casi por instinto, sin saber por qué. Años después, si alguien le hubiera preguntado, no habría podido explicarlo. Tal vez porque una parte de él ya comprendía que algún día tendría que demostrar que todo aquello había ocurrido.
Miró una vez más hacia el bajo.
La luz del farol apenas alcanzaba el borde del terreno.
La mano seguía allí.
Quieta.
Emergiendo de la tierra como un pedido de auxilio congelado en el tiempo.
Anselmo se quitó el sombrero.
Se persignó lentamente.
—Que Dios lo tenga en su gloria...
Volvió sobre sus pasos.
Desató al Moro con manos temblorosas.
El caballo giró antes de que él terminara de acomodarse en el pescante, como si hubiera esperado esa orden desde hacía una eternidad.
No hizo falta usar el rebenque.
El animal arrancó casi al trote.
Las ruedas de la carreta comenzaron a golpear contra los pozos del camino.
Anselmo no volvió la cabeza.
No quería mirar.
No quería comprobar si alguien los seguía.
Pero había una sensación imposible de ignorar.
La certeza de que unos ojos permanecían clavados en su espalda.
Durante varios minutos el único sonido fue el traqueteo de la carreta.
Después...
Otro ruido.
Muy lejano.
Un caballo.
No delante.
Detrás.
Anselmo aferró las riendas.
Escuchó con atención.
Sí.
No se equivocaba.
El galope era suave.
Intermitente.
Como el de alguien que procuraba mantener distancia.
Se obligó a respirar con calma.
Podía ser cualquier paisano.
Un peón regresando tarde.
Un tropero.
Un viajero perdido.
Pero algo le decía que no.
El Moro también lo había oído.
Las orejas giraban hacia atrás una y otra vez.
El animal aceleró por iniciativa propia.
El viejo tragó saliva.
Sin mirar, tomó el viejo revólver Lefaucheux que guardaba debajo del asiento. Hacía años que no lo usaba.
Ni siquiera recordaba cuántos cartuchos tenía.
Lo dejó apoyado sobre sus piernas.
Esperaba no necesitarlo.
El galope continuó.
Siempre a la misma distancia.
Nunca más cerca.
Nunca más lejos.
Como si quien montaba conociera el campo mejor que él.
Pasó una legua.
Después otra.
Finalmente apareció, a lo lejos, la silueta oscura del molino de la estancia La Esperanza . Sus aspas inmóviles se recortaban contra un cielo donde empezaban a abrirse pequeños claros entre las nubes.
Anselmo sintió un alivio inmediato.
Había gente.
Había luz.
Había vida.
Cuando estuvo a unos trescientos metros, se atrevió por fin a mirar hacia atrás.
El camino estaba vacío.
No había ningún jinete.
Ninguna sombra.
Nada.
Sólo la línea interminable de la huella perdiéndose en la noche.
Se quedó inmóvil unos segundos.
¿Había imaginado el galope?
No.
El Moro seguía nervioso.
Los animales no imaginaban.
El viejo volvió el rostro hacia la estancia.
Una luz se encendió en una de las ventanas.
Luego otra.
Un perro comenzó a ladrar.
El mundo conocido regresaba poco a poco.
Sin embargo, antes de hacer avanzar la carreta, sus ojos descendieron casi sin querer hacia una de las ruedas traseras.
Allí, incrustado entre el barro húmedo, había algo que antes no estaba.
Un pequeño trozo de tela.
Negra.
Desgarrada.
Como si alguien hubiera intentado sujetarse a la carreta mientras esta escapaba.
Anselmo la tomó entre los dedos.
Era un paño grueso.
De buena calidad.
Y desprendía el mismo olor acre que había sentido junto al bajo.
La dobló cuidadosamente y la guardó en el bolsillo, junto al terrón de tierra.
Todavía no lo sabía.
Pero acababa de conservar las dos primeras piezas de un rompecabezas que cambiaría la vida de muchas personas.
Y también la suya.
Porque al amanecer, cuando contara lo que había visto, algunos hombres fingirían sorprenderse.
Otros le dirían que había sido víctima de la oscuridad y del cansancio.
Y unos pocos...
Harían todo lo posible para que nunca volviera a hablar de aquella noche.
La tranquera de La Esperanza se abrió con un chirrido largo y áspero.
El capataz apareció envuelto en un poncho oscuro, sosteniendo un farol por encima de la cabeza.
—¿Quién anda?
—Soy yo... Anselmo.
El hombre entrecerró los ojos.
—¿Rivas?
—Sí.
El capataz abrió completamente la tranquera.
—¿Qué le pasó? Tiene una cara...
Anselmo descendió de la carreta sin responder.
Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en una de las ruedas para no caer.
El capataz, un hombre fornido llamado Eusebio Soria , llevaba casi veinte años en aquella estancia. Había visto peones heridos por cornadas, incendios de rastrojos y temporales capaces de arrasar un galpón entero.
Pero jamás había visto a Anselmo Rivas con esa expresión.
Era el rostro de alguien que había dejado de confiar en lo que conocía.
—¿Está enfermo?
Anselmo negó lentamente.
Miró hacia el camino por el que acababa de llegar.
Oscuridad.
Nada más.
Sin embargo, seguía sintiendo aquella presencia.
Como si el campo no hubiera terminado de soltarlo.
—Necesito agua.
Eusebio no preguntó nada.
Lo condujo hasta la cocina de peones.
El fuego todavía conservaba brasas encendidas.
Una pava silbaba suavemente sobre la cocina económica.
El aroma del café recién hecho llenaba el ambiente.
Todo era tan cotidiano que por un instante Anselmo creyó haber imaginado el resto.
Se sentó.
Las manos le seguían temblando.
Eusebio le acercó un jarro.
—Tome.
El viejo bebió un largo trago.
El calor le devolvió algo de color al rostro.
Pasaron varios minutos antes de que hablara.
—Encontré un muerto.
La frase cayó como una piedra.
El capataz permaneció inmóvil.
No preguntó dónde.
No preguntó quién.
Lo primero que hizo fue mirar hacia la ventana.
Como si quisiera asegurarse de que nadie hubiera escuchado.
Ese gesto no pasó inadvertido para Anselmo.
—¿Qué pasa?
Eusebio tardó en responder.
—¿Está seguro de lo que vio?
—Tan seguro como de que usted está parado enfrente mío.
Silencio.
El capataz respiró profundamente.
—¿Dónde?
Anselmo describió el bajo.
El camino.
La curva.
El molino lejano.
La tierra removida.
La mano.
Mientras hablaba, observó cómo el semblante de Eusebio cambiaba.
No parecía sorprendido.
Parecía preocupado.
Demasiado preocupado.
Cuando terminó el relato, el capataz permaneció varios segundos sin decir una palabra.
Luego dejó el jarro sobre la mesa.
—Escúcheme bien.
—¿Qué?
—Al amanecer váyase directo al pueblo.
—Eso pienso hacer.
—Y cuando llegue...
No diga dónde lo encontró.
Anselmo frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—Diga solamente que vio algo raro.
Nada más.
El viejo sintió que la indignación comenzaba a reemplazar al miedo.
—¿Está loco?
—No.
Justamente porque no estoy loco se lo digo.
—Hay un hombre enterrado.
—Lo sé.
—¡No! Usted no sabe.
Eusebio levantó la vista.
Sus ojos, curtidos por años de campo, mostraban una angustia inesperada.
—No... usted no entiende.
Anselmo sintió un escalofrío.
—Explíqueme entonces.
El capataz abrió la boca.
Pero las palabras no salieron.
Un golpe seco resonó contra la puerta.
Los dos hombres se sobresaltaron.
Otro golpe.
Más fuerte.
Después otro.
No eran nudillos.
Parecía el impacto de un objeto pesado contra la madera.
Eusebio apagó el farol de un soplido.
La cocina quedó iluminada únicamente por el resplandor rojizo de las brasas.
—No haga ruido —susurró.
Anselmo sintió que el corazón volvía a acelerarse.
Los golpes cesaron.
El silencio regresó.
Entonces se escuchó un relincho.
No era el Moro.
Venía desde el patio.
Después, el ladrido furioso de los perros.
Y de pronto...
Nada.
Ni un sonido.
Ni un solo ladrido.
Los perros habían callado al mismo tiempo.
Eso era imposible.
Eusebio se acercó lentamente a una rendija de la ventana.
Espió hacia afuera.
Su rostro perdió el poco color que le quedaba.
Retrocedió de inmediato.
—¿Qué vio?
El capataz tardó unos segundos en contestar.
—No hay nadie.
—¿Entonces?
—Eso es lo que me preocupa.
Porque los perros...
Jamás dejan de ladrar cuando alguien se acerca.