Los que enterraron el silencio CAPÍTULO 1 “El caballo que no quiso avanzar“
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CAPÍTULO 1 “El caballo que no quiso avanzar“

La noche había caído mucho antes de que Anselmo Rivas advirtiera que se había equivocado de camino.

No era un hombre de perderse.

A sus cincuenta y ocho años conocía cada picada, cada molino y cada cañada del sur bonaerense como las líneas endurecidas de sus propias manos.

Durante más de tres décadas había llevado mercaderías entre estancias, puestos y pueblos perdidos.

Sabía orientarse por las estrellas cuando el cielo estaba despejado y por la dirección del viento cuando las nubes escondían la luna.

Pero aquella noche el cielo parecía una inmensa manta negra.

Sin luna.

Sin estrellas.

Sin horizonte.

Sólo el viento.

Siempre el viento.

Bajaba desde el sudoeste con una fuerza áspera, haciendo vibrar los alambres y doblando los pastos secos que crecían a ambos lados del camino. Cada tanto levantaba remolinos de polvo que golpeaban el pescante de la carreta como si alguien quisiera detenerla.

Anselmo acomodó el cuello del poncho y observó a su caballo.

—Vamos, Moro... Ya falta poco.

El tordillo respondió con un resoplido cansado.

Habían salido de Médanos al caer la tarde llevando un cajón de herramientas, dos bolsas de harina, yerba, querosén y correspondencia destinada a la estancia San Gregorio, a unas cuantas leguas de allí.

Era un viaje que había hecho decenas de veces.

Sin embargo...

Algo no estaba donde debía estar.

El viejo frunció el ceño.

Buscó con la vista la silueta del molino que acostumbraba aparecer sobre una pequeña loma.

No estaba.

Tampoco distinguía la hilera de eucaliptos que señalaba el desvío hacia la estancia.

Sólo campo.

Un océano oscuro que parecía extenderse hasta el fin del mundo.

El viento volvió a soplar.

Esta vez más frío.

Más pesado.

Anselmo sintió un escalofrío que no supo explicar.

No era el frío.

Era otra cosa.

Una sensación antigua.

Como si alguien lo estuviera observando desde la oscuridad.

Se volvió lentamente.

Nada.

Sólo la carreta.

Los cajones amarrados con sogas.

El rechinar de las ruedas.

Y el interminable murmullo del pastizal.

Sacudió la cabeza.

—Estás viejo, Anselmo... —murmuró para sí, intentando espantar el mal presentimiento.

Tomó las riendas con firmeza.

—¡Arre!

El Moro avanzó unos metros.

Cinco.

Tal vez seis.

Y entonces ocurrió.

El caballo se quedó inmóvil.

No disminuyó el paso.

No vaciló.

Simplemente se detuvo.

Como si delante de él hubiera aparecido un muro invisible.

Anselmo chasqueó la lengua.

Nada.

Tiró suavemente de las riendas.

El animal no respondió.

Volvió a ordenarle avanzar.

El tordillo bajó la cabeza y emitió un relincho extraño.

No era de cansancio.

Era un sonido corto.

Nervioso.

Casi desesperado.

El viejo sintió cómo se le tensaban los músculos de la espalda.

En más de treinta años jamás había visto reaccionar así a aquel animal.

Descendió lentamente de la carreta.

Las botas hundieron apenas unos centímetros en la tierra húmeda.

El viento parecía haberse detenido.

De pronto, el silencio resultó aún más inquietante que el vendaval.

Anselmo acarició el cuello del caballo.

Estaba empapado en sudor.

Las orejas apuntaban hacia adelante.

Los ojos permanecían fijos en un punto del camino.

No parpadeaba.

Como si contemplara algo que el hombre todavía no alcanzaba a distinguir.

—¿Qué te pasa, viejo?

El animal retrocedió un paso.

Después otro.

Nunca lo hacía.

Jamás.

Anselmo siguió la dirección de aquella mirada.

Al principio no vio nada.

El camino se perdía entre los pastizales.

Más allá comenzaba un pequeño bajo donde el agua de las lluvias solía estancarse durante el invierno.

Una mancha oscura.

Nada más.

Entonces el viento regresó.

Pero esta vez no llegó desde atrás.

Sopló de frente.

Y trajo consigo un olor.

No era el olor dulzón de un animal muerto.

Ni el barro húmedo de los bañados.

Era otro.

Difícil de reconocer.

Una mezcla de tierra removida, cuero mojado y humo viejo.

Un olor que parecía salir desde las entrañas mismas del campo.

Anselmo tragó saliva.

Durante un instante recordó las historias escuchadas en las pulperías.

Las risas nerviosas.

Las conversaciones que se interrumpían cuando alguien pronunciaba ciertos nombres.

«No hay que andar por esos bajos cuando cae la noche.»

«Hay lugares donde el campo se queda con lo que encuentra.»

Siempre había considerado aquellas historias simples supersticiones.

Hasta ese momento.

Metió la mano debajo del asiento de la carreta y sacó un farol de kerosén.

Lo encendió con dedos torpes.

La llama vaciló unos segundos antes de estabilizarse.

La luz apenas lograba abrir un pequeño círculo dorado en medio de la inmensidad negra.

Miró al caballo.

—Esperame.

El Moro respondió con un bufido y volvió a retroceder.

No quería permanecer allí.

Ni siquiera atado a la carreta.

Anselmo dio el primer paso hacia el bajo.

Luego otro.

Cada pisada parecía más pesada que la anterior.

El silencio era absoluto.

Ni grillos.

Ni lechuzas.

Ni el ladrido lejano de un perro.

Sólo el sonido de sus propias botas hundiéndose en la tierra húmeda.

Cuando estuvo a unos veinte metros, el farol iluminó algo que no debía estar allí.

Una tela.

Oscura.

Moviéndose apenas con el viento.

Podía ser un poncho.

O una manta.

Tal vez un viejo recado abandonado.

Avanzó dos pasos más.

El corazón comenzó a golpearle con fuerza.

La luz del farol tembló entre sus manos.

Entonces comprendió que aquello no era un trozo de tela.

Era la manga de un saco.

Y debajo...

Había una mano.

Inmóvil.

Cubierta de barro.

Los dedos sobresalían apenas de la tierra, como si alguien hubiera intentado aferrarse al mundo antes de desaparecer bajo él.

Anselmo quedó petrificado.

El farol casi se le escapó de las manos.

Un golpe de viento hizo oscilar la llama.

La sombra de aquellos dedos pareció moverse sobre el suelo.

Y, por primera vez en toda su vida, el viejo carrero sintió un miedo tan profundo que le paralizó hasta la respiración.

Sin saberlo, acababa de tropezar con el primer hilo de una verdad que llevaba demasiado tiempo enterrada.

Y desde ese mismo instante...

Alguien más supo que él la había encontrado.

Anselmo no podía apartar la vista de aquella mano.

La llama del farol temblaba tanto como la suya.

Quiso convencerse de que era un tronco retorcido, una raíz cubierta de barro o un viejo guante olvidado por algún peón. Cualquier explicación era preferible a la que comenzaba a imponerse en su cabeza.

Dio un paso más.

El barro cedió bajo la bota con un sonido húmedo.

El olor se volvió más intenso.

No era simplemente tierra removida.

Había algo agrio.

Algo metálico.

Algo que el viejo conocía desde chico por haber ayudado en las carneadas.

El olor de la sangre cuando llevaba demasiado tiempo mezclándose con la tierra.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Levantó el farol.

La luz alcanzó a mostrar parte de una manga oscura, endurecida por el barro. El tejido parecía bueno. No era ropa de un peón cualquiera.

La mano permanecía abierta.

Los dedos estaban rígidos.

Como si en el último instante hubieran intentado sujetar algo que ya no existía.

Anselmo sintió un nudo en el estómago.

Miró alrededor.

La oscuridad seguía siendo absoluta.

Sin embargo, ahora tenía la incómoda certeza de que el campo entero lo observaba.

Respiró hondo.

—Dios mío...

La frase apenas salió de sus labios.

Se arrodilló con dificultad, apoyando una rodilla sobre la tierra húmeda.

Con el mango del rebenque comenzó a apartar cuidadosamente el barro alrededor de la muñeca.

No pretendía desenterrar el cuerpo.

Sólo necesitaba saber.

Necesitaba convencerse de que aquello era real.

Apenas retiró la primera capa de tierra apareció un puño de camisa.

Blanco.

O lo había sido alguna vez.

Ahora estaba manchado por una mezcla oscura que el barro no conseguía ocultar.

El viejo dejó de mover el rebenque.

Ya no tenía dudas.

Allí había una persona.

Enterrada.

Y no llevaba mucho tiempo bajo tierra.

El viento volvió de golpe.

Con una violencia inesperada.

La llama del farol se inclinó peligrosamente.

Las sombras comenzaron a correr sobre los pastizales como figuras vivas.

Fue entonces cuando escuchó un ruido.

Un crujido seco.

A su espalda.

Anselmo giró tan rápido que casi perdió el equilibrio.

Nada.

Sólo la carreta.

El Moro.

Y la inmensa oscuridad.

Pero el caballo estaba distinto.

No relinchaba.

No se movía.

Miraba fijamente hacia un costado del camino.

Con el cuello rígido.

Las orejas completamente erguidas.

Como si hubiera detectado una presencia.

Anselmo siguió esa dirección.

Al principio no distinguió nada.

Después...

Le pareció ver una sombra.

Alta.

Inmóvil.

A unos cincuenta metros.

Entre los pastos.

No podía asegurar que fuera una persona.

Tal vez un caldén torcido.

Tal vez un poste.

Tal vez el cansancio.

Entrecerró los ojos.

La figura desapareció.

El viejo respiró aliviado.

—Estoy viendo fantasmas...

Se obligó a decirlo en voz alta.

Necesitaba escuchar una voz humana, aunque fuera la propia.

Se puso de pie.

Ya no tenía sentido seguir allí.

Debía regresar a Médanos.

Avisar a la autoridad más cercana.

Que otros se ocuparan.

Él era un simple carrero.

Un hombre acostumbrado a transportar mercadería, no muertos.

Comenzó a caminar hacia la carreta.

Había recorrido apenas la mitad del camino cuando el Moro lanzó un relincho desgarrador.

No de miedo.

De dolor.

—¡Moro!

Anselmo echó a correr.

El caballo se encabritó violentamente.

Las riendas golpeaban contra el pescante.

La carreta se sacudía.

—¡Quieto!... ¡Quieto, viejo!

Antes de llegar vio el motivo.

Una piedra.

No.

Una piedra no.

Algo acababa de golpear el costado de la carreta.

La madera tenía una marca fresca.

Como si alguien hubiera arrojado un objeto con fuerza desde la oscuridad.

Anselmo levantó el farol.

—¿Quién anda ahí?

Su voz se perdió en la inmensidad.

Nadie respondió.

Sólo el viento.

Entonces llegó el segundo impacto.

Esta vez mucho más cerca.

El proyectil cayó a pocos pasos de sus botas.

Era un terrón de tierra endurecida.

Grande.

Pesado.

Lo bastante pesado como para lastimar.

No había caído del cielo.

Alguien lo había lanzado.

El viejo sintió cómo la sangre abandonaba su rostro.

Ya no estaba solo.

Nunca lo había estado.