34
Winnie
Dos semanas después
Giro el telescopio sobre el trípode. El viejo metal chirría.
—Aún no lo has engrasado —le digo a Pan mientras miro por el ocular.
—He estado ocupado, Darling.
Resoplo y vuelvo a girar el telescopio, observando el cielo nocturno.
Y por fin la encuentro.
La segunda estrella a la derecha titila. El todopoderoso Peter Pan nació de una diosa de las estrellas que lo abandonó en Nunca Jamás de recién nacido porque era demasiado volátil. Luego la laguna le dio la sombra para ocultar su verdadera naturaleza.
O, al menos, esa es mi teoría. Pan no nos ha dado muchos detalles. Cuando le pregunté si era un dios, me cogió en brazos sin más, me llevó a la cama y me folló hasta que olvidé la pregunta.
Bash y yo estamos aquí arriba, en la antigua habitación de Pan, escrutando el cielo nocturno con el telescopio en busca de algún dios o diosa, pero solo vemos estrellas.
Eso no nos impide seguir mirando. Creo que Pan ha vuelto a fascinarnos a los dos, aunque él nos ignora como si fuéramos unos mocosos empeñados en que nos revele sus trucos de magia.
—Bajad de ahí —ordena Pan—. Es tarde y mañana es un gran día.
Sobre el escritorio hay cinco vasos alineados y Bash los llena.
Mañana es la coronación oficial de los príncipes fae; el día en que se convierten en reyes.
A Tilly le llevó unos cuantos días convencer a la corte de que le permitieran abdicar y readmitieran a los gemelos. Dado que tienen la sombra de Nunca Jamás, no pudieron negarse.
Supongo que eso fue lo único bueno que hizo Campanilla: secuestrarme para obligar a Pan a sacrificar la sombra en beneficio de los chicos.
Tilly se ha ido. Zarpó en uno de sus barcos reales hacia paradero desconocido.
Bajo de la tarima saltando por el borde. La sombra amortigua la caída y llego al suelo con un suave roce.
Bash me tiende un vaso. Los otros ya tienen el suyo en la mano y los alzamos.
—Por los príncipes que se convertirán en reyes —dice Pan.
—Por los príncipes fae —decimos todos a la vez.
Las alas de los gemelos se abren y llenan la habitación de luz iridiscente.
Bebemos. El alcohol me calienta el estómago y se me sube enseguida a la cabeza.
Aún intentamos averiguar cómo reconstruir Nunca Jamás, pero, por una vez, siento que todos tenemos las mejores intenciones. Y no hace falta que tengamos todas las respuestas ahora mismo.
Bash deja su vaso en la mesa, se acerca a mí y me pasa un brazo por los hombros.
—¿Serás nuestra nueva reina, Darling?
Pongo los ojos en blanco. Lleva preguntándomelo todos los días desde que derrotamos a Campanilla.
—Dudo que los fae vayan a aceptarme —digo, repitiendo mi respuesta.
—Los fae no tendrán elección —responde Kas.
—Además —interfiere Bash—, eres la puta Winnie Darling. Pues claro que serás nuestra reina.
La sombra se agita en mis entrañas. Le gusta cómo suena eso de «reina».
Me cruzo con la mirada cómplice de Vane. Le sonríe a su vaso y luego le da un largo trago.
—Para —le digo.
— ¿ Que pare el qué?
—De utilizar la sombra para saber qué estoy pensando.
—Ohhh. —Bash abre la boca, listo para recibir todos los secretos—. Dinos qué está pensando.
—Le gusta la idea de ser reina.
—¡Eh!
Vane sonríe. Pan se ríe.
—Pues claro que le gusta. A nuestra zorrita Darling le gusta darnos órdenes. ¿Por qué no dárselas a todo Nunca Jamás?
—Como si pudiera darte órdenes a ti, Peter Pan.
Bebe de su vaso.
—Probemos. Dame una orden, Darling.
—Ponte de rodillas ante mí.
Los chicos sueltan un «ohhhh ». Vane resopla, divertido.
Pan apura la bebida y deja el vaso; en ningún momento me quita los ojos de encima.
Y luego se pone de rodillas frente a mí.
—Para —digo, pero me estoy riendo.
Los gemelos lo imitan enseguida: primero Bash y luego Kas, con las alas plegadas a la espalda.
Clavo la mirada en Vane, que aún tiene el vaso en la mano. Si alguno fuera a mandarme a la mierda…
Vane agita lo que le queda de bebida y se la termina de un trago. Luego deja el vaso sobre el escritorio. Se acerca, me coge una mano y se pone de rodillas.
Me planta un beso casto en los nudillos.
—Como mi reina ordene —dice.
Miro a mi alrededor, a los cuatro hombres arrodillados ante mí. Los amo, a cada uno, a mi manera, y ellos también me aman.
Mis crueles hombres.
Todos ellos, míos .