32
Bash
El calor, la luz y el poder que emanan de Peter Pan bastarían para quemarnos la piel.
Kas y yo sujetamos a nuestra madre con fuerza mientras la oscuridad que la resucitó se desparrama en lazos de tinta.
—¡No la sueltes! —grita Kas por encima del caos infernal.
La oscuridad y la luz nos rodean. Noto las alas batirme en la espalda, para contrarrestar la fuerza que sale de Peter Pan.
Apenas puedo mirarlo: la luz es tan brillante, tan intensa, que, joder, creo que voy a quedarme ciego unos cuantos días.
Campanilla chilla; la piel se le agrieta como tierra reseca y la oscuridad huye de su cuerpo.
Esta nunca fue mi madre. Solo una versión peor. Y, aun así, encarna todo lo que odiaba de ella: cómo buscaba poder sin importarle el precio.
Pan aprieta los dientes y la luz que sale de él se intensifica y absorbe a Campanilla de tal modo que empieza a derramarse por su propia boca.
Campanilla se desintegra en nuestras manos y se convierte en una densa nube de polvo de hadas.
La luz se apaga y Pan da un paso hacia atrás. Respira con dificultad y tiene la frente cubierta de sudor.
Los fae y los Niños Perdidos salen de su estupor y miran a su alrededor como si no supieran cómo han llegado hasta aquí.
Vane y Winnie se acercan.
—¿Has pasado por chapa y pintura? —le pregunto a Pan.
El pecho se le mueve con varias respiraciones profundas y luego esboza una sonrisa pícara.
—Algo así.
Winnie corre hacia él y se echa en sus brazos, lo abraza por la cintura y empieza a llorar.
—Me tenías tan preocupada.
Él le devuelve el abrazo y le hunde una mano en el enmarañado desastre que es su pelo.
—Estoy bien, Darling.
—¿Qué ha pasado? —pregunta.
—Te lo contaré más tarde.
Después se inclina y le susurra algo al oído. Ella suelta una risita tonta y se sonroja.
Tilly se acerca. Está manchada de sangre de arriba abajo, como todos nosotros. La reina fae no ha rehuido esta batalla.
—¿Puedo hablar con vosotros? —nos pregunta a Kas y a mí.
Nos separamos del grupo. Los fae y los Niños Perdidos siguen intentando descifrar qué cojones ha pasado o, al menos, por qué algunos de sus amigos están muertos a sus pies.
Sospecho que la corte fae lleva tiempo a la deriva y Campanilla lo ha echado todo a perder. Nuestro reino quedará manchado para siempre.
—Gracias —dice Tilly. Traga con fuerza y se limpia la sangre de la mano con una manga—. Habéis arreglado otro de mis errores. —Se ríe mientras las lágrimas le brotan de los ojos—. Como en los viejos tiempos.
Kas y yo la abrazamos.
—Siempre te protegeremos, Til —le digo, pero noto el cuerpo de Kas rígido.
Mi gemelo no va a superarlo nunca, y yo tampoco estoy seguro de poder. ¿Cómo coño se supone que vamos a seguir adelante?
—Tilly —dice Kas, y rompe el abrazo—. Nos negamos a renunciar a la corte.
Ella asiente y se enjuga las lágrimas; luego respira hondo.
—Lo sé. Soy yo quien se va.
—Espera, ¿qué? —digo.
—Toda mi vida he hecho lo que se esperaba de mí. Es hora de que viva según mis propios términos. Lejos de Nunca Jamás.
—No digas tonterías. —Le doy un golpecito a mi hermano en el hombro—. Díselo. Dile que debería quedarse, que le encontraremos un sitio y…
Él niega con la cabeza.
—Ya no hay sitio aquí para ella.
Tilly intenta contener un sollozo sin conseguirlo y se tapa la boca con la mano. Una cosa es pensar algo y otra oír las palabras, sobre todo si salen de alguien a quien quieres.
Asiente deprisa, conteniendo las lágrimas.
—Kas —digo.
—No, tiene razón. —Toma aire—. Ya no hay sitio para mí en Nunca Jamás.
Es hora de que gobernéis vosotros, tal y como deberíais haber hecho desde el principio.
Habéis pasado por un infierno. Os habéis ganado cada migaja de poder que tenéis.
Informaré a la corte de que abdico y os cedo el trono.
No se opondrán. Sobre todo ahora que habéis salvado a los fae de mis errores y reclamado la sombra de Nunca Jamás.
Esto es todo lo que siempre he querido. Y Kas también. Pero es difícil aceptarlo cuando aquello a lo que renuncias es a tu hermana.
—Si tan segura estás… —digo.
—Lo estoy. —Nos abraza una última vez y se aparta—. Si alguna vez encuentro un lugar al que llamar hogar, os escribiré y os invitaré a cenar…, o a alguna de esas cosas mundanas que hace una familia.
—Eso me gustaría. —Le doy una palmadita a Kas—. Nos gustaría, ¿verdad?
—Eh… sí, claro.
—Adiós —dice, y se muerde el labio inferior.
Nos sonríe una última vez antes de encaminarse hacia el palacio.