Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 31
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Winnie

Vamos perdiendo.

Y Campanilla está radiante de alegría.

Tengo un corte profundo en el torso y la sangre me empapa la ropa. Vane está a punto de llevarme muy lejos, lo noto. Pero no hemos terminado. Esto no puede terminar así.

Un fae blande una vara de madera. Consigo esquivarlo justo a tiempo, pero me alcanza en pleno movimiento y una gran punzada de dolor me recorre los huesos, costillas y piernas.

Se me acumulan las lágrimas en los ojos.

La sombra se expande a mi alrededor y el aire empieza a ondear como las olas del océano. El fae se detiene, ahogado. Aprovecho para atacar. Cortar. Rajar. Su sangre me deja un fuerte sabor a cobre en la lengua.

¿Cuánto aguantaremos? ¿Cómo vamos a derrotar a Campanilla si ni siquiera una legendaria daga de estas islas puede matarla?

Kas hace polvo a un fae y luego Bash y él se colocan espalda contra espalda, listos para atacar, pero de golpe los fae y los Niños Perdidos pierden la histeria y el silencio se instala en la multitud.

Todos desvían la mirada hacia el cielo.

Yo los imito y veo un orbe de luz resplandecer en la noche oscura, y juro que oigo una voz decir: «Ya llego».

—¿Qué es eso? —pregunta Bash, respirando con dificultad.

La luz viaja a tal velocidad que el sonido que emite corta la noche como un reactor.

Se acerca. Cada vez más.

Los fae rompen a gritar, alarmados.

Veo a Campanilla entre la multitud con la boca y los ojos abiertos de par en par.

Esto no es cosa de ella.

Es otra cosa.

El orbe de luz cruza el prado y se estrella contra Campanilla. Los dos salen despedidos hacia atrás y acaban chocando contra el suelo con un estruendoso rugido, levantando tierra a su paso.

—Hostia puta —dice Kas.

—¿Qué coño está pasando? —pregunta Bash.

La luz se levanta y nos mira.

—Pan —digo entrecortadamente.

El puto Peter Pan, brillando como una estrella.

Vane y yo nos miramos y luego paseamos la vista por el claro hasta llegar a los gemelos.

Aunque sea de noche y el aire esté frío, noto a Pan como un rayo de sol en la piel.

Ha cambiado. Algo en él ha cambiado.

Pero ahora no hay tiempo para desenmarañar secretos.

Tenemos que actuar. Ya .

Campanilla se levanta; una de sus alas le cuelga torcida a la espalda. La otra ha desaparecido del todo.

—¿Qué has hecho, Peter Pan? —pregunta.

—He encontrado mi propia luz, Campanilla —responde.

Se abalanza sobre él. Él la esquiva. Ella vuelve a atacar, daga en mano. Pan consigue agarrarla del brazo y le arranca la hoja de un tirón. Con la daga oscura en el puño, aprieta, y la roca se derrite como tinta.

—Sujetadla —dice Pan, y todos cruzamos el claro corriendo hacia él.

Bash la agarra de un brazo y Kas, del otro. Vane y yo la rodeamos y nuestra sombra se lanza sobre ella y le roba todo el aire de los pulmones.

—¡No! —grita, e intenta zafarse de los gemelos.

Pan le agarra la cara con las manos resplandecientes. Una luz cegadora inunda el prado. Es tan brillante que me escuecen los ojos.

—¡No! —vuelve a gritar Campanilla.

La luz y el calor se extienden como un infierno. Una neblina oscura brota de Campanilla y danza con la luz. Los zarcillos oscuros de esa magia, sea cual sea, intentan aferrarse a este mundo una última vez.

—Adiós, Campanilla —dice Pan.

El hada echa la cabeza hacia atrás, mira directamente a las estrellas y grita.