Los príncipes fae (Crueles Niños Perdidos 4) 28
82%

28

Balder

Pasado

El lobo observa cómo la madre cruza la playa con una gran hoja en una mano y un bebé que chilla en la otra.

Es un niño problemático, inquieto y difícil de complacer.

La arena cruje bajo sus pies a medida que se acerca a la orilla. La laguna cobra vida en un brillante destello de luz, como si le diera la bienvenida.

La madre sonríe primero al agua, luego alza la cabeza hacia el cielo y sonríe a la oscuridad y a los puntitos de luz que la salpican.

El bebé llora. La madre frunce el ceño.

Coloca la hoja sobre la tranquila superficie del agua y pone al bebé encima. La hoja se hunde bajo su peso y el bebé llora con más fuerza mientras el agua chapotea.

—Lo siento —le dice, y lo empuja.

El agua se lo lleva.

Se queda allí, esperando, mirándolo.

—Te oigo respirar, hermano —dice al fin.

El lobo se pone a cuatro patas y sale trotando de entre la maleza.

La madre sigue mirando al niño; los espíritus de la laguna lo hacen girar en círculos y el llanto se convierte en risa.

—¿Estoy cometiendo un error? —le pregunta la madre al lobo.

El lobo no puede comunicarse como ella, pero sí hablarle a la mente.

«No puedes sacrificarlos a todos por salvar a uno».

Ella asiente y cruza los brazos. Lleva un vestido de una tela más fina que la seda. Brilla con el más mínimo cambio de luz.

La hoja vuelve a girar y el bebé levanta los brazos para alcanzar las estrellas.

—Quería darle un hogar —dice la madre.

«Un día lo tendrá».

—No si deja que su ego lo domine.

El lobo se ríe.

La laguna se agita. La hoja tiembla. La madre inspira.

Y entonces el bebé se gira y se hunde bajo la superficie.

—¡No! —grita la madre, y corre hacia el agua. Pero el lobo la detiene agarrándola del vestido con los dientes—. ¡Tengo que salvarlo! Debería haberlo pensado mejor. Necesita a su madre. Se ahogará si…

«Espera», dice el lobo. «La laguna le dará lo que necesita».

Un niño sale a la superficie en busca de aire.

La madre y el lobo corren hacia el bosque y se esconden entre las sombras mientras el niño nada hacia la orilla. En cuestión de segundos ha envejecido varios años.

A la madre se le entrecorta la respiración.

—Es hermoso —susurra.

«Como su madre», dice el lobo.

El niño mira a su alrededor y, cuando la mirada se le detiene en el punto donde están escondidos, se agachan para que no los vea.

—Debería irme —dice la madre—. Si me ve, me temo que no seré capaz de abandonarlo de nuevo. —Rodea el cuello del lobo con un brazo—. ¿Me prometes que lo cuidarás por mí, hermano?

«Todo lo que pueda», responde el lobo.

—Tú velarás por él desde la tierra —dice ella—. Y yo desde el cielo.

El lobo asiente y la madre alza el vuelo; regresa a su lugar en el cielo.

Si levantas la mirada, es fácil verla.

Es la luz más brillante en la oscuridad.

La segunda estrella a la derecha.